La casa del desierto Capítulo 20. Sara y Anne
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Capítulo 20. Sara y Anne

Sara llevaba un buen rato estirada en la silla del escritorio, demasiado exhausta para encender siquiera la luz. La ventana dejaba entrar el color del principio de la mañana: un azul oscuro que empezaba a aclararse, tiñendo los bordes de las cosas con una precisión extraña.

Había encontrado su cama con las sábanas deshechas y sin nadie dentro.

Y, a pesar de lo cansada que estaba después de tres horas de viaje de ida y vuelta y de no haber pegado ojo en casa de Lauren, no se sentía en disposición de acostarse y dormir como si nada.

El cuerpo le pedía la cama; la cabeza, otra cosa.

La conversación con Lauren y la vuelta de noche por la carretera vacía la habían dejado cargada de una energía rara que ahora le costaba mantener a raya.

«Resuelve lo que sea que tengas con esta chica».

«Entiendo tus dudas, pero… ¿estás segura de que no hay nada entre las dos?

A mí no me lo parece». «Que le den por culo a todo.

¿Cuánto tiempo llevas esperando a que aparezca alguien así?

». Sara había respondido: mucho. Y Lauren le había dicho: pues eso. Y luego se habían reído.

—Lo tuve claro desde que os vi por primera vez en el bar del hotel, y sin tener ni puta idea de quién era. Me dije: «Esta le va a desordenar la vida a mi prima» —siguió Lauren, achispada ya por el vino—. La Sara que yo conozco no se quedaría ni con las dudas ni con las ganas.

Se había tumbado un par de horas en el cuarto de invitados de su prima sin conciliar el sueño, y en algún momento, sin terminar de decidirlo, se había levantado, había cogido las llaves y había conducido de vuelta con el pecho un poco menos aplastado que el día anterior.

No traía un discurso. Solo la certeza, fea y simple, de que no podía seguir fingiendo.

Eran las cinco, las seis de la mañana, no estaba segura. Habían pasado solo cinco minutos allí sentada, en la oscuridad iluminada del cuarto, cuando escuchó ruidos en la habitación de al lado.

Había pensado en abordarla en algún momento del día —el cuarto, supuestamente el último—, mantener una conversación honesta, abierta, y luego dejar que las cosas siguieran su cauce, fuera el que fuera.

Pero cuando oyó el traqueteo inconfundible de una maleta en la habitación de al lado, supo que su decisión y sus intenciones llegaban, probablemente, muy tarde: lo había jodido todo.

El chasquido de una puerta que se abría despacio. Unos pasos en el pasillo. Esperó, con el corazón encogido. Los dos golpes que sonaron en su puerta tardaron en llegar más de lo que pensaba y, aun así, le dieron un pequeño vuelco al corazón.

—Pasa —pronunció en alto, la voz por fin firme.

La puerta se abrió despacio. Anne asomó primero la cabeza, luego el cuerpo.

Iba vestida para salir, con el pelo algo revuelto de haber estado tumbada y los ojos más despiertos de lo que deberían estar a esa hora.

Y su belleza se le vino encima a Sara otra vez, como si fuera la primera vez que la veía.

Entró erizada. Cerró la puerta tras de sí aunque no había nadie en la casa a quien dejar fuera, se apoyó en ella con los brazos cruzados y la mandíbula apretada, respirando fuerte. A Sara no le hizo falta verle bien la cara en la penumbra para saber que venía a concluir algo.

—¿Qué haces a oscuras? —preguntó, desde la puerta.

—Pensar. —Y era verdad. Pensaba en ella y en lo que iba a decirle. Solo que no conseguía hacerlo con demasiada claridad a esas horas.

La vio agitarse en la tibia oscuridad, como si no esperara una respuesta así a esa pregunta.

—¿Qué tal? ¿Lo has pasado bien esta noche? —siguió.

La frase le salió entre los dientes, cortante, con filo. Era injusta —eran dos adultas, cada una con su vida—, pero Sara creía saber de dónde venía, y no le iba a devolver el golpe.

—Te he dejado un par de canciones más en la lista que tenemos —respondió, agotada.

—¿Qué? —musitó Anne.

—Estuve cenando con mi prima y no he dormido apenas. —Sara se incorporó en la silla—. Pensaba descansar un poco. ¿Qué necesitas?

Vio a Anne descruzar los brazos y volver a cruzarlos. Vio cómo se quedaba un momento sin palabras. Luego, algo debió de subirle por la garganta y rompió sus diques, a juzgar por la dureza que imprimió a sus palabras.

—Me dejaste sola toda la noche —se lanzó, sin disimulo—. En una casa que no es mía, sin coche, sin explicación. Supongo que no tengo derecho a pedirte nada, pero me ha parecido bastante descortés por tu parte.

Sara se tomó su tiempo. Dejó salir una exhalación larga. Pensó en qué decir, y habló cuando probablemente Anne ya no esperaba que dijera nada.

—Lo siento —dijo, alto, claro y conciso—. Tienes toda la razón.

Y luego, tras una densa pausa, soltó la frase que empezaba a escocerle y que probablemente empezaría a agrietar la distancia entre las dos:

—¿Cuántas veces nos hemos pedido perdón durante los últimos días?

No la dijo como una pregunta que esperara respuesta. La dijo como quien deja una piedra en el suelo, cansada de cargarla.

—¿Podemos tener una conversación? ¿Real? Por favor —musitó Anne, de vuelta.

Sara se puso en pie y notó cómo el cansancio muscular se disipaba y el aire se recomponía a su alrededor.

La versión de sí misma retraída y silenciosa, con las defensas arriba y la distancia calculada, había caído, por fin.

La que quedaba en pie era la mujer del bar.

La mujer que escribió correos durante semanas.

Ella misma. La de verdad. Su mejor versión.

El aire se tensó aún más entre ellas.

—Sí —concedió.

A aquella distancia y en esa oscuridad le pareció que el cuerpo de Anne temblaba; la voz, en cambio, le salió delineada, cruda.

—Dime qué te pasa conmigo.

Sara creyó entender lo que le había costado decirlo.

Conocía esa clase de valor: el que se reúne a las cinco de la mañana, después de una noche en blanco, para llamar a una puerta que a lo mejor no se abre.

Y supo que, si Anne había llegado hasta ahí, ella tampoco podía seguir escondiéndose detrás del trabajo y la distancia.

El aire entre ellas estaba quieto y denso, como antes de una tormenta que ya no puede no romper. Sara lo notó en la piel, en la base de la garganta, en los sitios del cuerpo donde se acumula lo que no se dice. Caminó hacia Anne, que descruzó los brazos y empujó aún más su espalda contra la puerta.

—Pasa… —Dio un paso, dos, tres—. Que no puedo más contigo —cuatro, cinco pasos. La distancia entre ambas empezó a consumirse como un trozo de papel quemado—. Por eso me fui anoche.

Nada. Ninguna respuesta. Ningún comentario. Solo silencio.

La luz del amanecer entraba ya con algo más de sutileza, y Sara vio los ojos de Anne abiertos de par en par, las comisuras tensas, la boca entreabierta, un brillo finísimo de sudor en la frente.

No quedaba apenas distancia que recortar, y Sara no se creía del todo lo que estaba haciendo.

El cuerpo se le había soltado e iba solo, con unas ganas que ya no sabía cómo contener.

Apoyó una mano en la puerta, junto a la cabeza de Anne, para sostenerse. Anne no parecía capaz de decir una palabra; Sara le notaba la respiración entrecortada, la vibración del cuerpo entero.

—Dime lo que quieres que haga y lo hago —susurró, casi encima de ella.

Respiró en corto. Aquello estaba a punto de romperse. Las dos estaban a punto de romperse, otra vez.

Sara llenó el silencio y la espera levantando la otra mano y recogiendo un mechón que se le venía a Anne sobre la cara.

Se lo colocó detrás de la oreja. Con cuidado.

Como si fuera de porcelana. Con una lentitud deliberada que solo servía para una cosa: darle un poco más de tiempo para responder.

Y al retirar la mano se cuidó mucho de rozarle apenas la mejilla, tan solo con la punta de los dedos.

Una caricia tan leve que casi ni ella la sintió. El único contacto real que quizá llegarían a tener.

—Quiero que me lleves de vuelta al pueblo —musitó Anne, con la voz casi rota.

Sara recibió la frase como un puño en la garganta. Ya está. Es lo que hay. Ató el cuerpo en corto, cerró los ojos, retiró la mano de la puerta y dio un paso atrás. Por un segundo se fue lejos, a un sitio y a un tiempo en que había sido otra persona —o la misma con menos cosas rotas—.

Estaba a punto de echar a volar y poner toda la tierra de aquel desierto de por medio entre ellas dos, definitivamente, cuando notó unas manos posándose en sus caderas y trayéndola de vuelta.

Una cadera contra la suya. Unas manos rodeándole la cintura. Una boca hablándole casi sobre los labios. Y su propia mano lanzándose, sin que nadie se lo mandara, a acunarle la cara a Anne con la palma.

—Pero antes, termina lo que empezaste el otro día. Y luego nos vamos —oyó decir a Anne, casi respirándolo sobre su boca.

Y esas palabras, que le entraron directas a la cabeza como un hechizo, le desataron todos los nudos que llevaba apretados por dentro y la lanzaron al vacío. Dejó de sentir la habitación, la puerta, el suelo bajo los pies. Su mano izquierda se le escapó, con determinación, a la nuca de Anne.

¿Quieres que termine lo que empecé? Por supuesto que voy a terminarlo.

Cuando Anne notó los dedos de Sara cerrándose con fuerza sobre la parte alta de su nuca, la atravesó una descarga de tal intensidad que por poco la derribó.

Cerró los ojos y soltó un gemido largo, después de tantos días de querer y no poder, de aguantar, de dar media vuelta, de llamar a puertas a horas intempestivas.

Un momento después, sus bocas estallaron en un beso explosivo.

Anne se aferró a la lengua fresca y hambrienta de Sara, recreando el beso del baño.

No, peor: mucho peor. Aquel beso fue intenso; este era salvaje.

Ya no había traba que les impidiera comerse con toda el ansia acumulada de días, de semanas, de cartas puestas boca arriba sobre la mesa.