Epílogo
Seis meses más tarde
La lista del desierto sonaba en el salón de la casa mientras terminaban de preparar las habitaciones.
La habían puesto el primer día de obra —«la pondremos en la casa para trabajar», había prometido Sara por escrito hacía una vida— y ya no la habían quitado.
A esas alturas, Anne era incapaz de revisar una hoja de compras o repasar las tarifas sin rock psicodélico y post-rock de fondo.
—¿La tres está lista? —gritó Sara desde el pasillo.
—La tres, la cuatro y la de abajo. Solo falta que tu amigo traiga las plantas.
—No es mi amigo, es mi proveedor.
—Te trae esquejes de regalo y te guarda los mejores cactus.
Sara apareció en la puerta con una pila de toallas y la miró por encima del borde.
—Vale. Es mi amigo. ¿Cómo vas con la selección de personal para el tema de la limpieza?
—Mañana te lo cuento, pero creo que lo haremos con la empresa que me recomendó tu prima.
Por la tarde la casa se llenó. Era raro y precioso a la vez: durante meses aquella había sido la casa donde dos mujeres solas se habían encontrado, y ahora estaba a reventar de gente que venía de los dos lados del mapa a verla en pie.
Llegaron Lauren y Bruno desde el pueblo, con una caja de vino «para inaugurar como dios manda».
Lauren abrazó a Sara muy fuerte y le susurró algo al oído que la hizo reír y ponerse roja a la vez.
—Te lo dije —fue lo único que Anne alcanzó a oír.
—Me lo dijiste —admitió Sara.
Y llegó, por fin, después de seis meses de amenazas, Marcos.
Anne lo vio bajar del coche y atravesar la explanada con las gafas de sol puestas y cara de estar evaluando el establecimiento para una guía.
Se conocía ese teatro de memoria. Lo que no se esperaba era que pasara de largo ante ella —«luego te saludo a ti, pesada»— y se plantara directamente delante de Sara, que se secaba las manos en el delantal.
Marcos se subió las gafas a la cabeza y la estudió de arriba abajo, sin disimulo, durante tres segundos larguísimos.
—Así que tú eres la mujer que me está robando a mi mejor amiga, la cual no ha tenido la decencia de presentarnos las cuatro veces que has estado en la ciudad.
—Marcos —advirtió Anne.
—Encantada —respondió Sara, tendiéndole la mano, seca como el paisaje—. Perdóname, siempre he ido con muy poco tiempo y…
—Ya —Marcos la frenó, mano en alto—. Déjalo. No quiero detalles.
Luego se le rompió la cara en una sonrisa enorme, le apartó la mano y la abrazó.
—Me cae bien —dictaminó por encima del hombro de Sara, mirando a Anne—. Y esta casa es una puta maravilla. Si me enseñas dónde está el vino, te perdono oficialmente.
—Hay un rincón allí, con chimenea. ¿Lo ves?
—Perdonadísima.
Por el camino hacia ese rincón, Marcos se cruzó con Lauren, que volvía con dos copas.
—Tú debes de ser la prima —dijo Marcos.
—Y tú el mejor amigo.
—El que se hizo cargo de ella durante su particular tsunami.
—Yo cuidé a la otra. —Lauren ladeó la cabeza hacia Sara—. Me parece que tú y yo tenemos el mismo trabajo.
—Me parece que sí. —Marcos cogió una de las copas que ella traía, sin pedir permiso—. ¿Comparamos notas? Tengo material.
—Tengo más.
Se fueron juntos hacia la chimenea, ya conspirando. Anne los vio marchar y pensó que acababa de presenciar el nacimiento de una alianza que podría costarles cara a las dos durante años.
Se quedó un momento sola en la explanada, con el aire amarillo de la tarde y una sensación rara en el pecho.
Una buena. De las que no avisan. Hacía un año no conocía a Sara, ni esta casa, ni este polvo.
Y ahora estaba de pie en mitad de todo ello como quien por fin pisa un suelo que se sabe de memoria.
Fue entonces cuando le vibró el móvil.
Y el de Sara, dentro, a la vez: lo oyó sonar contra la madera de la mesa grande.
Anne miró la pantalla. Era la notificación del sistema de reservas, el que había configurado ella misma durante la mañana y que hasta ese momento solo había servido para hacer pruebas y ver qué tal quedaban las fotos.
Nueva reserva confirmada — 2 noches — Habitación 2.
Un nombre que no conocían. Una desconocida. Alguien, en algún lugar del mundo, había encontrado la casa del desierto, había mirado las fotos y había decidido venir a dormir allí. A dejar que aquel sitio le hiciera lo que les había hecho a ellas.
Anne levantó la vista y Sara ya estaba en la puerta, con el móvil en la mano y la misma cara.
No se dijeron nada, pero se sonrieron con cariño. Con el ruido de Bruno, Lauren y Marcos de fondo, las dos solas en ese segundo, Sara se llevó la mano a la llavecita que colgaba de su cuello y la apretó un momento.
La llave de nuestro hotel, abuela .
Anne la vio hacerlo. Y tampoco dijo nada. Algunas cosas se dejan donde están.
A la mañana siguiente, Sara estaba pasando tostadas por la sartén y cortando fruta en silencio, aprovechando que todos sus primeros huéspedes de prueba seguían dormidos.
Le habían traído una mermelada nueva que quería probar: llevaba dos meses recopilando productos de proveedores locales para los desayunos.
La carta ya estaba diseñada. Nada de buffet frío y caliente: seis desayunos sencillos, preparados en el acto. La cocinera ya estaba seleccionada.
Justo cuando rompió un huevo en la sartén, oyó la puerta de la entrada y, antes de que le diera tiempo a girarse, unas manos la cogieron de la cintura.
Ese beso suave en el cuello, justo donde estaba el broche del collar, la mataba y le daba la vida a la vez.
Anne tenía la costumbre de hacerlo todos los días, a modo de buenas noches.
Y cada mañana si la pillaba desprevenida de espaldas.
Un escalofrío le recorrió la columna entera.
—Se me van a quemar los huevos —dijo, con los ojos cerrados.
—No te quejes tanto.
Anne dejó el pan en la mesa. Traía el pelo revuelto del aire de fuera y, pegado a los tobillos, un acompañante: el gato flaco y polvoriento que llevaba dos semanas apareciendo por la explanada a la hora del desayuno, con la puntualidad de un huésped de pago.
—Mira quién anda por aquí —anunció Anne—. Ha vuelto.
—Ya veo.
—No le des de comer.
—¡Pero si eres tú quien abre la puerta y lo deja entrar en la casa! En fin, no le daré de comer. —Sara echó en un platillo un poco de embutido y lo dejó en el suelo—. Le alquilo una habitación y que pague en especie.
—Sara.
—Qué.
—No le pongas nombre. Si le pones nombre, se queda.
—Ya se lo he puesto.
Anne cerró los ojos.
—Dime que no.
—Kat. Kat con ka. Me lo regalaste tú, está por escrito. Reclamaciones, al email de febrero.
Anne la señaló con el dedo, intentando sostener la indignación, y se le escapó la risa por todos lados. Kat, ajeno al pleito sobre su identidad, terminó el jamón y se tumbó al sol en el quicio, como si llevara viviendo allí cien años.
—Solo te pido que lo laves —suplicó Anne.
—Pero si está limpio.
—Más limpio todavía. Y lo llevas al veterinario.
—¿Me acompañas?
—Vaaale.
Anne fue a por el café a la encimera de al lado. Y ahí estaba. Sentado entre el bote de azúcar y la cafetera, mirándola con sus ojos pintados y su pico naranja descascarillado, perfectamente colocado para que fuera lo primero que viera al alargar la mano: el pato.
Maldito pato. El mismo que llevaba seis meses migrando por la casa según el humor de Sara. Un día en la taza de los lápices de la zona de reservas. Otro, presidiendo la pila de toallas limpias. Otro, dentro de sus zapatillas, esperando. Hoy le tocaba la cocina.
Anne lo cogió, apretó la barriga de goma —el pitido lamentable de siempre— y se giró hacia Sara, que removía los huevos haciéndose la inocente con un éxito nulo.
—¿En serio?
—No sé de qué me hablas.
—Necesito que dejes de mover mi pato por la casa.
—¿Por qué? A él le gusta.
—Y yo quiero tenerlo en mi mesilla de noche. Me lo regaló alguien a quien tengo en buena estima y me gusta saber dónde anda.
Anne se rio, negando con la cabeza, y volvió a dejar el pato junto a la cafetera, mirando a la pared, muy digno. Y Sara, de espaldas, removiendo unos huevos que no necesitaban removerse, sonrió para sí.
—¿Qué? —preguntó Anne, que se había dado cuenta de la sonrisa por el reflejo de la ventana.
—Nada. Come.
Le puso delante el plato de huevos y tostadas. Anne se entretuvo alineando los botes de mermelada por altura.
—Oye —arrancó Sara, que abandonó un momento su plato y fue a abrazar a Anne por la espalda—.
No me voy a andar con rodeos, que es lo que haría yo antes, porque ya tengo una edad y unas circunstancias.
Cuando acabe la temporada, me gustaría que viviéramos juntas.
Puede ser en mi casa, o en una que busquemos.
Cerca o lejos, da igual. No te pregunto si te parece bien dentro de seis meses: te lo pido ahora.
Y luego le besó suavemente el cuello, la nuca, un beso, otro. Por si le ayudaba a decidirse.
Anne levantó la vista del bote de mermelada de higo, masticando despacio y mirando a algún punto fijo al frente, con calma. Tardó lo suyo en contestar.
—Mira qué bien. Por lo que veo, te has asignado las funciones logísticas de la pareja.
—Así es. —Otro beso en el pelo, la sien derecha, la mejilla—. Por favor, no interpretes mis besos como una amenaza. Tú solo tienes que decidir. ¿Sí o no? Puedes pensártelo unos días si es lo que…
—Sí —dejó caer Anne, sin dramatismo, mojando pan en el huevo—. Pero la busco yo. Tú no sabes negociar un alquiler ni para salvar la vida.
—Hecho. Tú el alquiler, yo el resto.
Anne se giró y se quedaron unos segundos así, como más les gustaba: mirándose a los ojos, las bocas casi pegadas. Sonriendo.
—Por cierto —añadió Anne—, ayer te llamó Andrew. Dos veces. Algo del solar de la gasolinera.
—Ya. Empiezan en otoño. —Sara intentó decirlo de pasada y no le salió: se le encendieron los ojos solos—. Me sigue alucinando la idea. ¡Una gasolinera! Confieso que siempre he soñado con construir muchos tipos de sitios, pero… ¿una gasolinera?
—Tu gasolinera —marcó Anne, con una pizca de orgullo en la voz—. La arquitecta atascada detrás de un mostrador, pensando que en este desierto no le iba a pasar nunca nada. Esa era tu peli, ¿no?
—Algo así —confirmó Sara.
—Por cierto, ya te hago yo los presupuestos de las dos reformas que te han preguntado. ¿Lo miramos esta tarde?
—Dios, me das la vida si me ayudas con eso.
Comieron un rato en silencio, hasta que un maullido se hizo notar —ya se habían olvidado de que estaba—, lo cual llevó a Sara a levantar un dedo al aire: un par de cables habían hecho clic en su cerebro.
—Ah. Y te debo una cosa. ¡La teoría!
—¿Qué teoría? —Anne la miró, entrecerrando los ojos.
—La del cañón. «Romántica sí, pero no de ese tipo». Dijiste que esperara a confirmarla. Confirmada.
Anne dejó el tenedor, se cruzó de brazos y se reclinó, toda expectación ofendida.
—A ver. ¿De qué tipo de romántica me ves?
—De logística.
—¿Perdona?
—Romántica de logística. —Sara contó con los dedos—.
Volviste a mi vida preguntando por dos lavadoras industriales.
Tu declaración de amor incluyó un plan de traspaso de cartera.
Anoche, cuando entró la primera reserva, lo primero que dijiste fue «hay que revisar el protocolo de check-in».
Y has respondido a mi oferta de vivir juntas mencionando exactamente esa palabra.
—Eso no es ser romántica de logística. Eso es ser una profesional.
—Anne. Me dijiste «te quiero» y «el lunes empiezo el papeleo» casi en la misma frase. Y luego me adjuntaste el plan de negocio.
—Era información relevante.
—Era la frase más bonita que me han dicho en la vida.
—¿Qué te dije exactamente?
—La verdad es que ya no me acuerdo de la frase exacta. Pero el concepto fue ese.
Anne abrió la boca para protestar. La cerró. Miró el plato, miró el desierto por la ventana, volvió a mirarla a ella, y se rindió con una sonrisa que intentó ser pequeña y no lo consiguió.
—Pues ya que estamos, te diré que tu abuela te enseñó a querer fatal —dijo al fin—. Con detallitos de mierda como acordarte de mis patatas favoritas y prestarme collares con trampa.
—Dinastía de románticas de logística. No sabes dónde te has metido.
—Empiezo a hacerme una idea.
Anne le dio un trago largo al café antes de seguir.
—Hoy me gustaría volver al desierto. Al mirador al que me llevaste la primera vez, ¿te acuerdas? Antes de que la semana que viene empiece lo gordo. —Señaló la mermelada con el cuchillo—. Por cierto, esta está de muerte. Nos la quedamos.
—Claro que me acuerdo. Te llevaba delante y adivina qué era lo único que podía mirar.
—Qué ordinaria eres, joder —bromeó Anne.
—Lo siento, pero entre tu culo y el desierto hay un claro vencedor.
—¿El desierto? —se aventuró Anne.
—Obvio. ¿Por quién me tomas? Venga, termina y te llevo.
Sara se levantó y la abrazó por detrás. Anne se dejó hacer y, antes de darse cuenta, sintió el metal frío sobre el cuello y los dedos de Sara manipulando algo.
—Sara, ¡no!
—De verdad. Quiero que lo lleves puesto. Sabes que nada me haría más ilusión. Y hacemos como que este gesto inaugura oficialmente nuestro hotel boutique, aquí, de pie en la cocina, sin brindis ni nada.
Sara terminó de abrochárselo rápido, para no darle tiempo a rechazarlo. Anne toqueteó la llavecita que volvía a colgar sobre su pecho y levantó la cara para reñirla con cariño, pero se encontró con un beso largo y húmedo.
Cuando terminaron, se quedaron mirándose un segundo. Sara apoyó la frente sobre la suya y Anne le rodeó la cintura sin pensarlo. Fuera, el gato dormía al sol, el pato vigilaba la cocina desde la encimera y, en algún lugar de Internet, dos reservas más se materializaban en ese momento.
No había sido fácil llegar hasta ahí. Y sería difícil lo que venía. Pero las dos sabían que habían llegado al desierto correcto.