La casa del desierto Capítulo 22. Sara y Anne
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Capítulo 22. Sara y Anne

Sara estaba preparando café. Era la hora que más le gustaba del día: cuando empezaba a filtrarse una luz tenue por las ventanas, una luz que en cuestión de minutos cogía cuerpo, como si alguien le hubiera echado levadura.

Otra noche casi sin dormir, y ya iban… había perdido la cuenta.

La ironía no se le escapaba: la única noche que había dormido del tirón en semanas fue aquella en que Anne se metió en su cama medio congelada y ella se pasó las horas sin atreverse a respirar fuerte.

Al menos la vigilia de esta noche había tenido una buena causa.

Se le escapó una media sonrisa idiota delante de la cafetera, de esas que no controlas y prefieres que no te vea nadie, al volver a la última escena que recordaba: Anne sentada a horcajadas encima de ella, inclinándose sobre su cara, comiéndole el cuello, bajando despacio sin dejar de mirarla.

La sangre le cogió velocidad. Tuvo que dejar de pensarlo y concentrarse en el chorro del café, que era marrón y aburrido y no le aceleraba nada.

Y debajo de la sonrisa, casi sin avisar, asomó la otra cosa.

La de siempre. Una vocecita de contable que llevaba cinco años haciendo balances: cuidado con encariñarte, que esto tiene fecha de caducidad y tú ya sabes cómo te vas a quedar después, cuando la chica desaparezca rumbo a su casa y todo se vuelva incierto.

Sara la oyó. Le hizo el caso justo. Y siguió sirviendo café.

Estaba con la primera taza cuando bajó Anne.

—Buenos días. —Una sonrisa de oreja a oreja, el pelo mojado echado hacia un lado, una camisa larga que Sara reconoció como suya—. Te preguntaría qué tal has dormido, pero…

—Exacto. Mejor no preguntes.

Sara la recibió con un brazo, la rodeó por la cintura. Anne le echó los brazos al cuello y la miró fijamente, demasiado cerca para esa hora.

—¿Sabes cuánto me gustas? —Y se contestó sola—. Uhm. No. No lo sabes.

—¿Más o menos que cuando te dejé tirada una noche entera porque no aguantaba tenerte cerca?

—Mucho más.

—¿Y más o menos que el día que te mandé una foto del desierto sin conocerte de nada, solo porque me dijiste que llovía en la ciudad?

Anne fingió calcularlo sin despegarse un centímetro.

—Parecido.

—¿Y más o menos que hace media hora?

—Ahora un poco menos que hace media hora.

—Eso puedo arreglarlo.

Y aquí estaba la trampa en la que Sara llevaba cayendo desde el desayuno del primer día: que la halagaran le sentaba como el agua en el desierto.

Unos años convenciéndose de que ya no era de las que se llevan a casa, de que había perdido el punch, de que el pato de peluche que nadie compra era ella; y de pronto esta mujer la medía a ella, no al revés, le hacía cuentas de cuánto le gustaba como si fuera un dato importante, y a Sara se le escapaba el suelo por debajo de los pies.

No la deseaba sin más. La elegía, y se lo decía.

Era exactamente lo que llevaba años queriendo porque, más allá de Diane, no es que pasaran muchas personas disponibles por ese rincón perdido del mundo precisamente. Y no pensaba ponerse digna ahora.

Le dio un beso suave de buenos días. Luego la empujó contra la mesa de madera y la subió sin esfuerzo.

Aunque tenían una constitución no demasiado distinta, Anne era un poco más baja y más ligera; aun así, no dejaba de sorprenderle la facilidad con que la movía.

Como si, al primer contacto con su cuerpo, Anne dejara de tener peso propio y se rindiera entera a sus brazos.

—¿En serio no llevas nada debajo? —Sara ya deslizaba las manos bajo la camisa larga, la única prenda que Anne llevaba puesta.

—En serio.

—¿Ni arriba ni abajo?

—Ni arriba ni abajo.

—O sea, que venías a esto.

—¿Tanto se nota?

Anne se dejó tumbar sobre la madera, dejó que Sara le subiera la camisa hasta el cuello y le recogiera las piernas dobladas. No dijo nada. Especialmente cuando Sara se detuvo, con esa lengua que tenía, justo en su punto débil.

Y aquí Sara hizo una cosa que no había hecho antes con tanta conciencia: ir despacio a propósito.

Ahora sabía lo de Milena. Sabía la forma del daño, la del puño que se cerraba, la de aquella mujer quitándole espacio a Anne hasta minimizarla.

Así que eligió cada gesto para decir lo contrario.

No tengo prisa. No te estoy midiendo. Quédate entera.

Mantuvo el ritmo ajustado, los dedos sin perderle el compás, la boca pegada a la piel, y notó cómo Anne, debajo, se rendía de una manera que no era solo física: como quien lleva mucho tiempo en guardia y, por un rato, se deja la guardia quitada, apartada en el suelo.

Cada vez que Sara le hacía esto —con ese cuidado, esa constancia, esa forma de no despegarse—, Anne sentía algo que la enganchaba un poco más a ella y la reparaba un poco más de lo de atrás.

Nueve meses podían ser mucho o nada, según el día.

Pero en manos de Sara había empezado a creer que quizá sí podía con esto, aunque le quedaran grietas, aunque no estuviera curada del todo.

—Ven, sube —pidió Anne cuando estaba a punto.

Sara no perdió el ritmo: cambió a los dedos, le acercó la boca, y Anne se corrió jadeando dentro de su boca abierta. Sara se rio.

—Menos mal que has ido rápido. No sé si te habría aguantado mucho en esta postura, me está matando la espalda.

Anne la miró con picardía y le empujó el cuerpo con un pie, solo por molestar. Sara se lo atrapó al vuelo y le besó el empeine, el tobillo, sin dejar de mirarla.

—Hoy te hago yo la comida —propuso Sara, mirándola desde la mesa.

—¿Segura? —Otro beso, en el otro tobillo—. Tienes unos pies preciosos.

—Segura. ¿Volvemos esta tarde?

—Cuando tú digas.

Pero Anne no quería volver aún.

Así que se pasó la mañana inventándose razones para no irse.

Que tenía que revisar el proyecto entero otra vez.

Que había que hacer doble check de todo.

Abrió y cerró documentos, recorrió las habitaciones una a una, repasó el inventario por cuarto, los precios medios, el material pendiente de comprar —cunas, supletorias, tronas, mesas, sillas—, todo lo que ya estaba revisado y vuelto a revisar.

—Es para no tener que molestarte luego con mil dudas —mintió, en una de las veces que pasó por la cocina, donde Sara dibujaba bocetos de las cabañas semitransparentes.

—Me encantaría que me molestaras todo el rato, la verdad.

—Lo intentaré igualmente, descuida.

Y se perdió escaleras arriba otra vez, con la lista en la mano y la mentira en la boca.

Porque la verdad era otra, y a Anne le daba un vértigo que no sabía dónde colocar.

La verdad era que llevaba una regla tatuada por dentro, una de esas que te escribes con sangre después de una caída: no mezclar.

El trabajo aparte. Lo personal aparte. Cada cosa en su lista, y las listas sin tocarse, porque la última vez que su trabajo y una mujer ocuparon el mismo cajón, salió de ahí hecha pedazos.

Milena trabajaba con ella; la quería pequeña justo en el sitio donde Anne era grande.

Y de esa mezcla Anne había aprendido una lección clarísima, simple, de manual: no se vuelve a hacer .

Y aquí estaba. Haciéndolo. Mezclándolo todo. La clienta y la mujer. El proyecto de su vida y el cuerpo que la reparaba sobre una mesa de roble. Borrando con el codo la única norma que la había mantenido a salvo.

Añadió a la lista: estás rompiendo tu propia regla.

Lo borró. No le servía de nada apuntarlo si no pensaba cumplirlo.

Repasó las habitaciones una última vez y volvió abajo cuando ya casi era la hora de comer.

—Déjame que coja tu coche, voy a comprar algo para la comida.

—Claro. —Sara apenas levantó la vista de los dibujos para darle un beso fugaz—. Tienes las llaves ahí.

No le señaló dónde. Lo dio por hecho.

Y en ese gesto mínimo —dar por hecho que ella sabía dónde estaban las llaves— Anne se dio cuenta de tres cosas a la vez.

La primera: que sí, que sabía perfectamente dónde estaban las llaves; lo había sabido desde el primer día, sin proponérselo, porque su cabeza catalogaba esta casa igual que catalogaba todo.

La segunda: que los bocetos que había visto por encima del hombro de Sara eran buenos de verdad, buenos de los que se construyen.

La tercera, y esta le cerró un poco la garganta: que las dos, ahí encerradas, suspendidas fuera del tiempo, habían tardado ridículamente poco en empezar a moverse como si se conocieran desde hacía años.

Como si la casa, el café y las llaves colocadas donde siempre fueran un idioma que ya hablaban juntas.

Cogió las llaves y abrió la puerta sintiendo el vértigo entero. Porque en algún momento no muy lejano —quizá esta misma tarde, quizá mañana— iba a cruzar esa puerta de verdad. Con la maleta. Y a lo mejor, al cruzarla, el hechizo se quedaba dentro y no salía con ella.

Cuando Sara oyó la puerta cerrarse, salió de su ensimismamiento de golpe.

¿Eh? ¿Qué? ¿Anne se ha ido?

Sí. Se había ido. Eso que se oía era su propio coche largándose por la pista de tierra.

Te lo ha dicho. Apenas se había enterado, aunque ahora le sonaba vagamente haberle dicho algo de las llaves.

El recuerdo de un beso en la mejilla, eso sí lo tenía.

Cuando se concentraba en los planos, el mundo se le caía alrededor sin que ella lo notara; podía funcionar, contestar, abrir la puerta, pero luego no le pidieras que recordara nada.

Ahora que se había quedado sola, en silencio, le cayó encima el peso raro de esos días.

La casa seguía siendo una trampa, pero se había convertido en una trampa bonita, y eso era infinitamente más peligroso.

El salón estaba igual que siempre y, sin embargo, si se fijaba, algo había cambiado de sitio.

O no había cambiado nada y simplemente rebotaba más luz.