La casa del desierto Capítulo 26. Sara y Anne
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Capítulo 26. Sara y Anne

A Sara, el collar le había llegado el miércoles.

Un mensajero le entregó una cajita de cartón a media mañana, y no necesitó abrirla para saber qué era. La abrió igual. La llavecita dorada, enroscada sobre sí misma, durmiendo en un nido de papel de burbujas. Sin nota. Sin nada.

Ya sabía que se lo había mandado. Y aun así, dolió igual. La mujer a la que le había entregado su sueño se lo devolvía a través de una mensajería con entrega garantizada en veinticuatro horas.

Lo sostuvo un buen rato, tragándose lo que le subía.

Anne lo había mandado antes de leer su email —las horas no mentían—, pero el paquete había viajado igual, indiferente al cruce, y ahora estaba ahí, en su mano, diciendo que no con la voz de un objeto.

Se lo puso, a pesar de que le quemaba. Era de su abuela; así debía seguir siendo.

Y decidió otra cosa, con el cierre todavía frío contra la nuca: el plan seguía.

Había dicho que estaría en la casa ese fin de semana, e iba a estar.

Aunque fuera para esperar a nadie. Una no pone una cita y es la primera en no presentarse.

Los días siguientes los pasó en automático, con las hormigas colonizándole el cuerpo entero, el pecho ahogado y la cabeza con la sensación de haber dejado pasar algo importante.

El viernes llegó al desierto comida por la ansiedad y, aun así, empujada por una dosis de esperanza.

Y esperó: no pasó nada. Miró las patatas fritas y las chocolatinas que le había comprado a Anne, abandonadas en la encimera de la cocina, solo por si acaso, mientras se abría una cerveza con limón que le supo a bilis.

El sábado abrió la casa para ventilarla e intentó mantenerse firme.

No lo consiguió: la última vez que había estado allí había sido con Anne, y se habían besado ahí, y ahí, y también ahí; su cama ya no parecía suya por mucho que cambiara las sábanas.

Sacó su silla favorita, se sentó fuera con una cerveza, y se quedó haciendo la única cosa que se puede hacer cuando has convertido un fin de semana en una pregunta: mirar la pista de tierra por donde tendría que llegar la respuesta.

No llegó.

Esa noche durmió poco y mal, en otro cuarto, y se dio cuenta de que ni el desierto ni la casa le calmaban la desazón. Ahora mismo estaba tan herida como ese paisaje. Llena de cortes abruptos.

El domingo por la mañana se perdió en un cañón.

Se metió dentro, pero, en lugar de tocar la roca con las manos y bañarse en la luz que se filtraba entre las rocas, se quedó en cuclillas y se tapó la cara.

Es como pasar el mono. Intentó racionalizarlo — tampoco os conocíais tanto, tampoco ha sido tanto tiempo, tampoco esa idea de futuro que te habías hecho era tan firme —, y el cañón le devolvió un mensaje claro: que el dolor no era proporcional al tiempo que estuvieron, sino a la profundidad de la pérdida.

Volvió caminando bajo un sol que daba mucha luz y no calentaba nada.

Volvió a esperar, esta vez con un punto de desesperación.

Empezando a asimilar que quizá la respuesta de Anne no era la que deseaba.

La tarde avanzó. La luz empezó a bajar. Sara tocó la llavecita del collar —un tic nuevo, robado de Anne, que servía de ancla— mientras hacía cálculos absurdos de arquitecta sin obra: ¿cuándo se acaba exactamente un fin de semana?

¿A la hora de comer? ¿A las seis de la tarde?

¿Al ponerse el sol? Como si la respuesta de Anne dependiera de la definición técnica de «fin de semana» y no de Anne.

La sombra de la casa se alargó un poco sobre la tierra. La pista de tierra seguía vacía.

Vale.

Vale, Sara.

Es que no va a venir.

Se levantó de la silla, y lo que hizo no fue recoger, ni rendirse, ni servirse otra tónica. Lo que hizo fue entrar en la casa y coger las llaves del coche del cuenco de la entrada, con una decisión que no sabía que tenía hasta que la tuvo en la mano.

A la mierda el plazo. A la mierda el «si no vienes lo entenderé».

Porque no lo entendía, y porque por una vez en su vida no pensaba quedarse sentada viendo cómo se le iba algo que quería sin mover un dedo para retenerlo.

Llevaba años haciendo eso: renunciando por adelantado; bajando la cabeza para que doliera menos.

Pues esta vez no. Esta vez no renuncio. Eran cinco horas hasta la ciudad: llegaba esa misma noche, se plantaba en su portal, llamaba al telefonillo y le arrancaba lo que fuera.

Un te quiero o un no vuelvas a aparecer.

Cualquiera de las dos cosas antes que ese silencio con forma de pista vacía.

Y si no le abría o le pedía que se fuera, se iría para siempre y punto.

Salió con las llaves en el puño. Los de la reforma ya tenían llaves y planificación: podían apañarse solos. Llegó hasta el coche, se montó, arrancó. Tomó la pista de tierra y aceleró.

Cinco minutos más tarde vio la polvareda amarilla levantada por un coche que se acercaba y sintió el corazón contra las costillas.

Dos minutos después, le pareció que podía ser el de Anne.

Segundos después, se encontró frenando. No hizo sitio para que el otro coche pasara: se detuvo, cerrándole el paso, y se bajó, con las piernas flojas, la respiración pendiendo de un hilo.

Del otro coche bajó Anne, que llevaba, sin duda alguna, una semana de mierda.

Para empezar, tardó como veinticuatro horas en volver en sí después de leer el mensaje de Sara.

Luego se pasó los días siguientes sepultada en todo tipo de problemas irritantes de gestión, por un lado, y varada en la decisión que tenía que tomar, por otro.

No fue una de esas decisiones limpias, de lista con dos columnas y una flecha al ganador.

Fue algo más sucio y más lento. Los primeros días ni siquiera se permitió pensarlo: se refugió en el trabajo como quien se mete en un búnker, llenó la agenda hasta los topes, dijo que sí a reuniones que no le importaban, contestó correos a las once de la noche.

Cualquier cosa antes que sentarse a solas con lo que había hecho.

Porque lo había hecho. Había cortado la llamada.

Había devuelto el collar. Había escrito un email midiendo cada palabra para no herir y, aun así, le había dicho a la única persona que la miraba entera que necesitaba parar.

Y cuando abrió el correo de Sara —ese «Proyecto» ridículo y precioso que había llegado momentos después de que ella enviara el suyo—, pensó que quizá se había equivocado de una manera que igual no tenía arreglo.

Lo leyó muchas veces. Más de las que pensaba confesar nunca. Te quiero, Anne. Rechacé la oferta. Quiero hacer esto contigo. Ven y hablamos, sin pantallas . Y al final, lo que más le dolía: No te sientas obligada. Seguiré sola con la casa.

La primera vez que lo leyó, lo oyó con la voz de Milena.

Otra mujer decidiendo el terreno, dándole la salida con una sonrisa, dejándola fuera para que se fuera ella sola.

La segunda vez ya no estaba tan segura. La quinta vez —de madrugada, sin anestesia, con la ciudad zumbando al otro lado del cristal— por fin lo oyó bien, con la voz de Sara leyéndolo en alto en su cabeza.

Sara no le estaba quitando sitio: le estaba dando todo el del mundo.

«No te sientas obligada» no era un empujón hacia la puerta: era una mujer aterrada de presionarla, dándole espacio aunque le costara la piel, exactamente como llevaba meses haciendo.

«Seguiré sola con la casa» no era «te dejo fuera»: era «no te uso de rehén, decide libre».

Era lo contrario de lo que Anne había vivido en otras etapas de su vida.

Y ahí estaba el nudo, por fin a la luz. Lo que Anne había oído en la llamada no era la voz de Sara.

Era la suya propia, la del miedo viejo, con la cara de Sara puesta encima.

Milena le había enseñado a confundir el amor con la amenaza, y ese resorte se había disparado contra la única persona que hacía justo lo contrario.

Contra la mujer que un día le había cogido la mano, se la había llevado a su propia cara con toda la dulzura posible, y le había dicho que no se hiciera pequeña delante de ella.

No te vas a hacer pequeña delante de mí, porque te estoy viendo entera y me gustas así.

Anne se acordó de esa frase a las cuatro de la mañana del viernes, y fue entonces cuando se le rompió algo por fin. Sara no era el peligro. Sara era el sitio en el que estar. Era su casa en el desierto. Y ella le había mandado el collar de su abuela de vuelta en una furgoneta.

Quiso salir corriendo detrás de aquella furgoneta. No se podía. Lo único que se podía hacer era arreglarlo en persona, que era además lo que Sara le había pedido.

El sábado se dedicó a mirar su vida y ver qué estaba dispuesta a mover por Sara, por esto. Bastante, descubrió. Casi todo.

Sus últimos tres años le habían pisoteado muchas cosas. Y se negaba a dejar que se llevasen también a Sara por delante.

El domingo se despertó sin haber tomado ninguna decisión consciente y, sin embargo, se encontró duchándose deprisa, metiendo cuatro cosas en una bolsa y bajando al coche antes de darse permiso para pensarlo.

El cuerpo se había hartado de esperar a que la cabeza terminara de deliberar y había cogido las llaves él solo.

Condujo durante unas horas que se le hicieron eternas.

La ciudad se deshizo en el retrovisor, el verde dio paso al ocre y el ocre al amarillo, y cuanto más se acercaba al desierto más sitio le hacía el pecho, como si llevara meses metida en una habitación pequeña y estuviera mudándose a otra mejor.

En algún punto de la carretera recta y vacía dejó de ensayar lo que iba a decir.

No iba a leer ningún discurso. Iba a llegar, y ya.