Capítulo 25. Anne y Sara
Habían pasado tres días desde la videollamada, y Anne no había cogido ninguna de las cinco llamadas de Sara.
Las había visto entrar, todas. El móvil boca arriba en la mesa, el nombre de Sara encendiendo la pantalla, ese nombre que durante los últimos meses le había acelerado el pulso y que ahora le caía encima como una losa.
Lo dejó sonar. Lo dejó sonar las cinco veces, con el estómago encogido, mirándolo vibrar contra la madera hasta que paraba solo.
Y cada vez, después, se odió un poco más.
No era que no quisiera hablar con ella. Era que no podía. Había una diferencia, y Anne la conocía bien.
El pato la miraba, impasible, viendo cómo no cogía cada llamada. Después de la última, añadió a la lista: poner el pato boca abajo.
Puso el pato boca abajo y trató de concentrarse.
El trabajo, que siempre le había servido de anestesia, esta vez no anestesiaba nada.
Abría una hoja de cálculo y a los diez minutos se daba cuenta de que llevaba ese rato mirando la misma celda sin verla.
Hacía listas. Tareas, recados, asuntos pendientes, como si ordenar el mundo por fuera pudiera ordenarle algo por dentro.
No funcionaba. Las listas se le quedaban a medias, igual que las frases, igual que los días.
Porque por dentro no paraba de pasar la misma escena.
La videollamada. El momento exacto en que Sara, con toda su buena fe, con esa cara de querer regalarle algo, le dijo lo de mudarse a la ciudad para estar juntas, lo del inversor, lo de ir más rápido.
Y Anne, que sabía que Sara estaba intentando decirle algo como «te quiero tanto que reorganizaría mi vida entera», oyó otra cosa.
Oyó: «he decidido por las dos». Oyó: «he movido las piezas del proyecto y resulta que en el tablero nuevo tú ya no estás».
Oyó a una mujer reorganizándole el sitio sin consultarla, desplazándola con una sonrisa amable.
Oyó a Milena. El día en que le dijo que, por fin, iba a dejar el trabajo para montar una agencia por su cuenta. Aún le escocía su risa en los oídos.
No voy a perderme. No voy a perderme otra vez.
Sabía que no era verdad. Lo sabía con la cabeza, con la parte de ella que razonaba: Sara no es Milena.
Sara es lo contrario de Milena. Sara te escucha, Sara se queda con lo que dices, Sara te hizo grande en una mesa de cocina diciéndote que no te hicieras pequeña delante de ella.
Lo sabía. Pero el cuerpo no atendía a razones.
El cuerpo había hecho lo de siempre, lo que aprendió a hacer durante tres años que la fueron erosionando: cerrarse como un puño para evitar el peligro antes de que la machacara otra vez.
Y una vez disparado el resorte, Anne ya no sabía distinguir qué voz era la de Sara y cuál la de su propio miedo con la cara de Sara puesta.
Eso era lo que no podía explicarle por teléfono.
Que estaba enfadada con ella aunque no fuera justo.
Que le había dado muchísimo esos meses y sí, se mentiría a sí misma si no reconociera que esperaba algo a cambio.
Que estaba aterrada. Y que su terror tenía una forma muy concreta y muy antigua que no era culpa de Sara, pero que se le había despertado con la última conversación, y que necesitaba que se durmiera otra vez antes de poder mirarla de nuevo a la cara.
El collar llevaba tres días encima del escritorio.
Se lo había quitado la noche de la llamada, casi sin pensarlo, como quien se afloja algo que aprieta.
Y desde entonces estaba ahí, la llavecita de oro enroscada sobre sí misma junto al teclado, mirándola.
No había sido capaz de volver a ponérselo —pesaba demasiado, prometía demasiado— ni de meterlo en un cajón, porque meterlo en un cajón era esconder algo que no había hecho nada malo.
Así que esa misma mañana, antes de arrepentirse, lo había envuelto en papel, lo había metido en una caja y lo había bajado a la oficina de mensajería de la esquina.
Devuélvelo. No tienes derecho a tener secuestrado lo más suyo que tiene. No si no vas a quedarte.
El chico del mostrador le había dado un resguardo y le había deseado buen día, y Anne había vuelto a subir las escaleras pensando que acababa de hacer algo irreversible, sin saber muy bien si era el gesto más honesto o el más cobarde de su vida.
Por la noche se sentó por fin a escribirle.
Llevaba tres días debiéndole una respuesta y sentía que no podía dejarla en el silencio ni un día más; eso sí que sería cruel, y si había una cosa que Anne tenía clara era que no pensaba hacerle a Sara nada de lo que a ella le habían hecho.
Así que escribió con cuidado. Midió cada frase para que no hiriera, para ser justa, para disimular que su propuesta había arruinado la confianza entre las dos.
Un email. Otra vez la pantalla, otra vez los cuatrocientos kilómetros de seguridad, otra vez diciendo lo importante desde detrás de un cristal. Como cuando se conocieron. Como si su cuerpo solo supiera quererla de lejos.
Lo releyó una vez. Inhaló el aire de toda la habitación. Y a las nueve y tres minutos, lo envió.
De: [email protected] Para: [email protected] Asunto: Hola Fecha: 16 de mayo, 2023 - 21:03
Hola Sara,
Espero que estés bien. Siento no haber cogido tus llamadas estos días, pero necesitaba tomar distancia y aclararme.
Antes de nada, quería pedirte disculpas si en la conversación del otro día reaccioné mal o soné injusta. No era mi intención herirte. Me pilló por sorpresa y no supe manejarlo.
Te prometí que lo pensaría, y lo he hecho: quiero animarte a que cojas la oferta que te han hecho. Al margen de nosotras, creo de verdad que para ti es una buena oportunidad: más recursos, ir más rápido, profesionalizar rápidamente la gestión. Esto te lo digo como asesora.
Desde el lugar de «lo que sea que somos», quiero decirte una cosa con claridad: no, no he estado contigo por el proyecto. Me dolió mucho que lo preguntaras, aunque entiendo de dónde venía. Yo, en tu lugar, quizá también me lo habría preguntado.
Lo que sí quiero decirte es que todo esto me ha hecho pensar mucho en nosotras.
No creo que no podamos existir fuera del proyecto.
Pero ha sido un golpe fuerte. No sé explicarlo mejor.
He recibido esto como una especie de traición, aunque sé que la palabra es grande y seguramente injusta.
Como si hubiéramos dado por hecho un camino común y, de repente, ese camino se pusiera en duda.
Supongo que nos faltó hablar antes de lo que queríamos. A las dos nos parecía pronto, y ahora todo parece llegar tarde.
No sé si ahora mismo puedo seguir en esto contigo. No es un no definitivo. Pero necesito tiempo. Y antes de pensar en nosotras necesito pensar en mí: dónde quiero estar, qué decisiones estoy dispuesta a tomar, qué renuncias puedo asumir. Todo eso afecta a lo nuestro, inevitablemente.
Esto que te voy a decir no es tu responsabilidad ni tu culpa, pero estos meses me he centrado mucho en acompañarte en el proyecto por mis propias razones personales.
Y he dicho que no a proyectos. También a una oportunidad importante, en un complejo en la costa.
No me arrepiento de las decisiones que he tomado, porque no eran lo que quería hacer en este momento.
Pero me arrepiento de haberlas tomado sin haber aclarado lo que sí quería hacer en este momento, que era acompañarte en el proyecto.
Nunca te he dicho con claridad lo que siento por ti, y ahora mismo no sé si es el momento de hacerlo. Solo quiero que sepas que lo que hemos tenido ha sido precioso, y que ojalá fuera sencillo. Me encantaría que funcionara. Pero ahora mismo no estoy segura de que estemos buscando lo mismo.
De momento, por mi parte, necesito parar aquí y pensarlo con calma. Cuando tenga algo claro, te lo diré. Hablemos más adelante. No puedo prometerte nada. Aunque me gustaría.
Un abrazo,
Anne
PD: Te he enviado de vuelta el collar de tu abuela. Lo siento, no quiero tenerlo más tiempo. Te llegará mañana.
***
A cuatrocientos kilómetros, esa misma noche, Sara llevaba tres días peleándose con otro email.
Lo había empezado siete veces y lo había borrado seis.
Esta era la versión buena. O no, pero era la que había.
Había llamado varias veces a Anne sin éxito, y ya no podía demorarlo más: necesitaba urgentemente decirle lo que hubiera preferido explicar de viva voz.
Eran las nueve y cuatro cuando puso el dedo encima del botón.
De: [email protected] Para: [email protected] Asunto: Proyecto Fecha: 16 de mayo, 2023 - 21:04
Hola Anne,
Espero que estés bien.
Te he intentado llamar, pero me parece que no lo vas a coger ni me vas a devolver la llamada, así que te dejo esto por escrito. Habría preferido decírtelo en persona, o al menos por teléfono. Pero da igual la forma. Lo importante es decirlo.
Ayer rechacé la oferta de la empresa. Y no por la conversación que tuvimos. La rechacé porque lo he pensado a fondo y sí: quiero hacer esto contigo. De verdad que lo quiero. He tenido que reevaluar mis prioridades, y la conclusión es que esto es lo que quiero.
Te mentiría si dijera que no me da vértigo meterme en algo así entre las dos y que luego salga mal.
El proyecto, o la relación. Pero no voy a anticipar.
Ni voy a dejar de hacer lo que quiero solo «por si acaso».
Voy a pensar que saldrá bien. Y si no sale bien, para eso existen las sociedades y los contratos :) Hagámoslo bien desde el principio, algo que nos deje cómodas a las dos.
Esta casa es el sueño de mi abuela y el mío. Y siento que, de alguna manera, ahora también es tuyo, nuestro. Mi abuela me enseñó lo que era querer, y me animó a querer cuando nadie más lo hacía. Me parece justo hacer este proyecto con alguien a quien quiero.
Te quiero, Anne. No te lo había dicho antes porque…
Ya sabes por qué. Te lo digo ahora.