Capítulo 20. Sara y Anne #2
No supo cuánto tiempo estuvieron así. Solo supo que se arrastraron las lenguas la una contra la otra, que se lamieron los labios, el cuello, la cara, que apenas podía respirar.
Que el cuerpo de Sara aplastaba el suyo y que, cada vez que Sara intentaba retirarse lo mínimo, aunque solo fuera para coger aire, Anne volvía a atraparla y a empujarla contra sí.
No iba a perder ni un segundo de sentir aquel cuerpo contra el suyo. Ni una gota de su saliva. Ni un milímetro de su boca.
Cuando Sara se apartó de golpe de su boca y le buscó el cuello —ese punto de piel que tanto le había quemado esos días—, Anne gimió hasta casi gritar, y de repente estaban empujándose, cayéndose contra la cama.
¿Quién había arrastrado a quién? No estaba segura de nada.
Tampoco de cómo ni cuándo se habían quitado la ropa.
La mitad ya había volado por la habitación y Anne estaba sentada a horcajadas sobre Sara cuando esta se incorporó, le dio la vuelta con fuerza para tumbarla en el colchón, y a partir de ahí lo único que alcanzó a ver fue la mirada cargada de lascivia de Sara mientras le arrastraba las bragas por las piernas y las lanzaba muy lejos.
—¿Estás lista? —preguntó Sara, tendiéndose sobre ella con el cuerpo entero.
Anne sintió la forma de sus músculos, su calor encima, y el propio corazón a punto de caer por un precipicio.
—Sí —musitó.
Le agarró la espalda con las manos y empezó a acariciarla mientras Sara le besaba la cara, el cuello, las clavículas.
—Dime que pare y paro —susurró en su oído.
—No pares —suplicó Anne.
Las caricias de Anne se volvieron arañazos suaves. Sara, mientras tanto, le atrapó un pezón con la boca y tiró de él.
—Iré con cuidado —susurró al soltarlo.
Una vibración le recorrió a Anne el cuerpo entero, con la forma de una ola lamiendo la orilla. Dios. Si alguna vez había sentido un placer parecido, no lo recordaba.
—No vayas con cuidado —pidió—. Haz lo que quieras, y yo te digo.
—¿Estás de broma? —Sara acercó su boca a la suya y la sintió sonreír—. Con las ganas que te tengo, podría destrozarte.
Anne le devolvió la sonrisa.
—Inténtalo.
A partir de ahí todo se volvió caótico. Sentía el cuerpo, las manos y la boca de Sara por todas partes.
No fue con cuidado, pero sí con atención: cada movimiento calibrado, registrando reacciones; la diferencia entre una mano que tantea y una mano que sabe adónde va.
Sara sabía adónde ir. También adónde llevarla.
Notó cómo le tiraba de los pezones, cómo se le deshizo el cuerpo en una forma líquida en cuanto los dedos de Sara se posaron entre sus piernas.
Sintió, sin terminar de procesarlo, cómo le daba la vuelta y la tocaba desde atrás, y luego cómo volvía a voltearla y le metía dos dedos, o tres, quién sabe.
Solo podía concentrarse en el calor que se le extendía por el pubis, en los golpes húmedos y rítmicos que recibía dentro, en algo parecido a los labios de Sara jadeándole en el cuello, ¿o era ella la que jadeaba? Todo se mezclaba y se confundía.
El mundo se disolvió. De tanto sentir, ya ni era capaz de localizar el cuerpo de Sara sobre el suyo. Solo el calor, el ritmo, la respiración, y ese temblor en el vientre que crecía, crecía y crecía.
En ese momento, algo dentro de ella comenzó a tirar en la otra dirección: insistía en retenerla.
No. No, no, no. Aquí no. Ahora no. No me cierres ahora. No en medio de esto.
No, no podía ser, no quería que fuera. Tenía que dejarse ir, tenía que dejar de pensarlo, tenía que…
—¿Estás bien? —La voz de Sara la devolvió un instante al presente.
—Sí. Cerca —respondió como pudo.
—No lo aguantes.
—Bésame —pidió Anne.
Los labios de Sara rozando los suyos, la punta de la lengua jugando con la suya, la amarraron un poco más.
Vamos, déjate, déjate; no mires ahí, no mires eso otro.
Estaban ahí, de frente, todas las ganas y el deseo y esa especie de afecto que sentía por Sara, empujando; pero no estaba segura, no sabía si llegaría, no conseguía acallar del todo lo otro.
—Estoy aquí —susurró Sara, en su oído.
Dos palabras. Centrándola. Aquí. Ahora.
Y fueron los mismos labios de Sara, cuando le recorrieron ese ángulo del cuello que solo le pertenecía a ella, los que terminaron por anclarla al temblor del vientre.
Sin que le diera tiempo a pensarlo, la vibración empezó a estirarse y se ensanchó tanto que acabó ocupándolo todo; la hizo estallar con la forma de un grito atroz y una cadena insoportable de estremecimientos que vivió como si alguien estuviera moviendo la tierra dentro de ella.
El cerebro de Anne, que llevaba días catalogando y archivando y procesando cada gesto, cada distancia, cada mirada, se apagó por fin.
No había nada que procesar. Solo esto.
Se quedó tendida en el colchón, inerte. Los músculos tardaron un poco en responderle.
Un rato que Sara aprovechó para tenderse a su lado y pasarle los dedos por la tripa, el pecho, los contornos.
Sintió los besos suaves de Sara en el hombro, en el brazo, en su propia mano, que Sara sostenía en el aire entrelazada con la suya.
—¿Estás bien? —volvió a repetir Sara. Su voz le hizo cosquillas en la oreja.
—Sí.
Sí, joder. Sí que estaba bien. Con ella. El pecho se le sacudió como si alguien hubiera abierto la ventana y estuviera entrando un viento fuerte y mucha luz.
Se quedaron quietas unos segundos más. Anne respiraba fuerte, los hombros aún tensos, y Sara la sostuvo sin moverse, esperando a que el cuerpo volviera de donde había estado. Por fin, Anne giró sobre sí misma y se pegó contra ella.
—Déjame ahora a mí.
—Oye, no hace falta si…
Le salió solo. El reflejo de siempre: devolver, ocuparse, esperar. Hizo amago de incorporarse.
—No. —Anne la empujó otra vez contra el colchón, sin brusquedad pero sin permitir discusión.
—Pero…
Anne le tapó la boca con sus propios labios, y Sara lo agradeció: seguía tan al borde que parar habría sido un auténtico desastre.
Aun así, tardó un momento en quedarse quieta de verdad, en dejar las manos a los lados y no buscar nada que hacer con ellas.
Siempre le costaba estar así, simplemente recibiendo.
Notó a Anne empezar a moverse, despacio, como si eligiera cada gesto. La sintió recorrerle la cara con los dedos primero —los pómulos, la mandíbula, el borde de los labios— con una atención tan concentrada que a Sara le dio la sensación de que la estaba memorizando.
Y luego bajó, repasándole el cuerpo entero con los labios. Sintió la boca de Anne demorarse en el esternón, en el borde de una costilla, a la altura del ombligo, en el interior de un muslo. Como si no hubiera ningún sitio concreto al que ir, ninguna prisa por llegar.
Lo que Anne le hizo fue lo contrario de lo que ella le había hecho a Anne: sin urgencia, sin hambre, con una paciencia que a Sara le resultó casi insoportable en el mejor sentido posible.
Como si tuviera todo el tiempo del mundo y hubiera decidido gastarlo entero en ella.
Y eso —no la lengua, no las manos, eso — fue lo que terminó de desarmarla.
Cerró los ojos. Sintió la lengua de Anne posarse entre sus piernas y dispararle en el acto toda la tensión que llevaba horas, días, sin descargar.
Se le encendió la piel por dentro cuando Anne arrastró la lengua por primera vez, lenta, perezosa, justo donde tenía que ser.
A la tercera o cuarta pasada se le arqueó la espalda y las manos se le fueron solas a la cabeza de Anne, no para guiarla, sino para sentirla.
A la octava, la novena, o la décima —había perdido la cuenta, y la noción del tiempo y del espacio—, sus caderas marcaban el ritmo y la intensidad del golpeo.
Un segundo después se fue sin aviso, con una sacudida que le subió desde el vientre y la dobló, soltando un gemido que no habría podido controlar aunque hubiera querido.
Se quedó deshecha, con la respiración y las emociones a flor de piel a esas alturas de la noche o del día. Convirtiendo el deseo que sentía por esa mujer en algo que hacía mucho tiempo que no sentía.
Se quedaron frente a frente, respirando con calma, y se tocaron despacio, con la luz entrando ya de sobra.
Sara estuvo a punto de preguntarle si de verdad quería que la llevara al pueblo ahora, pero lo cambió a tiempo por algo más útil:
—Espera, voy a bajar un poco la persiana.
Se levantó, dejó la habitación envuelta en una luz tenue y volvió a la cama, donde Anne la esperaba dispuesta a entrelazar las piernas con las suyas.
Anne le pegó la boca a la suya y se quedaron así, respirando el mismo aire.
Sara la rodeó con los brazos y la atrajo un poco más.
Anne encajó una pierna entre sus muslos y pareció encontrar la postura que las mantenía lo más pegadas posible, la mayor cantidad de piel en contacto.
—¿Luego me pones las dos canciones? —murmuró Anne contra su cuello, medio dormida.
—Sí, luego te las pongo —respondió, con el pecho repleto de algo que se parecía mucho a una especie de felicidad contenida.
Sara la notó sonreír contra su piel. Luego volvió en sí un par de veces más antes de quedarse definitivamente dormida.