CINCO
D anny detuvo el rodillo a media pasada cuando comenzaron las noticias en la radio.
«Mientras otra gran empresa británica entra en quiebra, con el cierre de doscientas treinta tiendas y la pérdida de dos mil quinientos empleos, la Oficina Nacional de Estadística advierte de otra fuerte caída del PIB del país, la quinta desde que el partido de Jeremy Appleton llegó al poder».
—Aquí tienes.
—¿Eh? ¿Qué? —dijo Danny, y al volverse vio a Nikki de pie en el umbral del dormitorio con una taza de té en la mano. La camiseta le caía holgada por delante, abombada por la tripa de embarazada, y Danny no pudo evitar sonreír.
—Ah, gracias. Ese grupo de payasos se está cargando este país —dijo, apagando la radio—. ¿Has venido a ayudar? —añadió, señalándola con el rodillo.
—¿Ayudar, en mi estado? Ni de broma —replicó ella, alargándole la taza entre risas.
—Vale, o sea que vas a seguir exprimiendo esa excusa hasta el final —se rio Danny.
—Por supuesto, tengo que irme —dijo Nikki, dándose una palmadita en la tripa antes de inclinarse para darle un beso—. Tengo antojo de un sándwich de Marmite. ¿Quieres uno? —le gritó mientras bajaba las escaleras.
—No, tranquila, paso —contestó Danny, poniendo una mueca solo de pensarlo.
Dio un trago al té y volvió a centrarse en decorar el cuarto del bebé.
Se le cruzaron por la mente recuerdos de su reciente viaje con Chaz, Fergus y Scott, desde Croacia hasta Berlín, luchando por recuperar a la hija de Fergus, Kirsty, de manos de una banda de traficantes.
Intentó apartarlos. No sirvió de nada. Kirsty era su ahijada, y estaba a punto de convertirse en padre de una niña, lo que hacía que todo aquello le resultara demasiado cercano y le rondara la cabeza más de lo habitual.
Dejó el rodillo de pintura y salió al rellano para alejarse de los vapores mientras se tomaba el té.
Echó un vistazo al armario a través de la puerta abierta del dormitorio, pensando en la bolsa de dinero y en el compacto fusil semiautomático AR-15 y las dos Glock 17 que guardaba en una bolsa de lona, escondida en un compartimento bajo la base.
Parecía el momento adecuado para dejar de posponer la llamada al hombre del Gobierno, Simon, y matar dos pájaros de un tiro.
Primero, tenía que darle las gracias por su ayuda para recuperar a la hija de Fergus, y segundo, pedirle que se deshiciera de las armas que tenía en casa de forma segura antes de que naciera el bebé.
Sacó el móvil del bolsillo y marcó el número de Simon, frunciendo el ceño cuando le salió un mensaje de número inoperativo.
Tras intentarlo una segunda vez con el mismo resultado, llamó a su amigo y director del Servicio Secreto de Inteligencia, Edward Jenkins.
—Daniel, me alegra oírte. Espero que todo saliera bien en Alemania —dijo Edward.
—Eh… sí, al final todo salió bien —respondió Danny, sorprendido de que Edward estuviera al tanto.
—Me alegro. He tenido que mover unos cuantos hilos con la Agencia Nacional contra el Crimen para evitar que vuestras identidades se facilitaran a la Landespolizei de Berlín.
—Gracias, Edward, supongo que te debo una, ¿no?
—No hay de qué. Considéralo el pago por servicios prestados en el pasado. En fin, ¿qué puedo hacer por ti? —dijo Edward alegremente.
—He estado intentando localizar a Simon, pero su número no funciona. ¿Se ha cambiado de móvil?
—Ah, claro, tú no lo sabes.
—¿Saber qué? —replicó Danny, poniéndose serio ante el cambio de tono en la voz de Edward.
—Simon ha muerto. Lo mataron el martes pasado en una explosión en su casa.
—¿Quién ha sido el responsable? —soltó Danny al instante, mientras por su cabeza desfilaba la lista de enemigos de Simon que conocía.
—Nadie. Fue un accidente terrible, al parecer, una explosión de gas.
—Vamos, Edward, no me digas que te crees esa mierda.
—No tengo elección. Nuestro ministro de Seguridad, Martin Crimble, se hizo cargo personalmente de la investigación del siniestro.
El veredicto fue una fuga de gas por un aparato defectuoso.
No quedó nada de la casa. Todavía están retirando los escombros para encontrar lo que quede de los ocupantes, pero se cree que Simon, su chófer y el ama de llaves murieron en la explosión.
—Mierda, ¿quién dirige ahora el Departamento D?
—Nadie. El primer ministro y Crimble lo han cerrado: recortes, burocracia y política de mierda. Ni me hagas hablar. Las funciones del Departamento D van a integrarse en el MI5 y el MI6. ¿Qué querías de Simon? ¿Puedo ayudarte yo?
—No. Irónicamente, por primera vez en mi vida, quería darle las gracias de verdad.
—¿Tú, dándole las gracias? Le habría encantado. Bueno, el deber me llama. Tengo que dejarte. Cuídate mucho y mucha suerte con el bebé —dijo Edward, mientras alguien lo llamaba de fondo.
—Gracias, nos vemos, Edward —respondió Danny antes de colgar.
—Supongo que tendré que buscar otra forma de deshacerme de vosotros —murmuró Danny, echando un último vistazo al armario. Apuró el té, cogió la brocha y volvió a ponerse con la decoración.