La Casa del Engaño (Danny Pearson 14) OCHO
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OCHO

N ikki estaba sentada ante el tocador, con unos pantalones elásticos de chándal y la sudadera Superdry de Danny, grande y cómoda, que pese a su tamaño se le ceñía a la barriga de embarazada.

Mientras se recogía el pelo, vio en el espejo que Danny entraba en el dormitorio.

Había visto aquella expresión en su cara más veces de las que le gustaba recordar, así que se volvió hacia él.

—¿Qué pasa? —preguntó. Sus miradas se cruzaron mientras Danny abría el armario y levantaba el fondo falso para sacar las dos bolsas de viaje escondidas debajo.

—¡No, no! Por si no te has dado cuenta, estamos esperando un bebé. Necesito algo más que un «coge una bolsa» y un «tenemos que irnos». ¿Qué está pasando? —dijo Nikki con una expresión que advertía: «No te andes con tonterías con una embarazada».

Danny la miró durante un par de segundos y suspiró.

—Vale, perdona. Simon está abajo.

—¿Simon? ¿El Simon que estaba muerto? —respondió Nikki, desconcertada.

—Sí. El Simon muerto. Un equipo de asesinos ha intentado matarlo.

Todos los del Departamento D están muertos, y los mismos que los mataron están eliminando a los activos de campo del departamento para no dejar cabos sueltos.

Cabos sueltos como yo. ¿Vale? —dijo Danny.

Dejó que sus palabras calaran mientras Nikki asimilaba lo que acababa de oír.

—Voy a hacer la bolsa —dijo ella por fin. Se puso en marcha, cogió una bolsa y abrió un cajón de la cómoda.

Mientras Nikki hacía la bolsa, Danny se puso unos vaqueros.

Se metió la Glock por detrás de la cinturilla y la tapó con la sudadera y la chaqueta antes de guardarse un par de cargadores de repuesto en el bolsillo.

Cerró la bolsa de viaje y volvió a esconderla bajo el fondo del armario.

Luego cogió la segunda bolsa y la dejó encima de la cama.

La abrió, sacó uno de los gruesos fajos de billetes y dos teléfonos desechables, y los dejó sobre la cama.

Del cajón de su mesilla sacó los pasaportes de ambos y los puso junto a los teléfonos y el dinero.

Después escondió otra vez la bolsa y la tapó con el fondo del armario.

Esquivando a Nikki, metió el dinero, un teléfono y los pasaportes en su mochila, junto con unas cuantas prendas que escogió a toda prisa.

—¿Estás lista? —preguntó Danny mientras volvía a comprobar la calle.

—Sí, lista.

Danny se apartó de la ventana para mirar a su mujer embarazada. Se acercó y la abrazó.

—Yo me encargo de esto —le susurró al oído.

—Más te vale —dijo ella. Se apartó un poco y le sonrió con los ojos llenos de lágrimas antes de rodearle la cara con las manos y atraerlo hacia sí para besarlo—. Te quiero —añadió cuando se separaron.

—¿Cómo no ibas a quererme? —bromeó Danny con una sonrisa forzada.

—Idiota —dijo Nikki, devolviéndole la sonrisa.

Los dos bajaron las escaleras. Danny arrancó el envoltorio del segundo teléfono desechable y lo encendió.

En cuanto aparecieron las barras de cobertura, marcó un número.

Nikki se adelantó y entró en la cocina. Simon estaba sentado tranquilamente a la mesa, con las manos sobre el regazo y el café terminado.

—Buenos días, Nichola. Disculpa la intromisión, pero no tenía muchas opciones.

Nikki se limitó a mirarlo y a asentir levemente. La asaltaban sentimientos encontrados: no sabía si enfadarse con él por haber llevado el peligro hasta su puerta o darle las gracias por advertirlos de lo que se avecinaba.

—Scott, soy Danny. Tenemos un problema, tío.

—Por supuesto que lo tenéis. ¿Qué otra cosa iba a esperar? ¿En qué puedo ayudarte esta vez? —respondió Scott con sarcasmo, poniendo los ojos en blanco al otro lado de la línea.

—Ese cliente tuyo, el de la casa de Kingston, ¿todavía tienes las llaves? —preguntó Danny mientras cogía las llaves del coche de la encimera de la cocina.

—Eh… Sí, las tengo.

—Genial. ¿Puedes reunirte con nosotros allí dentro de una hora?

—Depende. Son clientes muy importantes. No vas a destrozar la casa, ¿verdad?

—No, tío. Ni siquiera se notará que hemos estado allí. Solo necesitamos un sitio seguro durante un tiempo, uno que no puedan relacionar conmigo. Por Nikki y por el bebé.

—Vale, sí, claro. Nos vemos allí —respondió Scott. El tono de Danny le impidió hacer más preguntas.

—Gracias, Scott —dijo Danny, y colgó enseguida.

—Vámonos —añadió, guardándose el teléfono en el bolsillo mientras se dirigía a la puerta principal.

—Si me permites intervenir, sería más prudente salir por la puerta de atrás. Ah, y sugiero que vayamos en mi coche. No queremos que rastreen el tuyo —dijo Simon. Se levantó y señaló la puerta trasera.

Danny apenas disimuló su irritación al dejar de golpe las llaves del coche sobre la encimera.

Abrió la puerta trasera con una mano a la espalda, aferrando la empuñadura de la Glock que llevaba en la cinturilla.

Examinó el sendero que pasaba por delante de tres casas y desembocaba en el pasadizo que comunicaba la parte trasera de las viviendas adosadas con la calle.

—Despejado. Seguidme de cerca —dijo. Salió, con Nikki justo detrás y Simon cerrando la marcha.

Danny se detuvo antes de llegar al pasadizo y asomó la cabeza un instante para hacerse una idea de lo que les esperaba. Como no vio nada sospechoso, se acercó para mirar mejor.

—Despejado —dijo mientras se internaba entre las casas—. ¿Dónde está el coche?

—Justo delante de ti. Está abierto —dijo Simon, señalando el diminuto Chevrolet Matiz verde lima aparcado en la calle, al final del sendero que llevaba al pasadizo.

—¿En serio? —dijo Danny. Comprobó que no había nadie antes de acercarse al coche y abrir la puerta para que Nikki se acomodara como pudiera en el asiento trasero.

Danny se sentó delante y cerró la puerta con las rodillas encajadas contra la guantera. Frunció el ceño al ver el llavero con un trol de pelo rosa y el osito de peluche que colgaban del retrovisor, mientras Simon rodeaba el coche para sentarse al volante.

—¿Es lo mejor que has podido conseguir?

—No se puede hacer un puente a un coche con llave codificada o arranque sin llave —dijo Simon. Se agachó para coger los cables que había sacado del contacto al robar el coche.

Juntó un par de cables. Saltaron chispas, el motor de arranque giró y el coche se puso en marcha. Simon soltó los cables, metió una marcha y arrancó. Danny se volvió en el asiento para vigilar la calle a sus espaldas mientras circulaban. No vio nada fuera de lo normal y nadie los siguió.