La casa del desierto Capítulo 15. Anne #2
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Capítulo 15. Anne #2

—Ah, no. Esa era la de por qué no ejercías, y ya me la contaste.

Veamos: sé por qué estás montando el hotel, que tu trabajo actual es en una gasolinera y tu trabajo de siempre es hacer proyectos de interiorismo de nivel alto.

Puedo ubicar en un mapa tu casa del pueblo y tu casa del desierto.

Sé que no fumas, pero fumas; que cenas poco…

Sara la miraba con el rostro expectante y alerta, probablemente esperando a ver por dónde salía.

Anne se preguntó si podía tensar la cuerda un poquito más.

Y hasta dónde. El día anterior le habría dado más miedo; pero hoy ya no: le quedaba un día, como mucho dos, para largarse de aquí.

En algún momento había que dar un pequeño empujón a esto.

Quería volver a ver un destello de la Sara del bar. Necesitaba saber si las conversaciones profesionales con un leve desliz personal que había mantenido con Sara durante las semanas previas habían sido reales. Su cuerpo se lo estaba pidiendo.

Si vas a perder, que sea jugando tus cartas.

Haberse desprendido definitivamente de la idea del proyecto futuro le había dejado la amarga sensación de haber perdido un tren, y las manos más libres con respecto a cómo actuar con Sara.

Dejó un silencio en el aire, para darle más tensión al asunto. Sara esperó callada, masticando.

—Venga —prosiguió Anne—. Cuéntame algo de ti que no sepa.

A ella pareció costarle trabajo tragar. Le dio un sorbo al agua.

—¿Como por ejemplo?

—Por ejemplo, qué tal estás realmente aquí.

Vio perfectamente cómo Sara trataba de replegarse.

—Estoy… ¿bien? —Le lanzó una sonrisa un poco tímida.

—Me dijiste que querías volver a la ciudad. ¿Por qué? Justo cuando pones en marcha un proyecto así, que va a requerir toda tu atención.

—Bueno. —Sara dejó los cubiertos, cogió la servilleta y la estrujó entre las manos—. Uhm… no es algo que vaya a hacer a corto plazo, y probablemente sea por temporadas. Pero sí, tengo ganas de volver. A nivel profesional me puede ayudar. Para mover el hotel, creo que también.

—Ajá. —Anne la invitó a seguir.

—La vida aquí puede llegar a ser… bastante limitada. Ya me entiendes.

—Uhm, no sé si te entiendo —insistió. Sabía perfectamente lo que quería decir—. ¿A qué te refieres?

Sara se quedó en silencio, seria, aguantándole la mirada. Con un brillo suave en los ojos. Estaba ahí. Anne lo veía perfectamente. Cada vez más visible, de hecho.

Estoy empezando a frotar la cerilla contra la caja. Espero que encienda pronto.

—Pues temas de pareja, por ejemplo. No es fácil encontrar a alguien aquí.

Lo respondió con contundencia. Anne supuso que había aceptado el pulso.

—Comprendo. —Anne dejó pasar un segundo—. Tengo una pregunta delicada, ¿puedo?

—Dale.

—¿Dejaste a alguien en la ciudad cuando te viniste aquí?

Sara cerró los ojos un segundo, dos, tres. Luego se pasó la mano por el pelo y los abrió.

—Sí —contestó simplemente, sacando todo el aire de los pulmones.

—Y ya no está… —se atrevió a sugerir Anne, pasando de puntillas.

—No, ya no está. No estuvo desde el primer momento.

Sara parecía algo tocada y Anne decidió ir un poco más allá, con mucho cuidado.

—¿Te arrepientes de eso? —Y luego se apresuró a añadir—: No respondas si no quieres.

Pero Sara miraba fijamente al plato, con una mano tensa sujetándose el cuello y la mirada un poco triste.

—No pasa nada. Y no, no me arrepiento de la decisión que tomé.

Me arrepiento de no haber sido capaz de deshacerla cuando tocaba: hace dos años, cuando murió mi abuela.

Y sí, a veces me pregunto qué habría sido de mí si no hubiera aceptado la propuesta de volver al pueblo para acompañar a mi abuela en sus últimos años.

No es arrepentimiento, pero no lo puedo evitar.

Su confesión dejó un silencio extraño, un tanto incómodo, posado en la mesa, entre las dos.

—Comprendo —musitó Anne. Luego lanzó la siguiente pregunta sin calcular demasiado bien las consecuencias—. ¿Y no hay nadie, en tu vida, ahora?

Vio cómo Sara se pasaba la servilleta por los labios, a pesar de que llevaba un par de minutos sin comer ni beber nada, y se tensaba aún más.

—Hay alguien, sí. O más bien tengo algo con alguien. Pero no tenemos ningún compromiso ni mantenemos una relación como tal.

Eso no lo vio venir. Anne trató de aceptarlo estoicamente.

Lo entendía. Claro que lo entendía. Pero no pudo evitar que le hiciera cosquillas.

De las malas. Una cosquilla pequeña y concreta que se instaló en algún sitio entre el estómago y la garganta y se quedó ahí haciendo su trabajo sucio mientras ella mantenía la sonrisa puesta.

Alguien. Hay alguien.

No importaba. Una amante sin compromiso no rompe tus planes, se dijo. Y no supo si creyó o no se creyó del todo lo que se dijo. Pero, uf, la cosquilla se había convertido en algo que escocía un poco: acababa de sentarse encima de esa cosa parecida a la ilusión que seguía creciéndole por dentro.

—Ya. Tipo… ¿amiga con derecho a roce? —tanteó, con cuidado y, quizá, un poco más de frustración de la debida.

Que sea solo eso. Algo insustancial. Un entretenimiento.

Sara bajó la vista. Ahora sí estaba nerviosa.

—Sí, eso. Nos vemos cuando nos apetece. Cada varias semanas. Ni siquiera vivimos en el mismo pueblo. No va a ningún sitio, en realidad.

La cosquilla hizo otra pasada. Rápida, breve, desagradable.

—¿Y tú? —preguntó Sara, desviando rápidamente la conversación—. Yo sé muchas menos cosas de ti.

Y esa posibilidad, la de que Sara le devolviera la jugada y se encontrara teniendo que contar algo de ella de vuelta, terminó por disipar la cosquilla y hacerle un nudo en el estómago y volver la conversación contra ella.

Comenzaron a sudarle las manos.

—Sí, claro —musitó, con la vista perdida en el plato.

Acababa de perder súbitamente el apetito, así que masticó como pudo un trozo más solo por ganar tiempo—.

Uhm, vale, yo. Veamos: ya sabes de dónde soy y más o menos a qué me dedico.

Que vivo en la capital, también. Estoy centrada en mi trabajo.

Gestiono veintitrés propiedades, con ayuda de un par de personas. Espero ampliar el negocio este año.

Todo lo que contaba sonaba monosilábico, mecánico y lejano.

Sara pareció procesarlo todo mientras Anne mantenía la vista fija en…

cualquier parte. Sabía la pregunta que venía ahora.

Y sabía que Sara la había agarrado como una presa y no la iba a soltar.

No tan fácil. Se preparó mentalmente para recibir el golpe:

—Ya. ¿Y hay personas en tu vida?

Anne notó la cautela de su voz. Su pregunta sonó más como una invitación que como un requerimiento. Sara había demostrado ser una persona con mucha sensibilidad y, habida cuenta de lo que había pasado entre ambas, quizá ya intuyera que había algo ahí. Atascado.

—Pues… —Anne se abrazó a sí misma y no fue consciente de haber cerrado los ojos antes de empezar a hablar—.

Hace nueve meses terminé una relación de tres años.

—Le tembló un poco la voz al decirlo, como siempre—.

La cosa no acabó bien. La relación no fue bien.

Y eso es todo. Y, desde entonces, no he estado con nadie.

Tragó la saliva que fue capaz de pasar por la garganta cerrada y abrió los ojos.

Sara no la miraba directamente, seguramente por respeto, pero se quedó pensativa.

Quizá había seguido la línea de puntos, había atado cabos, lo había relacionado con la noche del bar.

Pareció querer elegir bien la siguiente pregunta, como si solo le quedara una.

Anne esperó, inquieta, a que llegase la siguiente ronda. El «¿Pero qué pasó?», mientras ya preparaba su respuesta: «Mejor en otro momento».