La Casa del Engaño (Danny Pearson 14) DOS
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—Jefe de equipo a Control, el objetivo está en la casa. ¿Tenemos luz verde?

—Control a Jefe de equipo, tenéis luz verde.

Se volvió hacia los hombres del asiento trasero.

—Bien, sabéis lo que tenéis que hacer. Adelante —dijo, y volvió a la radio mientras ellos salían del vehículo.

—RT Uno a RT Dos, tenemos luz verde. Activad el inhibidor de telefonía móvil y entrad por la parte trasera de la casa. RT Uno cortará la electricidad y las comunicaciones por cable antes de entrar por delante.

—Recibido, RT Uno. Vamos hacia allí.

Mientras escuchaba las comunicaciones por radio, el jefe del equipo recorrió con la mirada la arbolada calle en busca de vecinos curiosos o que tuvieran la mala suerte de estar en el lugar equivocado y de quienes habría que ocuparse si veían demasiado.

Por suerte, en aquella zona acomodada de Londres, los vecinos iban a lo suyo, ajenos al mundo exterior al abrigo de las ventanas de triple acristalamiento de sus sólidas casas eduardianas, rodeadas de muros y con accesos cerrados por verjas.

—Objetivo sin comunicaciones. Estamos en posición ante la puerta principal —informó RT Uno por radio.

—El inhibidor está activo. Estamos en posición ante la puerta trasera —respondió RT Dos.

—Jefe de equipo a RT Uno y RT Dos, proceded a entrar.

Mientras los equipos entraban en la casa, oyó por los micrófonos de garganta los ruidos habituales de movimientos y respiraciones, interrumpidos por los chasquidos de disparos con silenciador.

—Contacto. Chófer y ama de llaves abatidos.

El jefe del equipo no intervino. Siguió vigilando los alrededores mientras escuchaba cómo los equipos registraban la casa metódicamente, de arriba abajo.

—RT Dos, segunda planta despejada.

—RT Uno, cocina, comedor y salón despejados. El despacho de la planta baja está cerrado con llave. Esperad.

Se produjo un breve silencio mientras ambos equipos evaluaban el despacho. Después se reanudaron las comunicaciones.

—El escáner térmico muestra al objetivo dentro. Esperad, voy a disparar a la cerradura.

Por la radio llegaron los chasquidos de varios disparos con silenciador. Los impactos sonaron más fuertes y metálicos de lo esperado.

—¡Eh! ¡Ah, joder, para!

El jefe del equipo se irguió en el asiento cuando la radio enmudeció.

—RT Uno, ¿cuál es vuestra situación?

—RT Uno a Jefe de equipo, la puerta está blindada con acero. Vamos a colocar cargas dirigidas.

Se recostó en el asiento y esperó la confirmación de su equipo.

—Todos a cubierto. Detonación en tres, dos, uno.

Aunque dentro de la casa las pequeñas cargas dirigidas sonaron bastante fuertes, a través de los gruesos muros y los cristales modernos no hicieron más ruido que el petardeo de un coche. Lo mismo ocurrió con la granada aturdidora que lanzaron al despacho en cuanto cedió la puerta.

—RT Uno, entrando ahora en el despacho.

Siguieron unos segundos de silencio que parecieron minutos. Entonces se oyó un grito de pánico.

—¡Joder, un artefacto explosivo! ¡Todos fuera!

Antes de que el jefe del equipo pudiera pedir un informe, la casa quedó destrozada por una enorme explosión.

La onda expansiva hizo añicos las ventanas de las casas vecinas y activó las alarmas de los coches una fracción de segundo antes de que llovieran cascotes y ladrillos sobre la calle y las propiedades colindantes.

A treinta metros, justo fuera de la zona principal de la explosión, el jefe del equipo permaneció mudo en el Audi Q7 negro, esforzándose por distinguir la casa a través de una inmensa nube de polvo y humo mientras pequeños fragmentos de escombros repiqueteaban como granizo sobre el techo y el capó.

—Control a Jefe de equipo, ¿qué está pasando? Hemos perdido la comunicación con RT Uno y RT Dos.

Al no recibir respuesta, otra voz irrumpió por la radio.

—Carlton, soy el general Hadden. ¿Qué demonios está pasando? ¿Han eliminado al objetivo? ¿Han neutralizado al director del Departamento D?

El polvo se fue disipando hasta que Carlton pudo ver.

No quedaba nada de la casa. Los cuatro muros habían saltado hacia fuera y el resto del edificio se había desplomado, convertido en un montón de escombros coronado por secciones de tejado de teja y vigas de madera rotas.

Cualquiera que hubiera estado dentro habría muerto en la explosión o aplastado por el derrumbe.

—Jefe de equipo a Control, la casa ha desaparecido. Ha habido una explosión. No queda nada. RT Uno y RT Dos han caído.

—¿Y el objetivo? ¿Lo han eliminado? ¿Simon está muerto? —espetó el general, sin mostrar interés alguno por los miembros de los equipos caídos.

—El objetivo estaba en el despacho. RT Uno lo localizó con un escáner térmico antes de la explosión. No hay supervivientes, señor.

—Bien. Volved a la base. Enviaremos un equipo de gestión de crisis para hacerse cargo de la situación.

—Ya has oído al general —le dijo al conductor, apartando la mirada del montón de escombros mientras se cortaba la comunicación con el cuartel general.

El conductor se limitó a asentir, arrancó el coche, dio la vuelta en la calle y se alejó.

A sus espaldas, los vecinos empezaron a aparecer uno a uno, saliendo con cautela de sus casas, con las manos en la cara por la conmoción.

Muchos llevaban el teléfono pegado a la oreja mientras llamaban a los servicios de emergencia.