Capítulo 17. Sara
El ambiente en la casa era serio, pesado. Se había instalado esa luminosidad tenue de la media tarde, la de justo antes de que cayera el sol, y había llenado la atmósfera de polvo en suspensión.
Ellas también parecían suspendidas: recorrían la casa comentando dudas e ideas mientras algo reptaba por debajo de las dos y no dejaba de moverse.
Sara estaba demasiado inquieta. Seguía a Anne y respondía a sus preguntas de forma casi automática. Su cabeza seguía en el restaurante.
«Lo que ha pasado entre nosotras.»
La frase la taladraba.
Estaba a punto de perder el control de todo esto. Y lo sabía.
«Solo espero ayudarte a cumplir tu sueño.»
No podía dejar de preguntarse si lo había dicho porque era lo que Sara quería oír, o si había sido sincera.
Cuando se inclinaba por lo primero, no podía evitar sentir que Anne trataba de engatusarla de algún modo; cuando se inclinaba por lo segundo —y creía que su voz delataba sinceridad cuando lo dijo— se le rompía el corazón de una forma nueva.
Como fuera, la sentencia la había dejado tan desconcertada que no había sido capaz de reaccionar a tiempo.
Anne se giró y la miró desde la esquina de la habitación donde estaban tomando medidas:
—Vale, entonces, aquí levantarías un tabique y… más o menos hasta esta zona. —Se movía usando el espacio como si fuera suyo, con ese aire esbelto y desgarbado que tenía—. Según tu sentido espacial: ¿aquí cabe todo lo que necesitamos?
—Sí —musitó Sara, distante—. Pero todo en tamaño compacto.
Algo iba mal. Muy mal. Se sentía física y emocionalmente agotada. Esa mujer estaba cada vez más expansiva. Lo ocupaba todo. El espacio. La mente. Sara había creído que podría manejarla, pero no. Ya no podía.
Además, Anne había empezado a perder el respeto por el espacio personal. Cada vez se acercaba más, se le pegaba más. Las habitaciones eran grandes, pero aun así. Hoy, la casa parecía muy estrecha.
—Pues yo creo que lo tenemos. Voto sí al baño. ¿Necesitas que haga yo el presupuesto de esto?
—Lo hago yo —dijo, débilmente.
«Lo que ha pasado entre nosotras.»
La frase la había dejado sumida en una nostalgia extraña. Demasiadas cosas habían pasado, sí. Y no había sabido manejar ninguna. Lo peor era que empezaba a sentir su ausencia casi tanto como su presencia: en uno o dos días, adiós. Y eso también le había empezado a doler.
Pero era necesario.
Tenía que pasar página de esto y avanzar con el proyecto. La confianza que tenía en él —gracias, en parte, al apoyo de Anne— era inversamente proporcional a la confianza que sentía en sí misma en todo lo demás. Así que mejor aferrarse a ello y dejar de lado, por el momento, todo lo demás.
—¿Me enseñas el desván? —propuso Anne.
—Claro.
Sara la guió hasta la última planta. Lo tenía cerrado con llave, y notó a Anne parada detrás, muy cerca, esperando a que abriera. Echada casi encima. Se volvió un poco torpe con la llave. Pensó en hacer un comentario en alto, echarle la culpa al vino. No lo hizo.
Cuando la llave dejó de resistirse, abrió y le cedió el paso a Anne.
El desván era enorme: ocupaba la planta completa de la casa.
Tenía el techo relativamente alto, sobre todo en el nervio central, donde subía más de dos metros.
Vigas vistas. Paredes blancas. Todavía muchas cajas.
Objetos sueltos. Muebles, pocos, tapados con sábanas.
La luz entraba cada vez más espectral, huidiza.
Como ella misma.
—¡Qué espacio! —exclamó Anne, caminando rápido, perdiéndose en él—. Es magnífico.
Se dio un paseo por los pasillos artificiales que la acumulación de objetos y mobiliario había creado.
—¿Tardarás mucho en vaciarlo del todo? —inquirió, desde algún punto impreciso de la sala, la voz amortiguada por los objetos.
Sara, apoyada con un hombro sobre el quicio de la puerta, los brazos cruzados, la vio reaparecer brevemente.
—No mucho. La mayoría ya está fuera. Esto solo son… los restos.
Anne se rio.
—Pues parece un montón aún.
Siguió paseando, mirándolo todo.
—Acércate a aquella ventana —le sugirió Sara.
—¿Esa?
—Sí.
Anne llegó hasta allí.
—¿Quéeeee? —gritó.
Sara sonrió. A pesar de todo, seguía disfrutando de verla tan apasionada.
—¿Te gusta?
—Uf, las mejores vistas. Se ve medio desierto desde aquí.
Sabía que le gustaría. Y eso, entre otras muchas cosas, era lo que le llenaba el pecho de esa especie de amargura.
Anne siguió mirando por la ventana.
—Tengo una curiosidad.
—Cuál.
Sus preguntas ya habían dejado de asustarla.
—¿Por qué te gusta más el interiorismo que la arquitectura en sí?
Resultó que era la primera vez que alguien le formulaba esa pregunta. Sara no necesitó reflexionar: lo tenía claro desde siempre.
—Me gustan mucho los edificios desde un punto de vista estético y funcional, pero el interior es donde la gente habita de verdad.
Ahí es donde puedes crear la funcionalidad necesaria, cubrir necesidades, adaptarlo al gusto de cada uno.
Puedes tener un edificio horroroso por fuera con un interior increíble; al revés, no me vale.
Siempre he preferido trabajar para la gente que ocupa los espacios, no para el espacio en sí.
Anne se giró para mirarla y le sonrió. La luz de la ventana entraba oblicua y le llenaba el cuerpo y la cara hasta hacerle perder los contornos, bañados en luz. Los ojos claros refulgían por encima de todo.
Estaba, simplemente, impactante.
Sara intentó tragar saliva. Ya no le quedaba.
—Bonita reflexión. Me siento muy identificada. No es exactamente lo mismo, pero… una de las cosas que más me motivan de mi trabajo es que también está centrado en las personas. Las acompañas en viajes que son experiencias, momentos especiales. Darles un espacio cómodo y seguro…
Me gusta. Me gusta muchísimo esta chica.
Y ni el freno de mano ni el freno motor parecían estar funcionando.
—Voy a bajar a fumar —resopló. Necesitaba espacio—. Tómate el tiempo que quieras aquí arriba.
—No hace falta, bajo ya. Todavía no me has dicho qué tienes pensado hacer con este espacio —comentó, apartando la vista de la ventana y mirándola a ella.
—Me gustaría que este fuera mi espacio.
—¿Sí? —Anne sonó sorprendida—. Te puedes hacer un buen piso aquí dentro.
—Justo.
—Y si decides sacar habitaciones, no llegarías a duplicar el espacio por la caída del tejado, pero podrías tener unas buenas suites.
—Lo sé. Pero de momento lo quiero para mí.
—¿No decías que tu intención era volver a vivir en la ciudad? —preguntó Anne, encarándola mientras se encaminaba hacia la puerta.
Sara se quedó momentáneamente sin palabras. No tenía una respuesta clara a esa pregunta sin poner encima de la mesa sus propias contradicciones.
—Sí, pero… O sea, supongo que tendría que pasar temporadas aquí. O, como mínimo, estar presente de vez en cuando —farfulló, sin tener muy claro lo que decía.
Anne solo esbozó una leve sonrisa y se encaminó hacia la puerta. Sara comenzaba a interpretar cada aproximación suya como una amenaza.
Se hizo a un lado para dejarla pasar cuando llegó a su altura. Pero el hueco no parecía ser suficientemente amplio.
Anne pasó muy cerca, rozándola, y en el instante en que sus cuerpos quedaron en paralelo —los hombros casi en contacto, el aire de ella en el cuello de Sara— Anne se detuvo.
Un segundo que no era un segundo sino todo lo que llevaban días sin decirse.
Las dos quietas en el vano, tan cerca que Sara podía oír su respiración, podía sentir el calor que irradiaba a través de la tela.
Los ojos de Anne a centímetros de los suyos, bajando un momento a su boca y volviendo.
No no no. De ninguna manera.
Fue Anne quien se movió primero, levísimamente. ¿Estaba inclinándose hacia ella?
Y fue Sara quien sintió esa energía inconfundible en el centro del pecho, la que precede al contacto de los labios, y cerró los ojos.
Si no sucede, no me recupero.
Y fue también ella la que los abrió. Puso la palma en el marco de la puerta. Y luego se deslizó por el lateral, salió al rellano, y empezó a bajar las escaleras sin mirar atrás.
—Cierra y deja la llave puesta. Luego subiré otra vez.
Ya bajé la guardia una vez. No pienso hacerlo de nuevo.
Necesitaba ese cigarro ya.
Fuera, el frío seco del desierto le entró en los pulmones y la despejó rápidamente. Se lo agradeció. Se lo agradeció como se agradece una bofetada cuando el mareo no cede.
Sacó el cigarro con dedos temblorosos y lo encendió. Necesitaría unas cien caladas para calmarse.
Se sentía tan encerrada, tan incapaz de sostener el espacio con ella, que una idea empezó a tomar forma.
Podía salir. Esta noche. No podía estar con Anne así, de esta manera.
Y menos esta noche, después de esa frase que las había dejado colgadas en el aire en el restaurante, y del tirón que había sentido a las puertas del desván.
No estaba preparada para eso. Para enfrentarla de forma directa. Anne la hundía, sin querer, en un sitio pantanoso donde se acumulaban el rechazo, las expectativas incumplidas y cierta desesperanza.
Lo dejé todo para venirme aquí. Gané algo, perdí mucho por el camino.
No quería seguir perdiendo más. Necesitaba ganarse a sí misma de una vez, dar los pasos correctos para recuperar la vida que quería. Un futuro bonito. Proyectos de arquitectura e interiorismo. Alguien que la deseara al mismo nivel al que ella era capaz de desear.
Podría llamar a Diane, sí. Una persona conocida, segura, sin expectativas.
Diane se prestaba a todos sus juegos, como ella a los de Diane.
Podría empujarla contra la pared. No la besaría directamente: se dedicaría a acariciarle la cara con los labios.
Luego le levantaría la pierna, se la colocaría suavemente alrededor de la cintura mientras comenzaba a tocarla.
Y, a partir de ahí, no respondería de sus actos.
No sería lo mismo. Pero sería algo. Suficiente para quitarse este incendio de encima. Aunque podría no funcionar. Podría quedarse incluso peor.
Para cuando iba por la calada número… —no sabía, había dejado de contarlas—, ya lo había decidido. Le escribió a Diane un mensaje rápido.