La casa del desierto Capítulo 18. Anne #2
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Capítulo 18. Anne #2

No eres nadie, Anne. No importas. No dices nada interesante. No haces nada que merezca realmente la pena.

Oh, ya. Milena se había encargado de recordárselo muchas veces. A las tres menos cuarto apretó los dientes y se incorporó.

No pensó demasiado en lo que hacía.

Se puso a escribir, con tanta rabia que el golpeo de las teclas levantaba polvo y eco:

Hola,

Quería informarte de que ya he terminado todo el trabajo de campo. Te entregaré el informe final y los entregables pactados en un par de semanas, aproximadamente.

Por ello, te pido que mañana temprano me lleves de vuelta al pueblo, para que pueda recoger el coche y regresar. Como te prometí, he intentado darme la máxima prisa posible.

Aparte de eso, darte las gracias por la oportunidad.

También pedirte disculpas. Honestamente, creo que estos días no han sido lo que ninguna de las dos esperaba.

Al menos, para mí. Tenía muchas ganas de conocerte: hacía tiempo que no sentía una conexión así con un proyecto y, más específicamente, con una persona. Contigo.

Pero ok.

Entiendo que la química que yo pensaba que había no ha existido. Y lo del baño, bueno, mejor lo dejamos ahí. Ya te pedí perdón por esa frase que dije. No lo haré otra vez. Sé que probablemente eso es parte de lo que ha jodido todo. Pero creo que no es lo único.

Solo quería decirte que lo del baño no tuvo nada que ver contigo. La ruptura con mi ex fue muy dura y me ha dejado bloqueada en algunos aspectos. Sigo tratando de curarme.

Me hubiera gustado terminar lo que empezamos. No pude en ese momento. Y luego ya no ha habido más oportunidad.

En fin, lo siento si sueno desilusionada. Es que lo estoy. Pero el proyecto es precioso. Te deseo mucha suerte.

Saludos, Anne

PD: Prefiero que no hablemos de este email, ¿ok? Simplemente llévame de vuelta al pueblo y ya está.

Y otro PD: Me ha molestado muchísimo, muchísimo, que te fueras esta noche. Pero ya está. Eres libre de hacer lo que te dé la gana, por supuesto. Solo quería decirlo porque si no…

Si no, si no… ¿qué?

Dejó la frase sin terminar.

Entre las tres y diez y las tres y media lo releyó veinte veces.

A las tres y cuarenta volvió al baño de su habitación y estuvo diez minutos sentada en la taza del váter, con la cara escondida entre las manos y el agua corriendo.

A las tres y cincuenta y cinco volvió a bajar, recuperó el email y movió el cursor hacia el botón de enviar.

Y luego se quedó ahí. Tan atascado como ella.

El dedo sobre el trackpad. El botón azul en la pantalla. La casa completamente en silencio alrededor.

Prefiero que no hablemos de este email.

Eso era exactamente lo que habría hecho Milena.

Escribir algo enorme en la oscuridad y luego enviarlo y después pedir que no se hablara de ello para tener la última palabra.

Poner las palabras hirientes sobre la mesa y retirar la mano antes de que la otra pudiera cogerla.

Era exactamente eso, y Anne lo reconoció con una claridad que le resultó desagradable y necesaria a la vez.

Joder .

Sintió que estaba a punto de reventar.

Cerró el portátil sin enviar nada, y se quedó un momento con las manos encima de la tapa, en la oscuridad.

¿Y entonces qué?

Entonces nada. Entonces irse mañana, como había dicho.

Sin el email, sin la conversación, sin la escena.

No iba a decirle nada, por supuesto que no.

Sería cordial, amable y un poco silenciosa, como todos esos días.

Sara no sospecharía nada, Anne se tragaría toda la bilis y todo acabaría ahí.

Con la maleta y la factura y la distancia suficiente para respirar.

Cobraría y se olvidaría. Eso era lo razonable, lo sano.

Eso era exactamente lo que debía hacer después de que esta semana le demostrara que seguía siendo perfectamente capaz de querer cosas que le complicaban la vida de formas que no había previsto.

Se levantó. Dobló la manta. Apagó la luz del salón. Subió las escaleras muy despacio, en la oscuridad, con la linterna del móvil y una mano en la pared.

Se metió en su cuarto. Entre esa hora y alguna otra, preparó la maleta. Dobló la ropa con cuidado, dejó el neceser listo para salir corriendo, dejó preparado el cambio de ropa para mañana — hoy — en la silla.

Cuando acabó, se tumbó en la cama con la ropa puesta. Miró el techo. Sin pensar, por fin, en nada.

Cuando la luz empezó a cambiar al otro lado de la ventana, Anne seguía despierta y completamente agotada.

Oyó el coche. El sonido del motor apagándose. La puerta, amortiguada por la distancia. Pasos abajo, lentos, en silencio. El chirrido suave de la escalera.

Sara había vuelto.

Anne escuchó sus pasos en el rellano. Se detuvieron un momento —justo ahí, justo a la altura de su puerta— y luego siguieron hacia su habitación. El clic suave de una puerta al cerrarse. Ruidos agotados en la habitación de al lado.

Se quedó quieta en la oscuridad, escuchando el silencio nuevo que dejaban esos pasos.

Está ahí.

A tres metros. Al otro lado de una pared.

En la misma casa donde habían pasado tres días enteros girando la una alrededor de la otra sin llegar a tocarse, sin llegar a decirse nada de lo que había que decirse, con toda esa energía acumulada entre las dos como estática antes de una tormenta que no termina de romper.

Tomó todo el aire que pudo y se incorporó, con un cansancio tan grande que notaba la fuerza de la gravedad cobrándole el precio en cada uno de sus músculos.

Ya. Había llegado el momento.

Fue hacia la puerta de Sara con ese ridículo e incómodo olor a ambientador que lo llenaba todo.

No tenía ni idea de qué iba a hacer cuando se abriera.

Si iba a soltarle todo lo que había escrito y no había enviado.

Si iba a exigirle que la llevara al pueblo ya mismo.

O si iba a hacer justo lo contrario de todo eso.

Como fuera, estaba furiosa. Furiosa de verdad.

Tan furiosa que le costaba distinguir dónde terminaba la rabia y empezaba la otra cosa, esa que llevaba días sin nombre.

Se plantó delante, levantó la mano y llamó.