Capítulo 26. Sara y Anne #2
Cuando enfiló la pista de tierra que subía hasta la casa, el sol empezaba a caer y un coche, el de Sara, venía de frente.
¿En serio? ¿Ya se iba y se estaban cruzando por casualidad en una pista de tierra que solo duraba diez minutos?
Le pidió al universo, por favor, que dejara de hacer cosas tan raras con ellas. Que ya había captado el mensaje.
Por fin se iban a encontrar a la vez, en el mismo sitio, al mismo tiempo.
Pararon los coches frente a frente. Sara se bajó y se quedó parada, seria, abrazada a sí misma. Anne sintió unas ganas enormes de salir corriendo hacia ella, pero en su lugar solo se bajó y se quedó frente a ella, con las manos en los bolsillos.
Se quedaron así, en medio de un espacio amarillo, rodeadas de polvo en suspensión, la luz rara del principio de la tarde, un silencio profundo y nadie que mirara la escena.
Anne quería decirle muchas cosas. Como miles de cosas. Pero dijo lo primero que se le ocurrió, que no era poco:
—¿Compraste las lavadoras industriales?
Sara parpadeó; parecía, de repente, desarmada. Luego deshizo su propio abrazo sobre sí misma y respondió:
—Sí.
No era una muy buena pregunta para empezar. Anne probó suerte con otra:
—¿Ibas a algún sitio? —preguntó, con la voz rara.
—A la ciudad. —Sara no soltó las llaves—. A buscarte.
Así que, otra vez, íbamos la una contra la otra. Directas a chocar.
—Vale. Pues no hace falta. Estoy aquí.
—Ya te veo. —Pausa—. ¿Has venido a supervisar la compra de las lavadoras?
Anne sacó a pasear, por fin, una sonrisa.
—He venido a decirte que yo también te quiero. —Casi se le quebró la voz. Y se notó. Pero consiguió mantenerla a raya—. Y que sí a todo.
Sara se vio golpeada por un calor extraño.
Ahí decidió dejar de aguantar y corrió hacia ella.
La abrazó, aferrándola con tanta fuerza que pensó que estaba a punto de romperla.
Anne se refugió en su cuello y se agarró a su camisa, tirando de ella con fuerza.
Por un momento, pensó que el pecho le iba a estallar de una maldita vez y quizá no viviera para contarlo.
Estuvieron así un buen rato, hasta que Anne musitó, todavía escondida en sus brazos:
—Te queda bien el collar. Mejor que a mí.
Ni siquiera la había mirado al decirlo.
Silencio. No extraño, no incómodo. A Sara los latidos seguían matándola por dentro. Anne los tenía que estar notando o, como mínimo, escuchándolos.
—¿Cuándo lo has decidido? —se atrevió, por fin, a preguntarle.
Anne se retiró de su abrazo y la miró fijamente, cogiendo sus manos con las suyas:
—¿La verdad? No lo sé. Ni siquiera estoy segura de haber decidido algo. Igual la decisión me ha tomado a mí.
Se rieron, las frentes pegadas. Tan idiotas como siempre, pensó Sara. Hacía quince minutos estaba sumida en la miseria y ahora tenía a la mejor mujer del mundo para ella, la mujer a la que elegía, entre sus manos.
—No te respondí al email —dijo Anne.
—Ya me di cuenta.
—Siento el silencio de estos días.
Sara cogió aire y luego lo soltó, despacio.
—Lo entiendo.
—Lo mandé antes de leerlo. El collar. —Cerró los ojos un segundo—. Si hubiera podido correr detrás de esa furgoneta, lo habría hecho. —Se tocó la nuca. Estaba nerviosa—. Y si esperas que lea un discurso, no lo voy a hacer.
—No hace falta.
—He tardado en venir —Anne abrió mucho los ojos— porque tenía que sanarme. Un poco. Entender todo mejor. Ya sabes. Ubicarme, por fin. Dejar marchar cosas. Dejarme ir contigo.
Sara no dijo nada durante un segundo, porque tenía la garganta cerrada. Le apretó la mano.
—¿Y lo has conseguido? Sanarte, digo.
—No. —Anne suspiró—. Pero lo he integrado de otro modo. Creo.
—Me vale.
—Te tiene que valer. —Miró la casa al fondo, luego el desierto, luego a ella—.
Y otra cosa que quería decirte: siento haberte cortado la llamada y haberte enviado el collar de vuelta.
Y no haberte escuchado mejor cuando me contaste la oferta de la otra empresa.
Espero que comprendas que… lo leí desde otro sitio.
He tenido que esforzarme mucho para aceptar que…
tú no eres Milena, Sara. Y no quiero que las cosas que me pasaron con ella condicionen esto que tenemos tú y yo.
Sara sonrió débilmente.
—No te preocupes, lo comprendo. Sé que no es fácil, y me gustaría acompañarte con eso… si tú quieres. Ya te dije que quiero esta vida contigo.
Se quedaron mirando un segundo de más mientras el aire del desierto removía suavemente la arena a su alrededor.
—Y ya lo último —siguió Anne—, y por si quedaba la duda: no estoy aquí por la casa.
Si mañana quemaras el proyecto entero, habría venido igualmente a buscarte a esta pista de tierra.
Pero si quieres que sigamos adelante juntas en esto, me gustaría quedarme unos días en tu casa, si te parece bien.
Pensar si contrato a alguien más, o empiezo a traspasar la cartera de los apartamentos.
Pero me gustaría decidirlo contigo. Me gustaría que habláramos a fondo de todo esto.
A Sara se le escapó el aire en algo que era mitad risa, mitad otra cosa.
—¿Eso es un sí?
Anne se acercó, salvó el palmo que las separaba e hizo eso que tanto le gustaba: hablarle directamente en la boca.
—Ya te lo he dicho antes: es un sí a todo —aclaró Anne, con los ojos brillantes.
—¿También a llevar el collar?
—No. El collar quédatelo tú.
Se sonrieron, con las bocas casi pegadas.
—Bésame —pidió Anne—. Y luego me llevas a casa y me haces el amor. Te dejo elegir dónde y cómo.
Sara la cogió con fuerza, la miró a los ojos, la miró de verdad , tomándose su tiempo y perdiéndose en esos ojos claros de turista despistada y en su preciosa sonrisa.
Y cuando consideró que ya había tenido suficiente, y que llevaba bien grabado su rostro en la retina, le dio el beso en los labios más suave que había dado a alguien en su vida.
Y lo hizo durar.
Vaya si lo hizo durar.