La Casa del Engaño (Danny Pearson 14)
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UNO
E l ministro de Seguridad, Martin Crimble, llegó al banco situado en lo alto del parque de Alexandra Palace.
Se sentó sin aliento, sudando a mares, con la camisa empapada bajo las axilas, aunque por suerte la chaqueta de su traje barato ocultaba las manchas.
Sin darse cuenta, movía la rodilla arriba y abajo con el pie apoyado en la punta, mientras sus ojos saltaban de un visitante a otro de los que paseaban por los senderos que se entrecruzaban ladera abajo, hacia las viviendas de las afueras de Londres.
A lo lejos se veían los rascacielos del centro.
Estar en un lugar público alimentaba su paranoia: los turistas que sacaban fotos se convertían a sus ojos en periodistas empeñados en arruinarle la carrera, y la pareja que estaba de pícnic en el césped, en enemigos que intentaban escuchar sus conversaciones con un micrófono parabólico de largo alcance.
Al volver la cabeza hacia el otro lado, casi se llevó un susto de muerte al descubrir a Xavier Jones sentado junto a él en el banco.
Elegante y carismático, estaba recostado con un brazo sobre el respaldo y las piernas cruzadas con despreocupación.
Iba impecablemente arreglado, y la ropa de marca ocultaba un cuerpo tonificado y bronceado de manera uniforme.
—Hoy estamos un poco nerviosos, ¿verdad, Martin? —dijo con voz suave y serena.
—Con todos mis respetos, Xavier, soy yo quien corre todos los riesgos.
Un destello de ira cruzó el rostro de Xavier y desapareció tan rápido como había surgido. Xavier tardó un momento en responder.
—Cuidado, Martin. No querrás que piense que te ha fallado el valor, ¿verdad?
—No, no, no es eso. Perdona, ha sido un día muy estresante —respondió Martin a toda prisa, atropellándose al hablar.
—Todos tenemos días estresantes, Martin. Y ahora dime, ¿a qué viene esta reunión clandestina?
—El maldito director del Departamento D, Simon —dijo Martin, inclinándose hacia él para hablar en voz baja, como si la mera mención del departamento y de su director pudiera ser su perdición.
—Creía que el Departamento D ya era historia y que a su entrometido director lo habían apartado —dijo Xavier, con un deje de irritación en la voz.
—Lo es… Bueno, lo será. El primer ministro ha presionado al Ministerio del Interior para que apruebe su cierre. El proceso está en marcha.
—Entonces, ¿cuál es el problema?
—Ha estado investigándonos por su cuenta, sin dejar constancia oficial —susurró Martin.
—¿Investigándonos? —replicó Xavier sin bajar la voz.
—Sí, a todos nosotros. A mí, al primer ministro, al ministro de Hacienda, a Goldrock, a ti.
—¿Y qué ha averiguado exactamente? —Xavier suspiró, irritado por la típica incapacidad de Martin, propia de un político, para ir al grano o responder directamente a una pregunta.
—Ese es el problema. No lo sé. Simon no es alguien a quien se pueda tomar a la ligera.
He hecho poner micrófonos en su despacho y grabamos una conversación entre él y uno de sus agentes veteranos.
Han encontrado una conexión entre tú, Goldrock, otros miembros del Gobierno y yo —terminó Martin, mirando a Xavier en busca de una reacción—.
¿Qué hacemos? —soltó al ver que Xavier no respondía enseguida.
—Tú eres el ministro de Seguridad, Martin. Haz lo que haces siempre que hay una amenaza para la seguridad nacional. Acaba con ellos y entierra la investigación —dijo Xavier con naturalidad. Consultó el reloj mientras se levantaba del banco, aburrido de la conversación.
—¿Qué? ¿Cómo? ¡No puedo! Son un departamento del Gobierno —dijo Martin, presa del pánico. Bajó rápidamente la voz mientras miraba a su alrededor con nerviosismo.
—Escúchame bien, pedazo de mierda llorica. Sabías en qué te metías, así que déjate de lamentos y ocúpate del asunto. El general Hadden es de los nuestros. Recurre a él. Hazlo, Martin. No puedes fallar. ¿Me has entendido? —dijo Xavier. Se dio la vuelta y se alejó sendero abajo sin esperar respuesta.
Martin permaneció sentado, con el corazón golpeándole el pecho y las manos temblorosas. Respiró hondo varias veces para contener las ganas de vomitar. Cuando por fin se calmó, sacó el teléfono del bolsillo y llamó al general.
—Hadden —respondió el general con voz seca.
—General, soy Martin Crimble, el ministro de Seguridad. Necesito verte lo antes posible. Hoy.
—¿De qué se trata, Crimble?
—Goldrock —dijo Crimble. La mención de la empresa de Xavier provocó un largo silencio al otro lado de la línea.
—Puedo estar en Whitehall dentro de una hora.
—No, eh…, en mi despacho no. Los malditos agricultores están protestando por las subidas de impuestos que anunció el ministro de Hacienda en los presupuestos de la semana pasada. Aquello es un caos. Nos veremos en el hotel Royal Horseguards. Estaré en el bar Terrace.
—Allí estaré —respondió el general, y colgó acto seguido.
Martin guardó el teléfono y echó un vistazo al parque antes de levantarse y emprender el camino de vuelta ladera abajo.
Tenía los nervios a flor de piel. El ácido le revolvía el estómago y le subía por la garganta como una quemazón.
Como tantas otras veces en las últimas semanas, deseó no haberse dejado llevar por la codicia y la ambición, no haber aceptado nunca entrar en la organización.