La casa del desierto Capítulo 18. Anne
66%

Capítulo 18. Anne

Anne se quedó clavada en la escalera, un peldaño por encima de Sara, con la mano retenida en el aire y la muñeca atrapada entre los dedos de esa mujer.

¿Cómo había llegado hasta ahí? Rebobinó.

Después de una situación muy rara y descontrolada en el desván —habían estado muy cerca—, Sara se había ido a fumar y Anne había aprovechado para tomar aire en su habitación y calmar los nervios.

Sabía que estaba tensando la cuerda y que la cosa no daba para más.

Tenía esa cosa en la boca del estómago que aparecía cuando el cuerpo notaba que iba a pasar algo.

Probablemente no habría más días: se había comprometido a acabar en cuatro.

Tenía que ser esa tarde, o esa noche. Si no, habría perdido su oportunidad.

¿Dijiste que estabas bloqueada después de lo de Milena?

Pues ya no.

Había salido de la habitación y había bajado con la intención precisa, exacta, de encontrársela. ¿Y luego qué?

No sé. Improvisa un poco, Anne.

El vino podía ser una solución. Un rato juntas, antes de cenar. Charlar un poco, desviar la conversación a terrenos personales.

El móvil le vibraba en el bolsillo. Marcos, que le pedía actualizaciones constantes.

Ya le había puesto al día de la mañana en el desierto, de la confesión de que Sara tenía una amante para encuentros esporádicos y de la frase que ella misma había dejado caer en el restaurante.

Y de que lo único que había conseguido con todo eso era poner en evidencia el extraño silencio que persistía entre las dos.

Guardó el móvil y vio a Sara viniendo hacia las escaleras mirando al suelo; casi chocaron. Anne la miró, levemente desafiante.

—Perdona —musitó Sara. Tenía los ojos fruncidos de una manera un tanto inquietante.

—Vamos a tomarnos el vino que queda —respondió Anne, con pulso firme.

Por fin, estaba muy segura de lo que estaba haciendo.

—No puedo.

Sara apenas se lo había pensado. Lo había dicho casi con prisa. Y en su tono no había réplica posible.

Anne recibió su negativa como una pequeña bofetada. Todavía estaba decidiendo cómo interpretarla y qué decir a continuación para que su propuesta sonara contundente, cuando vio la pestaña. Una buena excusa. ¿Para qué?

Para tocarla.

Como el día anterior. Una caricia suave. Que volviera a temblar debajo de sus dedos.

—Espera —musitó, concentrada en su rostro.

Y por eso estaba ahora ahí. Clavada. Porque cuando la mano de Sara, precipitada y tensa, había frenado la suya en el aire, como si estuviera invadiendo de forma imperdonable su espacio personal, la bofetada que le había propinado antes con su negativa ahora se había multiplicado por dos.

—Tienes una pestaña —susurró—. Solo quería… quitártela.

Los ojos de Sara estaban llenos de muchas cosas. De inquietud, de angustia. Pero, sobre todo, de pánico. La miraba acongojada, llena de susto.

Y la dejó plantada en la puta escalera.

Anne tardó unos segundos en reaccionar, pero no se dio por vencida. La vida le había enseñado que, cuando una deseaba algo con mucha fuerza, merecía la pena ser un poco persistente.

Aprovechó que Sara se había encerrado en su habitación —¿qué significaba realmente ese «no puedo»?

— para coger su portátil y bajar al salón.

La esperaría ahí hasta que bajase. No demasiado invasiva.

Dejó las dos copas y la botella a un lado, lista para ser servida en cualquier momento.

Pensó en preparar algo de picar, o dejarlo al menos preparado, pero lo descartó y se concentró en revisar cosas del proyecto para intentar que no se la comieran los nervios.

¿Qué iba a decirle? Revisó una a una las líneas del plan de negocio que ya tenía desarrollado en detalle.

Quizá lo mejor sería no hablar; solo sentarse a su lado, muy cerca, y dejar que sus piernas se rozaran.

Detectó un par de datos que no le cuadraban y rectificó las fórmulas.

La otra opción era ir de frente, decirle de forma expresa lo que sentía. «¿Podemos hablar?».

Termina lo que empezaste el otro día.

Pero Anne tenía serias dudas de ser capaz de expresarle sus pensamientos, tal cual. A nivel profesional solía ser muy directa, pero sentarse enfrente de una persona que llevaba días bastante distante y esquiva con ella y ser honesta , vaya… Eso era otra cosa.

Diez minutos después, mientras completaba parte de la presentación ejecutiva que estaba preparando, dejó de ver las líneas y solo era capaz de imaginarse todas las formas posibles en las que Sara la besaba en ese sofá.

Tenía el estómago casi irritado por la expectación, dios mío, era imposible vivir en un estado de excitación como este.

Por fin escuchó una puerta abrirse y su mente se colocó de golpe.

Ya. Había llegado el momento.

Se tensó, expectante. Se aclaró la garganta mientras miraba la pantalla del ordenador sin ver nada.

No te preocupes. Todo va a ir bien. Solo invítala a sentarse a tu lado y deja que fluya. Si se tercia, te lanzas. Si te aparta, te retiras.

Cuando oyó sus pasos, rápidos, por la escalera, una corriente le subió por la columna y se le erizó la nuca sin que pudiera controlarlo. Se tocó una última vez, rápido, la piel del cuello, que latía a su propio ritmo, como si llevara una vida paralela.

Y acto seguido la vio aparecer vestida así —increíble, exquisita, preciosa— y se quedó helada en el sitio.

Todo sucedió tan rápido que no fue capaz de procesarlo en tiempo real:

—Voy a salir —anunció Sara, con un tono informativo que no admitía réplica—. Volveré ya de madrugada, o mañana temprano si se me hace tarde. Si pasa algo, llámame en cualquier momento, estaré pendiente.

Anne parpadeó. No estaba segura de haber oído bien. Su cabeza y su cuerpo parecían desconectados, y sus reflexiones comenzaron a discurrir lentas, como hundidas en un agua bien profunda.

—Vale —consiguió articular.

¿Qué cojones iba a decir si no?

—Si hace mucho frío hoy, usa mi cama si quieres.

Y se largó.

Se puto largó.

Anne escuchó el ruido de la puerta al cerrarse como si le hubieran dado el portazo en plena cara y la enderezó de golpe. Su cabeza pareció emerger de las profundidades y comenzó a trabajar a toda velocidad.

Lo primero que hizo fue servirse un vino, tragárselo de una y sacar el móvil.

«La muy hija de puta se acaba de pirar.»

«¿¿Quéeee??»

«Que va a salir, dice. Vestida estupenda. Me deja aquí plantada. En una casa que no es mía, sin coche, en medio de la puta nada.»

«Uf. Mal, joder. Anne, definitivo: tienes que pasar de esta tía.»

Anne no lo entendía. No parecía ser ese tipo de persona. Intentó buscar opciones, cuadrar posibilidades que explicasen esto, pero solo una le convenció lo suficiente cuando descartó todas las demás. Una que se quedó, poderosamente tallada, en el centro de su cabeza:

Su amante.

Tenía la lengua pegada al paladar como papel mojado.

Solo dios sabía lo mucho que le había costado llegar hasta aquí.

A este sofá, con esta decisión y dos copas de vino.

Había atravesado una relación de tres años que la había dejado hundida.

Había subsistido agarrándose a todo lo que había podido y había conseguido volver a levantarse.

Había dado por perdido un proyecto profesional que podría haberle cambiado la vida y había cosido todos sus pedazos para restaurar una versión de sí misma que fuera capaz de enfrentarse a esta situación con decencia. Había tenido que tomar decisiones.

Y lo único que había recibido a cambio era un amago de sensación que se parecía mucho a lo que había tenido en sus peores momentos con Milena.

Un tipo de angustia que empezaba justo aquí, en la boca del estómago, y en cuestión de segundos era capaz de montarse en sus venas, irrigar todo su cuerpo y hundirla hasta el fondo.

No. No, no, no. Aquí no. No en medio de la nada. No en el desierto.

Trató de trabajar un rato. Cantidad de huéspedes potenciales multiplicada por una media de una coma dos toallas por persona hacía un total de un número infinito de toallas, a lo que había que sumar el traslado a la lavandería, el gasto de personal, el agua, la electricidad.

Añadió a la lista: revisar potencia contratada.

Añadió a la lista: preguntar por las lavadoras industriales.

Añadió a la lista: posibilidad de tour privado por el desierto.

Añadió a la lista: ¿bodas? ¿eventos corporativos?

Añadió a la lista: eres ridícula.

Luego lo tachó todo.

Comenzó a hiperventilar. Estaba ardiendo, no ya por deseo, sino de indignación. ¿Qué estaría haciendo? ¿Por qué cojones la había dejado ahí tirada?

¿Dónde está la maravillosa mujer de los emails? ¿Dónde está la que me besó suavemente en el cuello, apoyada en la pared de un baño? ¿Dónde está la que me hace el desayuno todas las mañanas y me regala una sonrisa algo triste pero preciosa cada vez que puede?

Añadió a la lista: explicarle por qué me parece una gilipollas.

Añadió a la lista: zanjar la relación a la menor ocasión.

Añadió a la lista: largarme de aquí. Ya.

A las doce de la noche cerró la tapa del ordenador con una fuerza que estuvo a punto de romper el cristal de la pantalla y subió a tumbarse en su cama. No podía dormir. Y otra vez hacía un frío de mierda.

No. No, no, no. Aquí no, por favor.

A las una y media se acostó en la cama de Sara. ¿No le había dicho que podía usarla? Que se joda. ¡Voy a rebozarme en sus putas sábanas ! El problema era que la almohada olía a ella, al ambientador, al desierto. Y, literalmente, la asfixiaba.

La angustia comenzó a cerrarle lentamente todas las salidas. Todas las vías de escape.

Todo iba mal. Todo estaba mal.

A las dos y cuarto no pudo más y bajó al salón, con las pulsaciones disparadas de miedo y de algo que podría parecerse al odio. Encendió una luz que, dado el contexto, se le hizo minúscula. Se bajó una manta y se envolvió en ella, junto a las brasas de la estufa.

La casa estaba quieta, fría, un poco húmeda. El desierto ya no era un amigo que la calmaba: era un agujero negro en el que era mejor no caer. Un lugar que sacaba a pasear absolutamente todos sus fantasmas delante de ella.