Capítulo 24. Sara
Andrew se levantó la gorra y se pasó la mano por la mata de pelo rizado y canoso que aún le quedaba antes de contestar.
—Joder, Sara. Qué quieres que te diga. Me da pena perderte, pero bueno: ya contaba con que te irías antes incluso de contratarte.
Se volvió a calar la gorra manchada de aceite y se la ciñó. Lo hacía cuando se sentía contrariado.
—Vaya —dijo Sara. No se le ocurrió nada mejor.
—En fin. Que me alegro mucho por ti. Y porque vayas a cumplir ese sueño tuyo.
Sara sonrió. Andrew era un tipo desaliñado, siempre con la ropa sucia, las manos pringadas de grasa y los billetes enrollados en el bolsillo del vaquero raído. A pesar del aspecto desvencijado, era de los cabrones con más pasta del pueblo. Y siempre le había parecido, en el fondo, un buen hombre.
—Gracias, Andrew.
—Vamos a lo práctico. ¿Me dijiste que te quedarías hasta…?
—Un mes a partir de hoy. ¿Te da tiempo a buscar a alguien? Puedo estirar si hace falta.
—Tú tranquila. Nos apañamos. —Agitó la mano en el aire y luego se quedó mirándola, calculando algo—.
Y otra cosa tenía yo que decirte. Verás: estamos pensando en meterle mano a la gasolinera de la entrada de El Vado.
Tirar lo que hay, que es un puto tenderete, y montar un sitio en condiciones.
Una cosa moderna, bien distribuida. La pregunta es: ¿te gustaría construir una maldita gasolinera, Sara?
A Sara se le encendieron los ojos sin permiso.
—Claro que sí.
—Ya suponía. —Andrew sonrió—. Ven a verme en un par de semanas, lo hablo con mi socio y nos cuentas si te ves dirigiendo el proyecto. O mejor, tráete el proyecto ya pensado, porque te lo vamos a dar a ti si lo quieres. Nosotros no tenemos ni puta idea, y yo quiero a alguien de confianza ahí metido.
—Hecho. Te llamo en dos semanas.
Salió de la gasolinera excitada e inquieta a partes iguales.
Lo primero, porque la propuesta era exactamente del tipo de cosas que llevaba años soñando con poder coger: construir, levantar algo de cero, decidir cómo respira un espacio.
¿Una gasolinera? Bueno, una gasolinera no entraba exactamente en sus planes, pero sí, una gasolinera sería perfecta.
Lo segundo, porque la alegría le duró lo que tardó en acordarse de que todavía tenía que hablar con Anne de lo otro .
De lo que había aparecido en su bandeja de entrada y no se iba. De las dos llamadas que había tenido en consecuencia.
Y solo de pensarlo le temblaron un poco las piernas.
¿Podrías ahorrártelo? Podrías ahorrártelo, Sara.
Pero no. No se lo iba a ahorrar. Para algo se habían pasado tres meses construyendo eso tan frágil y tan grande a base de transparencia.
Le escribió a Lauren —«¿comes?»— y, entre medias, se le coló un mensaje de Anne: «¿Ha ido bien?
¿Te llamo luego y me cuentas?». Le subió un revoloteo y, justo detrás, un ejército de hormigas.
«Cuando puedas :) Y celebramos», contestó.
Lauren confirmó al rato. Quedaban un par de horas para la comida, así que Sara volvió a casa a poner las ideas en orden.
La primera idea que había que colocar era Anne.
Tres meses, y todavía no tenía un cajón exacto donde meterla.
Sabía con una precisión que asustaba todo lo que quería de ella.
Pero, por alguna razón, no había sido capaz aún de decirlo en voz alta.
Primero, porque le parecía «pronto» —esa palabra elástica que cambia de tamaño según le convenga a una—.
Y segundo, sobre todo, porque Anne le había dejado claro más de una vez que seguía recomponiéndose de lo de Milena, y a Sara le daba pánico ponerla en ningún sitio que la comprometiera, empujarla a algo antes de tiempo.
Así que había hecho lo de siempre: dar espacio.
Dejar la puerta entornada. No pedir, por si pedir resultaba ser demasiado.
Se sentó en el sillón con vistas a la piscina y dejó que la mirada se le fuera sola hacia atrás, hacia la última vez.
Hacía una semana que había estado en la ciudad.
Su segunda vez en el mundo de Anne. Había llegado un viernes por la tarde con una bolsa ridículamente pequeña y una excusa profesional ridículamente fina, y Anne la había recogido en la estación con esa energía de ardilla con prisa que tenía siempre, hablando ya de doscientas cosas antes de darle el primer beso.
Era raro y precioso verla en su hábitat.
En el desierto, Anne había sido una invasora encantadora, fuera de lugar, midiendo el tamaño de las camas en un sitio que no era el suyo.
Allí, en cambio, encajaba: caminaba rápido por aceras que se sabía de memoria, saludaba al del quiosco aunque nunca le compraba nada, le ponían el café exacto que quería sin tener que pedirlo en su cafetería de confianza.
Sara la siguió por su ciudad dos días enteros con la sensación rara de estar conociendo más capas de la misma mujer.
El piso de Anne era pequeño y ordenado de una manera maniática, todo en su sitio, todo etiquetado por dentro aunque por fuera no se notara.
También le enseñó su espacio de trabajo, igual de compacto y metódico que todo lo demás.
Y apoyado en la pantalla del ordenador, su pato, absurdo, mirando al techo.
Sara no dijo nada. Pero algo se le calentó por dentro, despacio, al verlo ahí, conservado, en el sitio donde Anne pasaba más horas al día. Lo guardaste . Apartó la vista antes de que se le notara en la cara.
Esa noche, después de cenar algo que Anne preparó a toda velocidad mientras le contaba un drama del trabajo que implicaba muebles quemados por despiste, acabaron en esa cama de ciudad, riéndose de que no cabían, encajándose igual.
Sara la besó despacio, le buscó la nuca como sabía que le gustaba, y por un rato no hubo desierto ni ciudad ni proyecto: solo dos cuerpos que estaban aprendiendo a entenderse y que llevaban semanas echándose de menos.
Anne se rindió debajo de ella con esa entrega suya que todavía la dejaba sin aire —la mujer que se cerraba como un puño con todo el mundo, abriéndose entera solo con ella—, y Sara pensó, con la boca pegada a su cuello: podría vivir aquí .
En este cuello. Podría mudarme a esta ciudad fea y ruidosa y poner mi vida patas arriba con tal de despertarme así.
No lo dijo. Lo archivó como lo archivaba todo: en el cajón de las cosas que quería y no se atrevía a pedir. Todavía.
Lo que sí dijo Anne, a la mañana siguiente, con el café en la mano y mirando por la ventana el trozo de cielo gris que le tocaba, fue otra cosa.
—Hay días en los que me iría de aquí ahora mismo. Sin mirar atrás.
Lo soltó así, ligera, como quien comenta el tiempo. Y Sara, que andaba medio distraída mirando a Anne, lo oyó, sonrió y lo guardó en el cajón equivocado: el de las frases que se dicen un lunes gris y no significan nada. Una idea vaga. Un deseo de futuro sin fecha.
No le preguntó. Claro que no le preguntó. Preguntar habría sido abrir una conversación que las dos llevaban tres meses esquivando con una elegancia digna de aplauso.
Volvió en sí cuando un mensaje de móvil le avisó de que Lauren estaba saliendo.
Y con el presente volvió también la otra idea. La que llevaba días quitándole el sueño y metiéndole hormigas: esa cadena de emails latiendo en la bandeja de entrada, contaminándolo todo.
Porque la empresa que le había escrito no era una desconocida.
Era una de las tres a las que había pedido presupuesto meses atrás, cuando todavía no sabía que detrás de una de esas tres estaba Anne: la persona que hizo que descartara al resto porque le entregó un plan precioso y le escribía cosas que la hacían sonreír sola delante de la pantalla.
Y ahora esa misma empresa descartada volvía a la carga con una oferta seria: entrar como inversores y llevar ellos la gestión de la casa. Las dos cosas. El dinero y el timón.
El timón que, sin haberse firmado nunca, en la cabeza de Sara ya tenía nombre y apellido. Y no era el de ninguna empresa.
Le contó sus dudas a Lauren durante la comida, y Lauren, para variar, rompió una lanza por Anne.
—Pensaba que lo tenías claro.
—Y lo tengo —dijo Sara, frunciendo el ceño.
—¿Pero…? —la animó Lauren.
—Bueno, es otra opción. Y haría que todo fuera más rápido.
—¿Has decidido algo?
—No.
—¿Y no se la has contado a Anne porque…? —comenzó Lauren.
Pues no se lo había contado aún porque… Vaya: esa era una buena pregunta.
Sara solo dejó escapar el aire que retenía entre los dientes, esperando que Lauren lo entendiera sola.
—Vale —concluyó Lauren—, me hago una idea. Y ya que estamos, ¿seguro que quieres contárselo sin haber decidido? Si al final lo descartas, igual montas un lío para nada.
Sara se revolvió en la silla.
—Quiero contárselo igual. Por transparencia. ¿Tú lo harías? —insistió—. O sea, quiero decidirlo con ella. ¿Tú qué piensas?
—No lo sé, Sara —dijo Lauren—. Es difícil. Ahora. Antes no lo habría sido. Me temo que solo puedo escucharte, no aconsejarte.
Lauren no le aclaró nada. Solo consiguió ponerla más nerviosa.
De vuelta en casa se entretuvo en el jardín, que era lo que hacía cuando los nervios no le cabían dentro.
Rastrilló hojas mientras decidía cuándo decírselo.
Cortó ramitas mientras decidía que era mejor ser directa y no darle al asunto más importancia de la que tenía.
Se quedó sin fertilizante para los bonsáis —era la tercera vez que se olvidaba de comprarlo, porque tenía la cabeza en otro planeta— y estaba a punto de salir cuando llegó el mensaje.
«¿Puedes hablar ahora?»
Tragó saliva. No tienes por qué hacerlo ya. Pero tampoco podía dejarlo más.
«Estaba a punto de salir pero me quedo, espera.»
«No te preocupes, haz lo que tengas que hacer. Hablamos más tarde.»
«Prefiero hablar contigo ahora. Envía.»