SIETE
D anny se despertó y echó un vistazo a su reloj G-Shock, que estaba en la mesilla de noche.
—Mmm, buenos días, cariño —dijo mientras se volvía para rodear a Nikki con un brazo y se inclinaba para besarla en la mejilla.
—Buenos días —respondió ella, apenas inteligible entre un enorme bostezo, mientras se desperezaba.
Cuando terminó, se volvió hacia Danny y se apoyó en un codo para mirarlo desde arriba mientras él seguía tumbado boca arriba.
Con el pelo cayéndole hacia delante, se inclinó lo justo para darle un beso suave en los labios.
Su expresión se tornó en una mueca de disgusto y se apartó, llevándose una mano a la boca.
Se dio la vuelta a toda prisa, saltó de la cama y corrió al cuarto de baño de la habitación.
Danny se incorporó e hizo una mueca al oír las arcadas que llegaban del otro lado de la puerta del baño.
—Bueno, se acabó el romanticismo —se dijo entre risas antes de añadir, lo bastante alto para que ella lo oyera—. ¿Estás bien, cariño?
—Perdona, las malditas náuseas matutinas. Prepárame un café. Bajo en un minuto —respondió ella, antes de sufrir otra tanda de arcadas.
Danny saltó de la cama y se puso una camiseta y unos pantalones de chándal.
Salió del dormitorio y empezó a bajar las escaleras.
A medio camino, se le erizó el vello de la nuca.
Algo había cambiado en la casa y lo detuvo en seco.
Se quedó completamente inmóvil, calmó los latidos de su corazón y aguzó el oído.
¿Qué era? Un cambio en la presión del aire, un aumento del ruido que llegaba de fuera.
Una fracción de segundo antes de que empezara a oírse la ducha en el baño, Danny percibió un ruido levísimo procedente de la cocina.
Siguió bajando despacio, pisando descalzo junto a la pared, donde los escalones tenían menos posibilidades de crujir y delatarlo.
Estiró el cuello por encima de la barandilla para mirar hacia la puerta cerrada de la cocina, al fondo del pasillo.
Al llegar al suelo de baldosas del recibidor, sintió el frío bajo las plantas de los pies.
Dio un paso hacia la puerta principal y se calzó unas zapatillas sin apartar la vista de la puerta de la cocina.
Metió la mano en el paragüero que había junto a la entrada y cerró los dedos alrededor del bate de béisbol que guardaba para las visitas no deseadas.
Lo sacó con cuidado de no golpear los lados.
Sujetándolo con ambas manos, se acercó en silencio a la puerta de la cocina, apoyando primero el talón y luego la punta del pie, hasta detenerse muy cerca.
Todo estaba en silencio, pero tenía los sentidos alerta.
Más que oír a alguien, percibía su presencia.
Apartó una mano del bate, agarró con suavidad el picaporte y respiró hondo.
Contó hasta tres para sus adentros antes de bajarlo de golpe y entrar precipitadamente, con las dos manos de nuevo en el bate, dispuesto a golpear a la persona sentada a la mesa de la cocina.
—Buenos días, Daniel. Pon el agua a hervir, haz el favor —dijo Simon con su voz suave y aristocrática.
—Si no estuvieras ya muerto, te mataría —dijo Danny mientras bajaba el bate y lo apoyaba contra un armario de la cocina—. ¿Té o café?
—Café solo —respondió Simon. Su aplomo habitual había dado paso a un tono vulnerable, cansado y sombrío.
—¿Qué es esto, viernes de ropa informal? —dijo Danny al ver que Simon llevaba vaqueros y una sudadera con la capucha puesta. Hizo caso omiso de la pistola Glock 17 que había sobre la mesa de la cocina, delante de él.
—Qué ingenioso, Daniel. No. A todos los efectos, voy disfrazado.
—Pues no funciona. Sigues teniendo pinta de ser un grano en el culo. ¿Podemos dejarnos de cumplidos? ¿Qué haces aquí, Simon? —dijo Danny, dándole la espalda para preparar el café.
—Por mucho que me cueste admitirlo, necesito tu ayuda —dijo Simon.
Danny se volvió y vio las grietas en la fachada de calma y control que Simon mostraba habitualmente. Parecía agotado y bajo mucha presión.
—¿No tienes gente para estas mierdas?
—Por lo visto, no. Quien contrató al equipo de sicarios que intentó matarme en mi casa envió a otro para acabar con el Departamento D.
En cuanto a mis agentes de campo, todos han dejado de dar señales de vida.
Supongo que los responsables de los ataques también los han eliminado.
Todos menos uno. Tú. De momento, parece que sigues muy vivo.
—¿De quién estamos hablando? ¿Terroristas, servicios de inteligencia extranjeros? ¿De quién? —preguntó Danny, dejando caer una taza de café delante de Simon con tal brusquedad que un poco de líquido se derramó por el borde.
—Me temo que la respuesta podría estar mucho más cerca de casa —dijo Simon.
Sacó una carpeta de debajo de la mesa y la dejó junto al café derramado—.
Aunque leer tranquilamente mientras tomamos algo caliente suene tentador, a la vista de lo ocurrido, sería prudente poner a tu mujer a salvo antes de seguir hablando de esto.
Danny se quedó mirando a Simon un par de segundos, sopesando sus opciones. Se volvió hacia el fregadero y cogió una bayeta. Luego levantó la taza de Simon, limpió el café derramado y volvió a dejarla en la mesa.
—Tómate el café, Simon. Vuelvo en un minuto —respondió. Su rostro se endureció como una piedra mientras salía de la cocina.