Capítulo 21. Anne y Sara
Estaban sentadas en un recodo del cañón, la espalda contra la pared de roca, mirando cómo la luz empezaba a bajar.
El aire se había puesto ligero. El silencio que las envolvía ya no era el de los últimos días —ese silencio con púas que arañaba—, sino otro: el de dos mujeres cansadas que habían conseguido encontrarse, aunque no hubieran resuelto nada todavía.
—Ven, ponte aquí. —Sara hizo hueco entre sus piernas.
—No. Que ya me has engañado dos veces con esa trampa. Me haces ponerme ahí y mira cómo acabamos siempre.
Sara se rio.
—Venga, ven. No seas rencorosa.
Anne le sostuvo la mirada un segundo, como si calibrara el riesgo, y luego arrastró el cuerpo y se dejó caer hacia atrás, encajándose contra el pecho de Sara, y recogió las piernas.
Sara la rodeó con los brazos y la mantuvo ahí, sujeta, la barbilla apoyada en su pelo.
El cuerpo de Anne ocupaba justo lo necesario.
Había podido comprobar que, como sospechaba, cabía dentro del suyo.
—Este sitio es precioso —murmuró Anne.
—Tú sí que eres preciosa.
Se rieron las dos a la vez.
—Vale. Era un comentario malísimo —admitió Sara—. Me apuesto lo que quieras a que te lo encuentras en cualquier novela romántica. Pero me la has dejado perfecta.
—No, no, si me ha gustado —insistió Anne, con sorna.
—Venga ya. Además, no tienes pinta de ser de esas . Te lo juro.
Anne se incorporó un poco para mirarla, fingiéndose ofendida.
—¿Que no?
—Romántica sí. Pero no de ese tipo.
—¿Ah, no? —Volvió a recostarse—. ¿Y de qué tipo me ves? Esto me interesa.
—Déjame confirmar primero una teoría y luego te lo cuento.
Llevaba toda la tarde queriendo averiguarla.
La teoría era una tontería —algo sobre el orden secreto en el que Anne hacía las cosas, sobre si lo de las listas le llegaba también a los afectos—, pero formularla la obligaba a mirar a esta mujer de frente, despacio, sin la coartada de un plano que medir o un tabique que levantar.
Y mirarla de frente, ahora, sin nada de por medio, era un lujo que Sara no terminaba de creerse.
Porque por dentro le pasaba otra cosa, debajo de la broma, y la conocía bien: la vieja costumbre de calcular cuánto le iba a costar después.
Esto se acaba mañana o pasado , le decía la parte de ella entrenada para perder.
No te encariñes con el préstamo . Sara la oyó, le hizo el caso justo y volvió al pelo de Anne, a la oreja de Anne, al peso real de Anne contra sus costillas.
Esto no es un préstamo.
Por una vez, cállate.
—Oye —insistió Anne.
—Qué.
—¿Tu teoría?
—Sigo elaborándola. No tengas prisa. Tengo que observarte un poco más.
¿Me dará tiempo?
Luego soltó la pregunta que le preocupaba de verdad. Tanteando, con cuidado de no pisar nada.
—¿Entonces quieres que volvamos hoy?
Lo preguntó por el pueblo, por el coche, por el plazo que Anne se había puesto a sí misma. Por todo lo que «volver hoy» significaba sin necesidad de decirlo.
Esa mañana, por supuesto, se habían despertado muy perezosamente y no habían ido a ningún sitio.
Habían medio dormido durante unas horas, se habían tocado las restantes.
Habían tenido tiempo para mirarse, para tocarse, para hacer el amor otra vez.
Se habían reído e incluso habían comentado aún en la cama detalles del proyecto.
—¿Tú quieres volver hoy? —devolvió Anne.
—No. Pero…
—Vale. Yo tampoco.
—Es que en tu plan…
—Chssst. Ya sé lo que te dije. ¿Puedo cambiar de opinión?
—No, no puedes. Es broma. Pero tengo una pregunta que hacerte.
—Podemos hablar de lo que quieras —respondió Anne, medio amodorrada sobre su pecho.
—Bien. Porque tengo unas cuantas preguntas. Sin ánimo de agobiar.
—Yo también. ¿Una tú y una yo?
—Hecho. La primera. —Sara se tomó un segundo, aunque tenía claro por dónde empezar—. Cuando cancelé tu reserva del apartamento, me enteré de que habías reservado seis días.
—Sí.
Anne no dijo nada más. Sara siguió, con cautela:
—¿Quieres que nos quedemos un poco más? ¿Puedes quedarte un poco más?
Anne levantó la vista y la enfrentó.
—Sí. Si tú puedes. Podemos volver mañana, o pasado.
Sara soltó una larga exhalación interna que se guardó para sí misma. Estaba sudando. Todo estaba resultando maravilloso, incluso mejor de lo que podría haber pensado. Y, a la vez, unas cuantas sombras comenzaban a acechar en la lejanía.
—Me toca. ¿Fumas o no fumas?
—Lo dejé hace cinco años. He vuelto un poco estos días, básicamente porque estaba histérica perdida por culpa de cierta consultora. Pero ya he tirado la cajetilla. Oficialmente lo he dejado otra vez.
—Me alegro. Visto lo visto, sería una pena que te hubieras puesto a fumar por… nada.
—Por nada, exacto. —Sara sonrió contra su pelo—. Me toca. Pero antes confírmame una cosa: no vamos a follar aquí, ¿verdad?
—Jajaja. Creo que no. O sea, en mi cabeza el plan sonaba muy bien, pero este suelo está durísimo.
—Y hace viento.
—Y hace viento. Yo voto por volver a la cama.
—Yo también. Y me haces otra vez lo de antes.
—Mmm. ¿A cuál de todas las cosas que te he hecho antes te refieres?
—A la de esta mañana —dijo Sara, y la palabra «mañana» la devolvió de golpe ahí, unas horas atrás.
A despertarse con luz en la habitación y un calor al lado que esta vez no tuvo que inventarse.
A girarse —despacio, conteniendo el aliento, como el primer día que se despertó con Anne invadiéndole la cama y huyó a ducharse a otro cuarto— y encontrársela de verdad, dormida, real, ocupando su espacio sin pedir permiso.
Solo que esta vez no huyó. Esta vez le besó los párpados con una cadencia tan blanda que Anne apenas se removió, y se llevó la sensación puesta en los labios el resto del día.
Volvió al resto de la mañana. A bajar a hacer café mientras conectaba la lista de reproducción al sistema de sonido de la planta baja para que sonaran las dos canciones que le había dejado a Anne la peor noche de todas.
Anne descalza en la cocina robándole el café, tarareando sin acertar una nota porque no conocía las canciones —¡pero le encantaron!
—, bailando por el salón, diciéndole con la boca llena que las tostadas le habían quedado perfectas, y que las canciones parecían grabadas para cruzar un desierto de noche.
Se detuvo un momento en el sofá frente a la chimenea. Donde volvieron a hacer el amor, gastando todo el tiempo del mundo. Con Anne encajada entre sus piernas, de frente, luego del revés, luego de frente de nuevo.
—A la del sofá —musitó Sara.
—Esa puedo. —Anne giró la cabeza para mirarla un instante—. Da igual. Probamos todo otra vez y nos aseguramos.
—Me parece bien. Aunque no sé si soy capaz de acordarme de todo lo que hemos hecho.
—¿Ves? Para eso hago listas —dijo Anne, muy digna, y Sara se rio tanto que la movió a ella también.
—Me toca: el restaurante. ¿Lo tenías reservado de antes o lo reservaste estando aquí?
Esa pregunta llevaba días esperando. Se la había hecho una vez, en la mesa, y Anne la había esquivado con un «¿qué importa eso?» que a Sara se le quedó clavado como una astilla. Ahora vio cómo Anne tardaba un segundo de más en contestar; cómo se decidía, en directo, a no esquivarla.
—Lo tenía reservado para el día siguiente, en realidad.
—La voz le salió un poco más baja—. Cancelé la reserva el día que llegamos, cuando pensé que no ibas a venir conmigo a ningún puto sitio.
Y volví a reservar ayer, antes de salir al desierto, para comer ese mismo día.
En un esfuerzo bastante desesperado por recuperar lo que fuera que se había roto entre nosotras.
—Hizo una pausa—. ¿Te ha quedado clara la secuencia?
—Clarísima. La secuencia y el motivo. —Sara le apretó un poco los brazos, sin saber muy bien qué hacer con la ternura repentina que le había subido. Esta mujer, midiendo restaurantes como quien mide una salida de incendios—. Te toca a ti, pero si me cedes el turno luego te dejo doble.
Anne se recolocó y se quedó mirando de frente, con la cabeza sobre el pecho de Sara.
—Vaaaale.
Sara se quedó un momento callada, peinándole el pelo con los dedos de la otra mano. La siguiente no era una pregunta de jugar. La había estado rodeando toda la tarde como quien rodea un charco para no mojarse, y de pronto le pareció absurdo seguir rodeándolo.
—Esta puedes responderla cuando quieras. Hoy, o en un mes, o nunca. ¿Vale? —Anne asintió contra ella—. La otra noche. Cuando me fui y te dejé sola en la casa. ¿Qué pensaste que estaba haciendo?
Notó cómo el cuerpo de Anne se tensaba un grado, sin apartarse.
—Pensé que te habías ido con ella. Con la persona esa que me dijiste en el restaurante. Tu… —a Anne se le atascó la palabra en la boca— …tu amante. Sin compromiso. Cada varias semanas. Lo apunté así, palabra por palabra. Se me da muy bien repetir conceptos clave.
Trató de darle un toque gracioso, pero ahí estaba. La conclusión equivocada, dicha en alto. A Sara le dolió y le alivió a partes iguales, y se alegró de haber sido honesta con ella cuando se vieron esa misma mañana.
—Ya te dije que no fui con ella. —Lo dijo claro, sin adornos.
Pero también decidió seguir siendo honesta—.
Pero te confieso que era mi idea inicial.
La cancelé antes de salir siquiera. Le escribí a mitad de arreglarme y le dije que no iba.
—Respiró un segundo—. Fui a casa de mi prima. A casa de Lauren.
Anne se quedó en silencio un momento. Luego repitió, como distraída:
—A casa de tu prima.
—A llorarle un poco, básicamente. Y a que me sujetara la cabeza, que es lo que mejor hace.
—Sara sonrió de medio lado, aunque Anne no la veía—.
¿Sabes lo que me dijo? Me dijo que fuera a por ti.
Que al menos lo intentara y no me quedara con la duda.
Y que qué más daba mezclar lo profesional con lo personal, ¡que le dieran por el culo a las normas!
—Se escuchó reír en alto—. Luego me preguntó cuánto tiempo llevaba esperando a que apareciera en mi vida una persona así.
—¿Qué significa «una persona así»? —tanteó Anne.