La casa del desierto Capítulo 22. Sara y Anne #2
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Capítulo 22. Sara y Anne #2

Suspiró. Intentó volver a los dibujos. La idea era buena, viable en costes, integrable en el paisaje.

Pero entre línea y línea se le coló otra vez la cuenta atrás, esa que llevaba todo el día haciendo el trabajo sola por debajo, como un reloj escondido.

Le quedaban horas. Luego le quedarían minutos.

En algún momento serían segundos. Y luego.

Bum.

Algo se le cerró por dentro, despacio, como una mano que aprieta sin prisa. Y ahí estaba el problema de verdad, el que no se atrevía a pensar aún: que no sabía si esto era real.

Porque las cosas se habían ido al infierno muy rápido, y de pronto todo era bonito.

Demasiado bonito, casi sospechoso. ¿Y si era el aislamiento?

¿Y si era la cuenta atrás, que le ponía a todo esa pátina de intensidad que después, en la vida normal, con tráfico y horarios y veintitrés propiedades que gestionar, se descubre que era solo barniz?

Sara conocía ese truco. Lo había usado consigo misma muchas veces para tragarse renuncias: convencerse de que lo que perdía no valía tanto, de que la luz era prestada, de que mejor no fiarse.

Era su especialidad: rebajar lo que quería antes de que se lo quitaran, para que doliera menos cuando ya no lo tuviera.

Solo que esta vez le costaba creérselo. Porque lo que Anne le había despertado estos días no era barniz.

Eran sensaciones a las que, sin darse cuenta, casi había renunciado del todo: ser deseada, ser mirada, que alguien se quedara con lo que ella decía en lugar de buscar el hueco para corregirla. Eso no se lo inventaba el desierto.

Va, déjalo, Sara. Concéntrate.

No pudo. Se le vino la cara de Anne de la otra noche — no, ayer, fue ayer, ¿ayer?

, qué locura — atravesada por algo que ahora sabía que era dolor: el dolor de creer que Sara se había ido con otra.

Todavía le escocía habérselo hecho. Y empezó a tener un miedo nuevo, concreto: que esa mirada no se le fuera fácilmente del cuerpo.

O que Anne se marchara y a lo mejor no volviera nunca; y ella se quedara aquí, contando otra vez los metros de espacio interior que Anne ocupó dentro de ella y que, al irse, dejó vacíos.

Para. Te estás precipitando. Ni siquiera sabes si…

La puerta se abrió y la devolvió al presente. Uno en el que Anne todavía estaba aquí, y traía bolsas de papel.

—Qué poco has tardado. —Sara seguía en el mismo sitio.

—Quiero tenerte cerca el máximo de tiempo posible antes de que nos vayamos. —Le dio un beso suave en la mejilla y empezó a vaciar las bolsas—. Tú sigue con lo tuyo.

—¿Me quito de en medio?

—No. Quédate, por favor. Solo quiero… que estés. Quédate ahí mientras cocino.

Anne le robó otro beso sin mirarla, y Sara le dedicó una sonrisa que le salió más mustia de lo que pretendía. Por suerte, Anne ya estaba de espaldas, peleando con una cebolla.

Empezaba a tener miedo de verdad.

Comieron tarde. Un risotto de setas y gorgonzola que a Anne le salió de muerte, y un trozo de tarta que había traído de la pastelería buena de El Vado. Luego se acomodaron en el sofá, delante de la estufa, abrazadas. Esta vez fue Sara la que se recostó sobre Anne.

—¡Espera! —Anne se la quitó de encima y corrió a la cocina.

—¿Qué?

Volvió con dos copas y la botella de vino que tenían sin terminar.

—No me puedo creer que aún no nos hayamos acabado esto. —Plantó las copas y las llenó hasta la mitad—. No nos vamos a ir sin terminarnos el vino que arrastré cuatrocientos kilómetros en una maleta.

—Nos lo podíamos haber llevado —se rio Sara.

—Ni hablar. Esto se bebe aquí.

—¿Esto es una especie de cita?

—Casi. —Anne le tendió una copa y brindó—. Bebe poco, que conduces tú.

Dio un sorbo y la miró a los ojos.

—Podemos volver mañana. A primera hora. Recojo el coche del taller y me voy directa. Si quieres.

Sara no contestó enseguida. Le estaba ofreciendo una tregua. Una noche más. Y la despedida iba a llegar igual, así que a lo mejor era más sano quitársela de en medio ya, de un tajo, antes de seguir acumulando cosas que después pesarían el doble.

—¿Qué dices? —insistió Anne.

—Vale. —Cedió enseguida. En realidad no había mucho que pensar: sus defensas se habían desplomado solas ante la posibilidad de unas horas más con ella. Tanto para tan poco.

—¿Seguro? No te noto muy convencida.

—Sí, sí. Es solo que… —Otra vez el principio de angustia en el pecho. Se encogió de hombros—. Ya sabes. Las despedidas. No se me dan bien.

—Ya.

Anne dejó la copa, la obligó a tumbarse y se recostó sobre ella.

—Te propongo una cosa. —Hablaba desde su pecho—. Vamos a ensayar la despedida ya, ¿vale? Así sabemos cómo va a ser y dejamos de darle vueltas.

Sara se rio. Anne también, y Sara notó la risa subiéndole por la caja torácica como un cosquilleo.

—Me encanta oírte reír así, tumbada en tu pecho. ¿Sabes?

Sara le colocó el pelo detrás de la oreja y empezó a acariciarle la cara, el pelo, la espalda. Despacio. Como quien intenta que algo dure más de lo que va a durar.

—Creo que te voy a echar de menos —arrancó Sara, tras un silencio.

—¿Eso es lo que me vas a decir en la despedida?

—Eso te lo digo ahora. Mañana te diré que me avises cuando llegues.

—¿Y ya?

—No.

—¿Qué más?