La casa del desierto Capítulo 21. Anne y Sara #2
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Capítulo 21. Anne y Sara #2

Sara no quería precipitarse, pero tampoco quería callarse ahora que había decidido hablar.

—Alguien que me mueva por dentro como me mueves tú —le dijo al oído, acompañando la frase con una caricia lenta en la cara.

Anne dejó escapar una suave risa entre los dientes y luego aferró la mano que Sara sostenía sobre su pecho y la apretó con la suya.

—¿Y cuánto llevabas?

—Mucho. —La palabra le salió rasposa.

Se quedó un momento en silencio, buscando cómo decir lo otro, lo de debajo, sin que sonara a discurso. Porque esto era lo que de verdad le costaba; no el rechazo, no la vergüenza del baño, sino confesar la forma exacta de su cobardía.

—Yo no me fui a buscar a nadie esa noche.

Me fui huyendo de ti. —Lo dejó caer y siguió antes de arrepentirse—.

Llevo cinco años en este lugar haciendo lo mismo: querer algo y convencerme de que no me toca.

Lo hago muy bien, mira. Tengo un cajón entero de cosas a las que renuncié para hacer lo correcto.

Y tú llegaste y me reventaste el cajón en un momento donde pensaba que ya había encontrado mi camino, que era el proyecto de la casa.

Lo que necesitaba por fin para desencajar de este lugar, recuperar un poco de mi vida.

Y yo, en lugar de aguantar el tirón, salí corriendo a casa de Lauren a que alguien me diera permiso.

—Tragó—. Permiso para no salir corriendo, por una vez.

Vine de vuelta de madrugada por la carretera vacía repitiéndome una sola cosa, como una idiota: esta vez no. Esta vez no renuncio.

Notó cómo Anne se giraba del todo entre sus brazos. Le cogió las manos, se las llevó a la cara y se las plantó ahí.

—Vaya forma de gastar tu turno —murmuró Anne, con la voz tomada.

—Te he hecho dos preguntas en una. Lo sé. Pero te he contado un montón de cosas. Me las descuentas.

—Te las descuento. —Anne le besó los dedos de la mano, uno a uno, despacio—. Pero ahora me debes el doble que te cedí antes. Y ya sé en qué lo voy a gastar.

Anne se separó un poco. No del todo: lo justo para girarse y sentarse de frente a ella, espalda al desierto, las rodillas tocando las de Sara. Necesitaba verle la cara para esto. Y necesitaba que Sara le viera la suya, aunque le diera pavor.

—Esta va a doler —avisó, medio en broma, medio en serio—. La de antes era fácil. Esta no.

—Que duela. —Sara sonrió, sin saber qué venía.

—No es una pregunta: es una respuesta que te debía.

Me preguntaste por mi ex en el restaurante, y yo te di una pista y me escabullí.

¿Te acuerdas? Te dije «en otro momento».

—Anne respiró hondo, una de esas respiraciones que se cogen antes de tirarse a un agua sin saber lo fría que está—.

Pues este es el otro momento. Y te lo voy a contar entero, no porque me apetezca, que no me apetece nada, sino porque a partir de aquí ya no vas a poder decir que no sabías. Y quiero que lo sepas.

Sara no dijo nada. Solo le buscó una mano, entrelazó los dedos con los suyos en el aire, y se quedó así, sosteniéndola. Esperando. Sin meterle prisa, sin rellenar el silencio. Y esa quietud suya —la de quien sabe escuchar de verdad— le dio a Anne el empujón.

—Se llama Milena. Estuvimos tres años. Lo dejé hace nueve meses. —Cada cifra le salió limpia, como datos de un informe, porque así dolían menos—. Y la versión corta es que no me trató bien. Pero la versión corta no sirve.

Soltó la mano de Sara un segundo para mirarse las suyas. Un momento después, Sara puso sus manos debajo, sosteniéndolas, y Anne las dejó allí.

—Trabajábamos juntas, más o menos en lo mismo.

Y yo, en mi trabajo… soy buena, Sara. De verdad que lo soy, creo — no te enredes —.

Y al principio a ella le encantaba... hasta que dejó de encantarle.

Hasta que cada idea mía era una idea «un poco evidente, ¿no?

». Cada acierto, «suerte» —le temblaba un poco el labio al decirlo—.

Cada vez que alguien me felicitaba delante de ella, después, en el coche, venía la corrección…

Lo de aquello que dije que sobraba, que me venía arriba, que la estaba dejando a ella en mal lugar.

—La voz se le afinó—. No me hundió de un golpe.

Me fue quitando milímetros. Tantos, que dejé de notar que me los quitaba.

Llegué a un punto en el que, antes de decir una opinión en una reunión, ya la había rebajado yo sola por dentro para que no le molestara a ella.

Luego dejé el trabajo, monté mi propia empresa, ella se quedó donde estaba y la cosa fue a peor.

—Te anuló —dijo Sara. No como pregunta. Como quien nombra una pieza que reconoce.

—Eso es lo que trató de hacer, sí. —A Anne le tembló la palabra al repetirla—.

Y lo peor es que aprendí a hacerlo yo. Por eso me pasa esto.

—Aquí venía la parte fea, la del baño, la que llevaba meses tapando con listas—.

Cuando alguien se me acerca de verdad, cuando la cosa se pone seria, el cuerpo se me cierra solo, como un puño, sin pedirme permiso.

Me hago pequeñita, desaparezco… y luego saco las uñas para que se vaya, para no tener que quedarme a ver cómo me reducen otra vez.

—Tragó—. Eso fue lo del baño. No fuiste tú.

Te deseaba tanto que me dio pánico, y en lugar de decírtelo te solté la frase más cobarde que se me ocurrió para espantarte.

Y funcionó. Y llevo desde entonces odiándome por ello.

Lo soltó y se quedó vacía y temblando, esperando lo que siempre esperaba después de enseñar esto: la lástima. La cara de «pobrecita». O peor: el cálculo silencioso de cuánto problema era ella, en directo, detrás de los ojos del otro.