La casa del desierto Capítulo 25. Anne y Sara #2
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Capítulo 25. Anne y Sara #2

Cuando estábamos en la casa del desierto, antes de que pasara nada entre nosotras, pensé muchas veces que eras la socia ideal para este proyecto. Lo sigo pensando, pero ahora más, y de una manera mucho más honda. Una socia de proyecto y, ojalá, también, de vida.

Da igual si va más lento, si tardamos más.

Será contigo, será nuestro, y eso me vale.

Eres lo que llevo años buscando. Me he dado cuenta de que estaba aterrada por quedarme aquí, atrapada, sin poder recuperar la vida que siempre quise llevar.

Pero he entendido que la vida que quiero llevar no depende de estar en un sitio o en otro: es la que me ofreces tú.

Y esta vez no voy a perder la oportunidad.

En diez días teníamos previsto vernos. No quiero cancelarlo, pero me gustaría adelantarlo.

Este fin de semana estaré en la casa del desierto, de viernes a lunes, cuando comience la reforma del desván.

Ven, por favor. Y hablamos allí de todo esto.

De lo que tú quieres, de lo que necesitas; de lo que quiero y necesito yo.

Aclaremos todo, con calma, sin pantallas, sin píxeles de por medio.

Sé que te he hablado de mis ganas de volver a la ciudad otras veces, pero…

creo que mi lugar es, simplemente, donde yo esté y donde pueda hacer algo mío.

No hace falta que me respondas a este email ni que me digas nada antes. Piénsalo el tiempo que necesites. Si vienes, sabré tu respuesta. Y si no vienes, también la sabré.

No te sientas obligada a decir que sí. Si es que no, mi decisión está tomada igualmente y seguiré adelante con el proyecto. Pero…

Ojalá vengas.

Te quiero, te deseo, te beso. Aunque no vengas.

Sara

PD: Dios, he llamado a este email Proyecto. Es horrible, lo sé. Todavía no tenemos nombre para la casa. ¿Qué nombre le pondrías tú? Cámbialo en tu respuesta, si respondes (que no, no hace falta). Mejor: cámbialo cuando nos veamos en persona.

Sara soltó el aire que llevaba reteniendo desde que Anne colgó abruptamente la videollamada del otro día.

El email se fue con ese sonido pequeño y ridículo, fiu , que no se correspondía en absoluto con lo que acababa de salir de su casa: tres meses de algo sin nombre, un te quiero estrenado, una invitación con fecha. Todo convertido en un fiu y en una barrita de progreso que ni le dio tiempo a ver.

Se quedó mirando la pantalla. La bandeja de salida, vacía. El email, en enviados. Hecho. Y se permitió, durante exactamente un segundo, algo parecido al alivio.

Hasta que sonó la notificación.

Un correo nuevo. La pantalla lo anunció arriba, en una esquina, con toda la inocencia del mundo:

«Host & heart — Hola»

Sara se quedó inmóvil. No puede ser. Miró la hora del email entrante. 21:03. Un minuto antes que el suyo. Anne lo había escrito sin haber leído el de Sara. Lo había escrito a la vez. Las dos sentadas delante de una pantalla esa noche, escribiéndose sin saberlo en el mismo puto minuto exacto.

El corazón le hizo una cosa rara: acelerar y pararse a la vez, si es que eso era posible.

Ábrelo. No lo abras.

Lo abrió, por supuesto.

Lo leyó entero una vez, muy rápido, buscando la frase que lo decidiera todo. No la encontró. Lo leyó otra vez, despacio. No es un no definitivo. Necesito parar. No puedo prometerte nada. Aunque me gustaría.

Y luego la posdata. El collar. Devuelto. Ya en camino, en la furgoneta de algún mensajero, durmiendo esa noche en una nave logística entre paquetes de gente que no se estaba rompiendo.

Sara miró las dos horas, una debajo de la otra. 21:03. 21:04. Sesenta segundos.

Y la primera tentación fue la más fácil, la más absurda de todas: qué mala suerte.

El universo había estado a sesenta segundos de ahorrarles esto y, en vez de eso, como hacía el tiempo con ellas, lo había enredado todo.

Había decidido cruzar los dos emails en el aire como dos coches que se ven venir y no pueden frenar.

Su te quiero viajando hacia una mujer que acababa de pedir parar.

El necesito parar de Anne llegando a una mujer que acababa de proponerle una vida.

Pero Sara se quedó mirando el email de Anne un largo rato, y supo que esa era una mentira piadosa.

No era el minuto de diferencia. Aunque Anne hubiera leído el suyo primero, Anne necesitaba irse igual: tenía algo viejo que curarse y nadie se cura porque le llegue a tiempo un email bonito.

Y aunque ella hubiera leído el de Anne primero, ¿qué habría hecho?

Lo mismo que había hecho: escribir exactamente las mismas palabras.

Tenderle la mano por el único sitio por el que sabía tendérsela sin arriesgar el cuerpo, desde detrás de la pantalla, con la salida ya preparada por si acaso —«no te sientas obligada», «seguiré sola», «no volveré a sacarlo»—.

Las dos habían hecho exactamente la misma cosa esa noche.

Quererse a distancia. Alargar la mano hacia la otra a través del mismísimo cristal que llevaba meses manteniéndolas separadas.

El cruce no era el accidente. El cruce era el retrato. Dos mujeres que se adoraban escondidas cada una en su email, demasiado heridas para hacerlo en persona.

No lloró todavía. Eso vendría luego. Ahora solo se quedó sentada, muy quieta, mientras la casa se le quedaba en completo silencio alrededor, con una idea pequeña y nueva moviéndose muy al fondo, demasiado al fondo todavía para hacerle caso: que a lo mejor la respuesta no era otro email.

Que a lo mejor lo único que quedaba por hacer no se escribía. O que a lo mejor tenía que…

…dejarla ir.

Apartó la idea de su cabeza a manotazos. Era pronto para eso. Estaba demasiado rota para eso.

Así que hizo lo único que se veía capaz de hacer esa noche: contar los días que faltaban para el fin de semana.

Tres.