Capítulo 23. Anne
Tres meses después
Anne seguía sin aprender a dosificarse. El reporte de incidencias crecía como la espuma —toallas desaparecidas, bombillas fundidas, otra tostadora muerta, dieciséis vasos menos de los que debería haber— y, encima, tenía abiertas cinco asesorías con hoteles pequeños a los que les estaba destripando cuentas y operaciones.
Eran las once de la mañana y ya estaba agotada.
Nueve días seguidos trabajando. Así no le iba a llegar la vida para nada.
Pero esperaba poder aflojar pronto. Se le dibujó media sonrisa sin querer al pensarlo.
¿La vida real intentando pinchar la burbuja en la que vives desde hace meses? Ni de coña.
Miró el móvil en la esquina de la mesa. El mensaje de Sara seguía ahí desde hacía un rato: «Ya está hecho».
Y la sonrisa se le terminó de dibujar entera, porque sabía lo que le había costado: hoy era el día en que Sara dejaba firmada la baja de la gasolinera.
Punto final a unos cuantos años detrás de un mostrador que no era el suyo.
«¿Ha ido bien? ¿Te llamo luego y me cuentas?»
«Cuando puedas :) Y celebramos»
Se le escapó uno de esos suspiros pequeños, de los que llevaba meses soltando sin darse cuenta: desde que Sara y ella empezaron a hablar a diario, que fue, más o menos, desde el día en que se despidieron por primera vez.
Ese día habían vuelto bien temprano desde la casa del desierto.
Sara había conducido de vuelta al pueblo con una mano en el volante y la otra, de vez en cuando, buscándole la rodilla, y a Anne le había costado horrores no pensar que ese mismo trayecto, en sentido contrario, lo habían hecho escasos días atrás odiándose y temiéndose en silencio.
El mismo desierto. Las mismas curvas. Y entremedias, todo.
Sara la había dejado en el taller después de intercambiar no sabía cuántos besos, estacionadas en una calle trasera y sentada encima de ella en el coche como si fueran dos adolescentes con carnet de conducir.
Se habían despedido con el corazón apretado en una mano.
Luego, el chico de la barba le devolvió el coche reparado con una factura que dolía y una palmadita en el capó, como si le entregara un caballo.
Y Anne, que tenía por delante cuatrocientos kilómetros de carretera recta y vacía, en lugar de enfilarlos, había dado un rodeo absurdo de diez minutos para pasar una última vez por la gasolinera.
Porque irse sin verla una última vez no entraba en ningún plan que Anne fuera capaz de ejecutar.
Anne metió el coche en la gasolinera vacía, por suerte, y Sara salió, con las manos en los bolsillos y una sonrisa muy ancha en la cara.
—Has venido —dijo, como si no se lo creyera o no lo esperara.
—He venido. Obviamente.
Se bajó del coche y la besó en el mismo sitio en el que, unos días atrás, se vieron por primera vez.
Sara le había confesado que, cuando fue a pagar y se quitó las gafas, se había quedado medio tonta un número indeterminado de segundos.
Dios. ¿Podría ser más adorable? No, no podría.
El beso olía a manguera y a carburante, y Anne, durante unos instantes, se sintió feliz.
—¿Puedo pedirte un último favor? —le preguntó, cuando se separaron y se quedaron mirándose muy de cerca, abrazadas. Conscientes de que algún segundo tenía que ser el último.
—Sí, pero antes… ¡espera!
Sara se libró de su abrazo y corrió al interior. Volvió cuando Anne ya se había metido en el coche y la esperaba en el asiento del conductor, con un ligero picor instalado detrás de los ojos. Se metió porque, si la esperaba fuera, no saldría de allí nunca. Y, lamentablemente, tenía que volver.
Sara llegó hasta la ventanilla abierta y tiró algo en el asiento del copiloto. Anne lo cogió y lo sostuvo entre sus dedos, sorprendida.
—¿Y esto? —Un pato de peluche con una cara muy simpática y el cuerpo un poco desinflado la miraba colgando desde el aire.
—Nada, un regalo tonto —respondió Sara, acodada en la ventanilla bajada—. Para que te acuerdes de mí.
Anne lo depositó con cuidado en el salpicadero y se tragó el principio de lágrimas que venían empujando.
—Gracias. Ya me has hecho dos regalos y yo ni uno —dijo, mirando al frente, sin atreverse a mirarla.
—Bueno, el collar no es un regalo, es un préstamo. ¿Qué favor me querías pedir?
Ahí sí, Anne se atrevió a mirarla con una sonrisa torcida en los labios.
—¿Me podrías hacer el favor de no intentar liarte con la primera turista que pase?
Sara se apartó como un resorte de la ventanilla, con el ceño fruncido y la voz conteniendo la indignación.
—¿CÓMO? ¡Pero si fuiste tú! —bramó.
—Perdona, fuiste tú.
—No, querida. Yo solo tiré el hilo y tú cogiste el carrete entero.
Anne disfrutaba viéndola tan enfadada de mentira.
—Mira. Dame un beso y cállate —zanjó.
Se dieron un último beso, lento y largo y muy caliente, y luego Anne arrancó y vio a Sara hacerse pequeña, con las manos en los bolsillos, de pie en medio de la gasolinera vacía.
Y tuvo que hacer un esfuerzo por reprimir muchas cosas ahí, porque de repente aquello le dolía bastante más de lo que había previsto.
Le dio tiempo a tocarse la llavecita del cuello y recordarse que todo aquello era real antes de que se le escaparan sin querer un par de lágrimas que limpió antes de que convirtieran el viaje por carretera en un desastre.
Pero allí seguían, tres meses más tarde.
Tras muchos momentos de dudas que se instalaban en la distancia, en el silencio, en los huecos entre las dos cuando el deseo no estaba al alcance.
Tras dos visitas más de Anne a la casa del desierto, y dos de Sara a la ciudad.
Encuentros que mandaban las dudas al infierno y las reconectaban de una forma que a Anne casi le parecía irreal.
Tres meses más tarde, seguían haciendo avanzar juntas los planes para la casa.
El pato le devolvió la mirada, estratégicamente ubicado debajo de la pantalla de su ordenador.
Veinte facturas y diez ensoñaciones más tarde, Anne se dio cuenta de que iba a llegar tarde a comer con Marcos si no se espabilaba. Se arregló corriendo, bajó a la calle y caminó a toda velocidad hasta el restaurante. Aun así, llegó diez minutos tarde.
—Hija de puta —la saludó Marcos, ya sentado, con una caña entre las manos y la vista clavada en el móvil.
—Yo también te quiero.
—Es que siempre haces lo mismo.
—Tengo mucho lío.
Marcos levantó por fin la vista y dejó el móvil.
—Y estás más bien empanada desde hace unos meses, amiga.
Anne sonrió. No pensaba discutírselo.
Pidieron lo de siempre y Marcos tamborileó los dedos sobre la mesa.
—¿Y bien? —Arqueó una ceja.
—¿Qué quieres que te cuente?
—Los detalles, porque la cara ya me lo dice todo. ¿Cuándo me la presentas?
—La próxima vez que venga.
—Claro. Eso si os dais una tregua en la cama, ¿no?
—Idiota.
—Todavía llevas su collar.
Anne se llevó los dedos a la llavecita sin pensarlo.
—Sí. No me deja devolvérselo.
—O sea, que vais puto en serio. Dilo de una vez.
—O sea, supongo que todo lo en serio que se puede ir teniendo en cuenta que vivimos a cuatrocientos kilómetros y que, uhm…
Les sirvieron el pan y Anne destrozó su trozo mientras intentaba decidir cómo explicar algo que ni ella tenía claro.
—¿«Uhm» qué? —Marcos apartó la cesta del pan para salvar lo que quedaba—. ¿Cómo va el proyecto de la casa?
—Estamos bien. Avanzando. Justo hoy dejaba la gasolinera, en un par de semanas empieza la última tanda de reformas mínimas para poder abrir…
—Ya, sí, vale. Me refiero a vosotras.
—Nosotras. —Anne sintió cómo se le iluminaban los ojos—. Muy bien, la verdad. La adoro. Creo que… la quiero. Sí. Creo que estoy enamorada de ella.
Lo soltó en alto, por primera vez. En bajito y para sí misma, se lo había dicho ya unas cuantas veces.
Marcos sonrió al otro lado de la mesa. Luego estiró una mano para cogérsela y apretarla entre sus dedos.
—Cuánto me alegro, cómo me gusta verte así. ¿Y lo de la casa?
—Ah. —Anne tragó la miga—. Sí, eso. A ver. No lo hemos hablado en plan oficial, pero estamos trabajando en el proyecto juntas, lo estamos moviendo, ella dice que quiere hacerlo conmigo…
—¿Pero…?
Anne hizo una pausa, aprovechando que les servían los platos. Ese «pero» era una putada que no sabía responder aún.
—Pero nada. Tenemos que terminar de hablarlo.
Pinchó un trozo de pollo de la ensalada sin piedad. Sí, Anne. Mejor hablarlo. Cuanto antes. Hoy mismo. Empezaba a ser urgente entender por dónde iban los tiros.
Por si acaso.
Porque había dicho que no a cinco apartamentos nuevos, sin comentarlo con Sara.
Había dicho que no a dos asesorías. Y no porque no le cupieran ahora: porque calculaba que no le iban a caber en el futuro.
Un futuro que estaba construyendo, en silencio, alrededor de una mujer y una casa en el desierto, sin haberle preguntado todavía a esa mujer si el futuro era el mismo para las dos.
—Ya —Marcos hizo una mueca rara—. Supongo que esto pasa cuando mezclas trabajo y cama. Que estas conversaciones se diluyen.
—Puede ser. —Anne clavó la vista en el plato.
—Entonces entiendo que vas a decir que no a la oferta, ¿correcto?
La oferta. Una flamante propuesta para liderar las operaciones de un complejo hotelero en la costa.
Un salto profesional de los gordos, con una subida de sueldo equivalente —e inversamente proporcional— a la libertad que perdería.
Tentadora. Pero en dirección opuesta e incompatible con lo que el cuerpo le pedía ahora: Sara, la gestión de la casa del desierto, y volver a sus raíces con una cartera de clientes pequeña pero sólida. Por ese orden.
—Ya les dije que no anteayer.
—Vale. —Marcos enarcó las cejas—. Supongo que sabes lo que haces.
—Supongo que sí. —Anne se tocó la nuca, inquieta de pronto—. Pero… ¿quién sabe?
—¿Sara no sabe nada de esto?
—No.
Y ni se lo había planteado. Esa parte era suya.
Lo de la costa, lo de los apartamentos, lo de los noes: eran sus decisiones, tomadas con su cabeza, en su terreno.
No quería que Sara se sintiera obligada a nada.
No quería que cargara con el peso de saber a qué estaba renunciando Anne por ella.
Y, más abajo, en un sitio que Anne no iluminaba a propósito, tampoco quería que nadie —ni siquiera Sara— metiera la mano en lo único que Milena nunca había conseguido quitarle del todo: el derecho a decidir sola lo que hacía con su trabajo.
Eso lo decido yo. Yo y nadie más.
—Ajá. Vale. —Marcos dejó pasar un segundo—. Te lo digo solo porque sabemos de dónde vienes. Lo pasaste muy mal con Milena, Anne…
—Eso ya lo sé. —Lo cortó—. Dime algo que no sepa.
Marcos aflojó, consciente de que por ahí no la ayudaba.
—Perdona. No quiero… Solo quiero que nadie vuelva a hacerle daño a mi mejor amiga.
Ya está. Y sé que no es el caso, te veo radiante, pero…
—Estiró la mano por encima de la mesa y le cogió la suya—.
Solo te pido que vayas con cautela. O que lo hables.
No pasa nada por hablar las cosas, hablar no significa que nadie vaya a entrar a pisar tu jardín.
Anne se revolvió.
—Es que si voy con cautela no hago nada. No tomo ni media decisión. O tomo las de menos riesgo, que no son las que quiero ahora. Lo de Milena me dejó hecha polvo, vale. Pero he decidido una cosa: el daño que me hizo no me va a joder también el futuro.
Lo dijo mirándolo fijamente. Marcos sonrió por fin y levantó la caña.
—Eso sí me gusta. Brindo por ello.
Anne le devolvió la sonrisa y cambió de tema. Agradecía sus cuidados —se querían desde los veinte años, desde la facultad—, pero ahora mismo necesitaba más su apoyo que su duda. Las dudas ya las ponía ella: era experta en ello.
Durante el resto de la comida consiguió relajarse, soltar tonterías, reírse, compartir postre. Hasta que Marcos exclamó «¡me tengo que ir corriendo!», le plantó un beso en la sien y la dejó otra vez a solas.
Y entonces, despacio, lo notó. Una ansiedad pequeña, ligerísima, minúscula pero existente, que se le había instalado en algún sitio del cuerpo durante la conversación y ya no se soltaba.
Cautela. Cartas sobre la mesa. Por si acaso.
Volvió a paso rápido a casa, miró la pila de cosas pendientes en el portátil y se le hizo una montaña. Se sentía como si tuviera que poner mil lavadoras y luego tenderlas, destenderlas, plancharlas y doblarlas, una a una, hasta el fin de los tiempos.
Esa pequeña ansiedad que hacía ya un tiempo que apenas campaba por allí le arañó un poco más, intentando subir.
Dios .
Cerró los ojos un momento. Y luego le escribió a Sara, la única capaz de sacarla de ahí.
«¿Puedes hablar ahora?»
«Estaba a punto de salir, pero me quedo, espera.»
«No, no. Haz lo tuyo. Hablamos luego.»
«Prefiero hablar contigo ahora. Envía.»
Tenían la costumbre de hacer las videollamadas con el ordenador, para verse en pantalla grande.
Anne mandó el enlace y esperó un par de minutos hasta que la cara de Sara apareció, preciosa como siempre, aunque llevara esa camiseta medio deshecha que le encantaba para estar por casa, y el pelo recogido en un moño semiderruido que, si acaso, hacía que le gustara más.
—Oh, dios —saludó Sara—. Qué pinta tengo. He estado limpiando el jardín. Dame un segundo.
Empezó a rehacerse el moño.
—Sabes que me encantas así.
—¿Así de horrible?
—Así de despeinada.
Sara se rio, pero a Anne le llegó rara. Corta. Con un fondo que no era el de siempre.
—Bueno. ¿Qué tal el día? Cuéntame —pidió Anne.
—Sí. Ha ido todo bien. Pero quería… contarte una cosa que ha pasado.
Anne frunció el ceño sin querer.
—Genial. Porque yo también quería hablarte de algo.
Sí. No lo demores más. Las cartas encima de la mesa.
—Vale.
La vio soltar el aire con un soplido hondo, como si hubiera estado conteniendo demasiado. Estaba tensa. Tensa de verdad.
—¿Ha pasado algo con la gasolinera? —se adelantó Anne, con una inquietud leve empezando a moverse.
—No, no es eso —se apresuró Sara.
Vale. Está nerviosa. Quiere contarte algo que ha pasado. Y no es del trabajo.
—Venga. Di.
Lo soltó así, con un atisbo de impaciencia y un principio de alarma, mientras la mano se le iba sola a la llavecita del collar y empezaba a darle vueltas entre los dedos.
Para cuando Sara terminó de decir la frase que traía preparada, la ansiedad ya le había empezado a subir a Anne por la tráquea, amenazando con quedarse al mando de su pulso.