La casa del desierto Capítulo 22. Sara y Anne #3
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Capítulo 22. Sara y Anne #3

—Pues… —Sara dudó. La mitad de lo que quería decirle no le cabía en una frase, y la mitad sonaba demasiado precipitado dicho en alto—. A ver. Creo que volveré a pedirte perdón.

—Ay, no. Eso ya no —protestó Anne.

—¡Déjame! Te pediré perdón. Y te daré las gracias por estos días.

—¿Todos, o solo los dos últimos?

—Todos. Te diré que me pareces una persona estupenda, que ha sido genial encontrarte, conocerte un poco más…

Dudó.

—¿Y…? —la animó Anne, sin moverse de su pecho. Pero Sara notó cómo le apretaba un poco más la cintura con la mano.

—Y… te diré algo parecido a esto: si te invitase a volver por aquí, pronto… ¿vendrías?

Anne se quedó callada. No cambió la cadencia de la respiración ni la presión de la mano.

Pero por dentro el corazón le pegó un par de golpes secos, de aviso.

Ahí estaba: la mezcla otra vez. La invitación que no era profesional y que ella, la de la regla de no mezclar, deseaba con todas sus fuerzas aceptar.

—Vale, me toca —dijo al rato, sin responder a Sara. Despacio, midiendo—. Yo ya no te pediré perdón. Pero te confirmaré que eres la persona más inteligente e interesante que he conocido en mucho tiempo.

—Ajá.

—También te explicaré que nos hemos encontrado en un momento delicado para mí.

Sara sintió un pequeño vuelco, pero distinto al de antes.

Porque eso ya no era una pista: eso ya lo sabía.

Ese «momento delicado» tenía nombre de mujer y arrastraba ya tres años de relación y nueve meses de duelo.

Anne no le estaba confesando nada nuevo; le estaba diciendo, en voz alta y a plena luz, que seguía siendo verdad y que aun así estaba aquí.

Y eso, sabiendo lo que ahora sabía, le pareció mucho más valiente que cualquier confesión.

—Ya. Lo entiendo. Y no quiero que…

—No digas nada. Ya veré. —La cortó. Luego levantó la vista hacia ella—. Ya veremos. Y lo otro que te diré será algo así: si te invito a venir a verme a la ciudad, pronto… ¿te apetecería?

Y ahí estaban las dos, cada una tirando hacia su lado del mapa.

Sara, que quería salir, invitándola a quedarse.

Anne, que quería volver a las raíces, invitándola a la ciudad.

Dos vectores que llevaban semanas apuntando en direcciones opuestas y que, por una vez, en lugar de chocar, se habían cruzado en mitad del aire para decirse lo mismo: ven .

Se hizo un silencio cargado, eléctrico.

—¿Te puedo responder ya? —preguntó Sara.

—¡No! Me lo dices mañana. —Anne se incorporó y se giró para mirarla—. Y luego nos damos un abrazo rápido, un beso lento, y nos vamos sin mirar atrás. ¿Vale?

—Vale. Y me avisas cuando llegues.

—Cuenta con ello.

—Espera. Levanta. Dame la espalda.

Anne se incorporó en el sofá y se giró. Sara se movió detrás de ella.

—¿Ya?

—No. Cierra los ojos.

Los cerró. Esperando un contacto que no sabía de qué tipo iba a ser. Oyó a Sara moverse por detrás, sus manos rodeándole el cuello. Y al final, algo frío posándose sobre la piel.

El collar.

Y aquí Sara hizo, sin avisar a nadie, ni siquiera del todo a sí misma, la cosa más grande que había hecho en cinco años.

Porque ese collar no era un collar. Era la cadena con la minúscula llave de oro que le regaló a su abuela a los quince, con una solemnidad que ahora le daba vergüenza recordar: «Es la llave de nuestro hotel».

Era lo que su abuela llevó puesto hasta el último día, lo que Sara le pidió a su prima que escondiera donde ella no pudiera verlo, lo que había estado dos años enterrado en una caja del desván porque mirarlo dolía.

La llave de su sueño. Su mejor recuerdo, su historia más íntima.

Y se la estaba poniendo a Anne en el cuello.

Sara, la que renunciaba a todo. La que devolvía siempre lo prestado, callada, para que doliera menos. Esa misma, por una vez, en lugar de soltar, ataba un hilo. Esta vez no.

—¿Qué haces? —musitó Anne, aturdida, llevándose los dedos a la llavecita—. ¡No! Es el collar de tu abuela. Por favor, no me lo des.

—No te lo doy. —Sara se lo abrochó con un cuidado tan exquisito que Anne tembló debajo de sus dedos—. Te lo presto. Y como me lo tendrás que devolver, vamos a tener que vernos en algún momento. Sí o sí.

—Eso es trampa.

—Quítatelo si quieres. Atrévete a devolvérmelo.

Pero ya tenía a Anne cogida de la nuca, como a ella le gustaba. Con fuerza. Ese masaje en el nacimiento del pelo que la deshacía.

—No quiero. —A Anne se le había puesto la voz pequeñita—. Y eso que haces me vuelve loca.

—Ya lo sé.

Sara se inclinó y le besó el cuello, justo encima del broche, sobre la cadena que ahora descansaba sobre la piel de otra persona. Notó cómo la piel de Anne se encrespaba, y sintió en sus propios labios el escalofrío que le recorría a Anne el cuerpo entero, de la nuca a los talones.

Y pensó, con una claridad que la asustó por lo poco que le asustaba: ya está. Ya le he dado la llave. Que se la lleve. Que la traiga de vuelta.

Por una vez en su vida, Sara Mason no pensaba abrir la ventana para que el globo se fuera volando. Pensaba sujetar el hilo con las dos manos.