CUATRO
M artin Crimble iba y venía por su pequeño despacho, revestido con paneles de roble de finales del siglo XVIII, en los pasillos del poder de Whitehall. Habían pasado tres días desde la muerte de Simon, el director del Departamento D, y tenía los nervios de punta.
—El general Hadden está aquí para verle, señor.
—Gracias, eh… —dijo Crimble, sobresaltado al oír una voz de mujer.
—Rodes, señor. Evelyn Rodes —dijo la nueva asistente personal de Martin Crimble con una sonrisa ensayada.
—Evelyn, sí, claro. Perdona. Haz pasar al general, por favor —dijo Martin, procurando que no se le notara la tensión que sufría.
—Sí, señor —respondió ella antes de salir del despacho.
Reapareció un minuto después e hizo un gesto al general para que entrara. Él pasó por delante de ella con paso marcial y, como siempre, decidido.
—General, siéntate, por favor. Eso es todo, Evelyn —dijo Crimble mientras rodeaba a toda prisa el escritorio para cerrar la puerta tras ella. En cuanto se oyó el clic de la cerradura, se le encendió la cara de ira.
—¿Qué coño ha pasado? Se suponía que tenías que hacer desaparecer a Simon, no destruir un edificio entero en plena zona residencial, en uno de los barrios más influyentes de Londres. El líder de la jodida oposición vive a tres casas de allí, por el amor de Dios.
El general se inclinó hacia delante. Tenía el rostro pétreo y sostuvo la mirada de Crimble durante tanto tiempo que este acabó amilanándose y bajando los humos.
—Nosotros no volamos la casa. Fue Simon. Perdí a seis de mis mejores hombres arreglando tu desaguisado, así que cuida el tono, Crimble —dijo el general, midiendo cada palabra con voz de mando.
—Sí, bueno, desde luego. Es una desgracia. ¿Y el Departamento D? ¿Recuperasteis los archivos? —preguntó Crimble, tratando de dejar atrás aquel momento incómodo cuanto antes.
—No. El equipo ha revisado hasta el último papel, ordenador y dispositivo móvil. Los archivos no estaban allí. Solo podemos suponer que Simon los llevaba encima cuando la casa saltó por los aires —respondió el general. Se recostó en la silla, aunque no parecía más relajado que antes.
—De acuerdo. ¿Y no hay ninguna posibilidad de que escapara?
—Ninguna. Estaba en su despacho cuando la casa saltó por los aires. Solo había una puerta y una ventana de seguridad sellada y antibalas. He reunido un equipo para retirar los escombros y recuperar los cadáveres y cualquier ordenador o archivo que haya en el lugar.
Crimble respiró hondo y se relajó en la silla.
—Solo queda la lista de agentes de campo del Departamento D.
—Tengo un equipo dedicado a localizarlos. No tardarán en estar todos neutralizados —dijo el general, como quien constata un hecho, sin rastro de emoción en la voz.
—Excelente. Mantenme informado de tus progresos —añadió Crimble, ya más animado. Su codiciosa cabecita pensaba en el poder y el dinero que serían suyos en cuanto Xavier Jones colocara todas sus piezas para alcanzar su objetivo.
El general Hadden asintió, se levantó y estrechó la mano sudorosa de Crimble antes de marcharse.
—Ah, una última cosa, general.
—¿Qué?
—No creo que haga falta molestar a Xavier con lo de los agentes de campo del Departamento D. Limítate a resolverlo.
El general lo miró de soslayo, sin apenas disimular la antipatía que sentía por aquel político escurridizo, y sostuvo su mirada. Tras una pausa tensa, se dio la vuelta y salió del despacho. Crimble, nervioso, se quedó escuchando sus pasos mientras se perdían por el pasillo.