La casa del desierto Capítulo 17. Sara #2
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Capítulo 17. Sara #2

«¿Estás en casa hoy?»

«Sí. No tengo planes. ¿Quieres venir?»

«Creo que sí. Tardaría un buen rato. Una hora o más.»

«Está bien. Aquí te espero. Tengo de todo, no traigas nada.»

Respiró hondo, intentando relajarse. Estaba en un estado de nervios desconocido.

Entró en la casa, rápido, en dirección a las escaleras.

Te vistes y te vas. Te vistes y te vas.

Iba tan ensimismada en su plan que no vio a Anne bajando hasta que se dio de bruces con ella al principio de la escalera.

—Perdona —musitó. Casi la arrolló.

Anne se había quedado en el primer escalón, cerrándole el paso. Sonreía. Había algo diferente en ella. Una energía distinta.

Y peligrosa.

—Vamos a tomarnos el vino que queda —propuso, con los ojos entrecerrados y brillantes.

No era una pregunta. Era una afirmación.

—No puedo —jadeó Sara.

La frase le salió más contundente y cortante de lo que pensaba. Como un pequeño grito que se le escapó del alma. Otra vez el corazón, arreando bien fuerte.

Anne pareció impasible ante la negativa. La miró al rostro, frunció el ceño, levantó una mano.

—Espera —pidió.

Anne comenzó a extender la mano hacia su cara y Sara dejó que su cuerpo se adelantara y actuara por reflejo: la cogió secamente de la muñeca y la frenó en el aire.

Algo se desplomó dentro de ella, de golpe, como un mueble al que le ceden las patas.

No. No me puede tocar. Si me toca, no podré soportarlo.

Esa mujer estaba a punto de empezar a tirar todos sus muebles por la ventana. Su autocontrol, completamente deshecho. Si la tocaba ahora mismo, no se sostendría sin romperlo todo. Y otro rechazo la hundiría del todo.

Se quedaron así unos segundos. Anne mirándola fijamente, muy seria. Sara devolviéndole una mirada angustiada, la respiración casi desbocada, las pupilas dilatadas, los ojos yéndose sin querer a sus labios. La mano de Anne retenida en el aire.

Tenía la piel suave ahí. Una muñeca pequeña: podía rodearla entera con la mano. Y debajo de la piel, un pulso. Rapidísimo. El de Anne, o el suyo propio latiéndole en los dedos. Imposible saberlo.

—Tienes una pestaña —susurró Anne—. Solo quería… quitártela.

Sara la soltó suavemente. Le daba igual la pestaña. No iba a soplar. No iba a pedir ningún deseo.

Ni siquiera le pidió disculpas. Se coló por un lado, pasó de largo y subió las escaleras lo más rápido que pudo.

Se cambió deprisa. Eligió la mejor ropa que tenía ahí: un pantalón corto con buena caída, una blusa fluida de buen corte. Se dejó el pelo suelto, se dio un poco de color con un maquillaje suave.

Observó sus dedos, cada vez más huesudos, más venosos, sosteniendo el lápiz de ojos.

Estás teniendo una crisis. De identidad, de deseo, de vida. Estás resignada, estás en negación. Y esa chica no te está ayudando a superarlo en absoluto.

Anne había roto el precario equilibrio que tanto le había costado construir, y la había atravesado por demasiados sitios: deseo, proyecto, duelo, futuro. Pero no pasaba nada. Rellenaría todos los huecos que sentía por dentro a mano, con arena del desierto, si hacía falta.

Para cuando terminó de arreglarse, ya se había arrepentido. Lo de Diane no iba a funcionar. No se sentía capaz: tenía cuerpo pero no cabeza para ello. Volvió a coger el móvil y le escribió de nuevo:

«Lo siento, me ha surgido algo que me está entreteniendo y creo que no voy a poder ir esta noche. Lo siento.»

«Vaya, ya me había hecho ilusiones con verte ;) No hay problema, lo dejamos para otro día. ¿Todo bien?»

«Sí. Perdóname, de verdad. Ando con el proyecto de la casa y, en fin, muchas cosas. Te llamo estos días.»

Luego escribió a Lauren.

«¿Puedo ir a verte?»

«Claro. ¿Todo bien por el desierto?»

«No. Salgo.»

«Te espero a cenar.»

Luego, cogió la cajetilla con los cigarrillos que le faltaban por fumar, la estrujó y la tiró a la papelera.

Se acabó. Estaba harta de todo.

Bajó las escaleras un poco más calmada y escaneó el espacio, a ver si encontraba a Anne — si no está, le escribo un WhatsApp —.

La encontró enseguida, sentada en el sofá delante de la chimenea.

Con el ordenador en las rodillas. Y dos malditas copas vacías junto a la botella de vino esperando en la mesita de centro.

—Voy a salir —le anunció, sin darle tiempo a reaccionar—. Volveré ya de madrugada, o mañana temprano si se me hace tarde. Si pasa algo, llámame en cualquier momento, estaré pendiente.

Anne la miró fijamente. Sara esperó su respuesta, de pie, nerviosa. Tardó mucho tiempo en responder, y cuando por fin lo hizo, enterró la vista en el ordenador y solo musitó un «Vale».

—Si hace mucho frío hoy, usa mi cama si quieres.

Y se marchó sin mirar atrás, dejándola allí plantada. Después de esto, por supuesto, Anne no querría ser su socia, eso ya lo asumía; a pesar de que, durante muchas semanas, incluso estos últimos días, le había parecido la persona ideal.

Pero quizá no eran las mejores personas para tener una alianza. Tampoco para ser amigas.

Mañana le pediría gentilmente que se fuera, le acercaría a por el coche y se despediría con un gesto rápido. Recibiría el informe completo, le pagaría la factura restante y diría adiós a toda esta absurda historia.

Sara escapó de la casa huyendo de lo que de verdad quería y no podía tener: una mujer con un ordenador y dos copas vacías delante. Enfiló la pista de tierra con prisa y la sensación de estar dinamitando el último puente que quedaba entre las dos.