La casa del desierto Capítulo 24. Sara #2
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Capítulo 24. Sara #2

Volvió al salón y encendió el ordenador.

Mientras cargaba, se dio cuenta de que estaba de pie, sin sentarse, con los brazos cruzados sobre el estómago como quien sujeta algo que se puede caer.

Las manos, frías. Tuvo que ordenarse a sí misma sentarse.

Siéntate, Sara . El aleteo de siempre, el que le producía hablar con Anne, estaba aplastado bajo el ejército de hormigas.

Porque lo sabía. No lo pensaba, lo sabía en el cuerpo, en ese frío concreto de las manos: esta conversación podía terminar de avanzar las cosas entre las dos; pero también podía romper algo.

Anne apareció al otro lado de la pantalla con esa sonrisa que se le había vuelto eterna. Le pareció más guapa que nunca, aunque sabía que era mentira: lo pensaba todos los días. Habían quedado en verse en semana y media y no veía la hora.

Se saludaron, bromearon sobre su moño a medio hacer, pero a Sara la risa le salió corta: las hormigas se le habían subido a la boca.

—Bueno. ¿Qué tal el día? Cuéntame —pidió Anne.

Venga, Sara. Ya. Ahora.

—Ah, sí. Ha ido todo bien. Pero quería… —Y ahí, con el sudor frío en las manos, Sara arrancó— contarte una cosa que ha pasado.

Vio cómo Anne fruncía el ceño sin querer.

—Genial. Porque yo también quería hablarte de algo.

Oh. Puede que esta conversación no vaya como la has planeado.

—Vale —dijo, y respiró hondo.

—¿Ha pasado algo con la gasolinera? —se adelantó Anne, inquieta.

—No, no es eso. —Tenía las palabras atascadas, le costaba arrancar.

Venga, Sara. Dilo —. Verás, hace unos días me escribió una de las empresas a las que pedí presupuesto al principio.

La otra finalista, ¿te acuerdas? Me han ofrecido llevar ellos la gestión de la casa.

Con la opción, además, de entrar como inversores.

Al otro lado de la pantalla, un silencio horrible hizo pensar por un momento a Sara que la llamada se había quedado colgada.

—¿Y qué les has dicho? —Anne se había quedado impasible. La sonrisa se le había borrado de golpe.

—Nada. He hablado con ellos para saber condiciones, sin profundizar.

Anne miraba hacia cualquier sitio menos al puntito de la cámara. Respiraba hondo. Su silencio pesaba una tonelada.

—Escucha —se apresuró Sara—. No he decidido nada. Solo quería que lo supieras, porque…

—¿Te lo estás planteando? —le cortó Anne, seca.

Le vinieron a la cabeza las palabras de Lauren. Hizo acopio de toda su sinceridad.

—Sí. Pero quería hablarlo conti…

—Genial —le volvió a interrumpir Anne, en un tono de voz que sonó a frustración y enfado.

—Pero eso no significa que vaya a decir que sí —se apresuró a aclarar—. Déjame explicarte por qué me lo planteo.

—No, Sara. Es tu casa. Tu decisión. —Anne parecía enfadada y ausente. A kilómetros de allí. Lo cual era, efectivamente, la realidad.

—Pero quiero que entiendas por qué. —Tuvo que tragar saliva un momento: de repente tenía la boca seca—. Si entrara un inversor, perdería algo de independencia, sí. Pero todo iría mucho más rápido. Podría mudarme antes. A la ciudad. Podríamos estar juntas allí.

Lo dijo con todas las ganas que tenía de que pasara, esperando que Anne las viera. Que las cogiera al vuelo. Que dijera que sí.

Y por la cara de Anne, supo en el acto que había metido la pata hasta un lugar del que no iba a poder sacarla fácilmente.

—O sea, que si lo coges, lo coges por mí. —Anne hablaba muy despacio, conteniendo algo grande—. ¿Y qué parte exactamente no entiendes de que yo me quiero ir de la ciudad?

Sara parpadeó. Un lunes gris. El café en la mano.

«Hay días que me iría de aquí ahora mismo.

» El cajón equivocado se abrió de golpe y se cayó todo al suelo.

Igual no lo había entendido bien. O lo había interpretado desde su propio anhelo.

Como fuera, no era la primera vez que Anne le hablaba de eso.

—Lo… lo siento. Puede que me haya precipitado. Nunca hemos hablado claramente de…

—Joder. Soy gilipollas. —Anne negaba con la cabeza, más para sí misma que para ella. Luego la miró—. La verdad es que en algún momento he llegado a pensar que estábamos juntas en esto.

—Y lo estamos —se precipitó Sara, empezando a sonar desesperada—. Podríamos ser socias.

—No. No lo estamos. —Y de repente parecía enfadada de verdad.

O dolida. Las dos cosas a la vez—. ¿Sabes de qué quería hablarte yo?

De esto. Porque no hemos aclarado nada, pero estos meses me he implicado contigo en todo.

Hemos tomado las decisiones juntas. Y resulta que tú, por tu cuenta, estás barajando entregarle el timón a una empresa que me deja fuera.

Porque es eso, Sara. Si gestionan ellos, yo no pinto nada.

No voy a quedarme revoloteando alrededor de un proyecto que ya no es nuestro.

Y dices que seamos socias, pero… ¿a santo de qué me ibas a hacer socia?

¿A una persona a la que conoces desde hace tres meses y que no va a jugar ningún papel activo en el proyecto?

Por favor —dijo, con una voz que se escuchó resignada.

Sara encajó el golpe lo mejor que pudo y trató de reaccionar a tiempo.

—Pero podemos buscar la manera de…

—No. No la hay.

Sara intentaba entender, en tiempo récord, por qué estaba tan enfadada.

Y a la vez, por debajo, le subía otra cosa, una que llevaba semanas tapando con tierra de jardín: el miedo viejo, el suyo.

El de ser útil hasta que dejas de serlo.

El de que te tengan cerca por lo que aportas y no por lo que eres.

Una más del paisaje. Y ese miedo, mezclado con el pánico de estar viéndolo todo descarrilar, le sacó por la boca lo peor que podía decir.

—Te escucho hablar y… —tragó, y aun así lo dijo— me da miedo pensar que para ti lo nuestro depende del proyecto. Que estés conmigo por eso. Si es así, prefiero saberlo.

No se arrepintió de decirlo. Lo había pensado más de dos veces. Más de tres. Y siempre había mirado a otro lado. Pero ya no. No quería cargar con la sospecha. También se dio cuenta, en cuanto lo soltó, de que lo había tirado encima de la mesa como una piedra. Se sintió enrojecer.

Anne volvió la mirada perdida lentamente hacia la pantalla. Entre los píxeles no se distinguía si la mirada era de dolor, de furia, o todo junto. Tampoco ayudaba que a Sara se le hubiera nublado la vista a traición.

—¿A ti qué te parece? —dijo Anne, muy bajo, muy preciso—. ¿Tú has estado conmigo solo para que te ayudara estos meses con el proyecto, mucho más allá de la asesoría que pagaste, y luego soltarme?

El golpe la dejó sin habla.

No supo qué le dolió más: la suposición horrible, o que hubiera usado el verbo en pasado. Has estado . Como si ya estuviera contándolo en pretérito. Como si, en algún momento de los últimos cuarenta segundos, Anne ya se hubiera marchado y solo quedara firmar.

Le asomaron las lágrimas al borde de los ojos. Se las secó fingiendo que se le había metido algo, antes de que a alguna le diera por resbalar. Y le pareció, aunque con tantos píxeles no podía jurarlo, que Anne también estaba llorando.

—Yo no… —musitó.

Ni siquiera sabía qué decir. Solo sabía una cosa con el cuerpo entero: que necesitaba estirar la mano, atravesar la pantalla, tocarla, abrazarla, deshacer esto antes de que este desencuentro se posara y terminara por cuajar. Y no podía. Había cuatrocientos kilómetros y una cámara entre las dos.

Y entonces hizo lo que hacía siempre. Lo único que sabía hacer cuando algo se rompía: agacharse a recoger los trozos sin pelear.

—Escucha. Quizá es mejor que lo hablemos más tranquilas —dijo, intentando sonar firme mientras por dentro temblaba—. Con calma. Solo quería contártelo, de verdad. Que lo habláramos. Las dos juntas. No quería…

—No. —Anne recompuso su máscara hermética en un segundo y empezó a hablar de carrerilla, casi sin respirar, sin dejar hueco para una respuesta—.

No quiero seguir hablando de esto ahora.

Tengo mil cosas que hacer y, si sigo, voy a decir cosas que no quiero decir.

Tú piensa lo que tengas que pensar, y yo pienso lo mío. Ya te llamaré. Cuídate, Sara.

Y cortó.

Cortó la puta llamada.

La pantalla le devolvió a Sara su propia cara, congelada sola, en la videollamada. Esa mujer despeinada, con el moño a medio hacer y los ojos rojos, era ella. Esa cara de no entender nada era la suya.

Se quedó sentada sin moverse. La casa entera en silencio: solo el ventilador del portátil, zumbando para nadie. Fuera, en el jardín, el rastrillo seguía apoyado contra el muro, con las hojas a medio recoger, de cuando el mundo todavía estaba en su sitio, cuarenta minutos atrás.

Le vino el impulso de volver a llamar. Llegó a poner el cursor encima del enlace. No lo hizo.

Se llevó la mano al cuello sin pensarlo, buscando algo que apretar entre los dedos, algo a lo que agarrarse.

Ahí ya no había nada. El collar lo tenía Anne.

Y esa ausencia mínima —la piel del cuello desnuda donde hubo una cadena— fue lo que por fin le rompió la compostura. Hiperventiló sentada en la silla, encogida, durante un buen rato.

El proyecto de la casa era su presente y su futuro, algo realmente importante para ella. Pero Anne representaba su deseo más profundo, y la sola idea de perderla le sacó todo el aire del pecho y le dobló el cuerpo por la mitad.

No pasa nada. Está todo bien. Se lo repitió como un mantra, mecánicamente, mientras las manos le temblaban.

No has hecho nada malo. Solo le has contado lo que había, por transparencia.

Le has explicado tus razones. Ella tiene las suyas.

No pasa nada. Lo vais a arreglar. Sois adultas.

Os queréis —aunque no os lo hayáis dicho— y eso no se rompe en cuarenta minutos.

Dale tiempo para asimilarlo. Date tiempo tú también.

Todo se va a arreglar.

Se lo dijo muchas veces, con la mano en el cuello desnudo, hasta casi creérselo.

Todo se va a arreglar.