Capítulo 21. Anne y Sara #3
Y aquí estaba la parte que llevaba meses sin atreverse a contar: que mientras hablaba, justo ahora, había vuelto a notarlo.
El resorte. El tirón hacia dentro, la mano invisible que la agarraba por el esternón y le decía «cállate, te estás pasando, la estás aburriendo, mira cómo la espantas».
El mismo de la madrugada, en la cama, cuando estaba a punto de correrse y algo en ella tiró en sentido contrario.
Anne se preparó para encogerse. Buscó en la cara de Sara la primera señal de que ya había dicho demasiado.
No la encontró.
Sara no había apartado la mirada ni un segundo.
No había puesto cara de lástima. No la estaba midiendo.
La miraba como había aprendido a mirarla esos días: entera, despacio, quedándose con lo que le daba sin buscar el hueco para devolverlo.
Luego le subió las manos que tenía cogidas por abajo y se las apoyó en su propia cara, en su propia mejilla, como había hecho ella antes. Y dijo, bajito:
—No te has pasado. No me estás aburriendo. Y no te vas a hacer pequeña delante de mí, porque te estoy viendo entera y me gustas así.
A Anne se le rompió algo por dentro. No hacia abajo, para variar. Hacia los lados: como un vaso que se estrellaba contra el suelo de una cocina y los cristales se metían hasta debajo de la lavadora.
—No me das lástima —siguió Sara, y ahí la voz se le puso rara, más honda—.
Y te voy a confesar por qué lo entiendo tan bien.
Esa cosa que te hizo. Encogerte para protegerse.
Hacerte sentir pequeña, de usar y tirar.
—Tragó—. Es lo único que de verdad me da miedo en el mundo.
Que me hagan eso. Lo reconozco a un kilómetro porque me paso la vida vigilando que no me lo hagan.
Así que no. Lástima, ninguna. Esto otro: ya somos dos.
Y si en algún momento te he hecho sentir así, cosa que es probable, porque estos días han sido rarísimos, te pido disculpas.
Anne se quedó mirándola, con los ojos llenos. No de pena. De alivio. Del alivio enorme y mareante de decir lo más feo que tenía y que la otra persona, en vez de salir corriendo o medirla, se reconociera dentro.
Ojalá te hubiera encontrado a ti en su lugar. El pensamiento le llegó nítido y, por una vez, no le dio miedo tenerlo.
—Vale —dijo, con un hilo de voz, y se rio un poco, una risa pequeña y líquida—. Pues ya está. Ya lo sabes.
—Ya lo sé.
Se quedaron un rato más allí, sostenidas la una por la otra, mientras la luz seguía cayendo y el cañón cambiaba de color a su alrededor por uno más rojo, más íntimo.
—Aún me debes una pregunta del turno de antes —dijo Sara, para aligerar.
—Cierto. —Anne se frotó la cara con el dorso de la mano y recompuso el descaro, aunque le quedó algo tembloroso—. Es una de verdad. Importante. ¿Estás lista?
—Estoy lista.
—¿Qué hacemos con esto? —Lo soltó así, sin aspavientos—. No hace falta que respondas ahora. Es una pregunta que se puede responder mañana, pasado, al otro, dentro de un mes…
Sara sonrió y no reflexionó demasiado. Lo único que tenía claro, ahora mismo, era que no le apetecía soltarle la mano.
Que el plazo de Anne —mañana, pasado, el coche, el pueblo— le parecía de repente la idea más estúpida del mundo.
Y que tenía delante exactamente lo que llevaba cinco años pensando que no le tocaba.
—Creo que te la puedo responder ya —dijo.
—Vale. Pero también podrías pensarla. Y podrías no responderla. A lo mejor no hay nada que decidir y solo hay que… ver. Dejar correr. Eso pienso yo. Si tú también quieres —se apresuró a añadir.
—Quiero. —Sara le sostuvo la mirada sin pestañear—. Sé que siento algo por ti. Lo de hoy no lo ha apagado; al revés, lo ha puesto más fuerte. Y no quiero apagarlo. Quiero dejarlo ahí, encendido, y ver qué es.
Anne extendió la mano y le acarició la cara.
—Eso es justo lo que quiero yo. —Dejó un silencio un poco espeso y luego se aclaró la garganta—: Ahora voy a ser yo la que te robe un turno. Si a ti y a mí, por lo que sea, nos diera por ver a dónde va esto… ¿dejarías de verte con ella? Con tu amiga. La del derecho a roce.
—Esa te la puedo responder ya, en presente. —La voz de Sara voló por encima de su cabeza y se alegró de no estar mirándola de frente—. ¿Es necesario que lo diga en alto, o ya podemos darla por respondida?
Anne se deshizo del abrazo, cogió un poco de distancia y se giró para mirarla.
—Mmmm. Suficiente respuesta por el momento.
Anne soltó el aire. Se acercó y le robó un beso. Luego otro. Otro más.
—Suficiente respuesta por ahora. —Se separó lo justo, sin volver a sus brazos, mirándola desde ahí.
—Me toca. Última y nos vamos —dijo Sara, empezando a levantarse y tendiendo la mano para ayudarla a ponerse en pie—. Aunque me quedan mil preguntas.
—Dame la última.
—Es fácil. Son casi las seis y apenas hemos comido nada. ¿Qué quieres que te cocine?
—No. ¿En serio? ¿Tenemos que comer? Prefiero volver a la cama.
—Me estoy empezando a morir de hambre, Anne. Anda, vámonos. Creo que tengo un par de cosas decentes en la nevera aún. Si no, me acerco a comprar algo en un momento.
Sara había comenzado a tirar de ella con la mano, pero Anne la retuvo:
—¡No! Espera. La última, lo prometo.
—Dispara.
Sara se volvió y se la quedó mirando. Anne se quedó callada un momento, observando el cañón entero teñirse de rojo, el cuerpo de Sara frente a ella, su sonrisa limpia.
Y algo dentro de ella —lo que llevaba nueve meses agarrándola por el esternón— aflojó un centímetro. Solo uno. Pero hacia el lado bueno.
—¿Podría este día durar para siempre?