Capítulo 15. Anne #3
Pero Sara, que volvió a demostrar esa sensibilidad de la que hacía gala y que dejaba a Anne siempre sorprendida, deseosa y temblando, solo dijo:
—¿Y por qué quieres volver tú?
La delicadeza con la que Sara bordeó la cuestión principal, después de darse cuenta de lo mucho que afectaba a Anne —convertida ya en una versión lastimada de sí misma— hizo que se le llenasen los ojos de lágrimas un milisegundo.
Las contuvo a tiempo. Joder. Qué mala suerte había tenido en la vida.
Ojalá hubiera encontrado una Sara en lugar de una Milena.
Se recompuso a tiempo para esbozar una sonrisa, un poco tocada, pero sonrisa al fin y al cabo, y mirarla de frente.
—Supongo que es una mezcla de cosas. La vida en la capital es complicada, seguro que ya lo sabes.
A veces divertida; la mayor parte, agotadora, superficial y espantosamente cara, sobre todo a partir de cierta edad.
Después de veinte años allí, no tengo claro que vaya a encontrar lo que busco.
Y si me preguntas qué es, tampoco lo tengo del todo claro.
—Al fin se rieron un poco, las dos—. Así que mi plan es volver a las raíces y ganar más dinero, paz mental y… quién sabe qué más.
Sara hizo otra pausa. Las pausas que, ya lo estaba aprendiendo, precedían a los temas importantes.
—¿Y qué esperas tú de este proyecto? —acabó por lanzar.
Por fin una pregunta casi fácil.
—Bueno, de momento es solo una asesoría —respondió Anne, recuperando el tono de voz al completo.
Hablar de trabajo la centraba. Siguió, lanzándose un poco más—.
¿Me encantaría coger la gestión? Por supuesto, no te voy a mentir.
Si sale, será fantástico. Si no, espero que me ayude a conseguir proyectos de esta envergadura.
Algo pareció cruzar el rostro de Sara al escucharla hablar, aunque Anne no llegó a captar bien el matiz.
—No me entiendas mal —se apresuró a corregir Anne—. Estoy entusiasmada con la idea de que salga. Pero no quiero presionar; no he venido aquí a intentar que me contrates. Si tiene que llegar, llegará. Solo intento ser realista.
—¿Realista con qué?
—Con las oportunidades y las expectativas —soltó—. Especialmente después de…
Anne se paró. Dudó. Una parte de ella —la dolorida, la que seguía haciéndose pequeña a la menor ocasión— le decía que se callara la puta boca. Que no era ni el sitio ni el momento. La otra —la que se cansaba de estar bloqueada, de aguantar, de no saber— le decía que tirase.
Porque en algún momento había que hablar de eso .
Tenía una sola bala. Una sola oportunidad de abrir una grieta antes de marcharse. Y si perdía también esto, si se iba sin haber intentado nada, iba a tardar mucho en perdonárselo.
El corazón le dio dos golpes secos, de aviso.
Cogió aire. Y lo soltó.
—Después de lo que ha pasado entre nosotras.
El resto del restaurante siguió existiendo como si nada, pero en su mesa se hizo un vacío espantoso.
Sara pareció haberse quedado momentáneamente en shock. Unos segundos después habló, suave y contenida.
—¿Y qué es lo que ha pasado entre nosotras?
Anne masticó bien cada palabra antes de responder.
—No estoy segura. ¿Lo sabes tú?
La respuesta de Sara cayó seca en el centro de la mesa:
—No.
En ese momento apareció el camarero para retirar los platos y cortó de cuajo cualquier posibilidad de acabar esa conversación. Les propuso postre, pero ya no querían comer. Estaban llenas y, sospechaba Anne, a las dos se les había cerrado un poco el estómago.
El camarero disipó la extraña sensación que se acababa de instalar entre ellas y las devolvió a esa especie de normalidad en la que habían aprendido a moverse juntas.
Anne pensó en retomar la conversación, pero antes de que le diera siquiera tiempo a abrir la boca, Sara llenó el silencio:
—Pago y nos vamos.
—Ni lo intentes. Ha sido idea mía. Pago yo y nos vamos. —Anne dobló la servilleta y la dejó sobre la mesa—. Además, quiero preguntarte algunas cosas en la casa, cuando lleguemos. ¿Puedes?
—Claro.
Sara hizo amago de levantarse cuando Anne volvió a hablar. Tenía algo agarrado en el pecho y quería soltarlo ahora que lo tenía caliente:
—Con respecto al proyecto, en realidad solo espero ayudarte a cumplir tu sueño. Eso me haría muy feliz, la verdad.
Sara se detuvo en seco a mitad de movimiento y la miró, con un gesto serio, imposible de desentrañar.
Anne le devolvió la mirada, risueña. Había sido completamente sincera: a estas alturas, lo único que quería era que a esa mujer talentosa, arrebatadora y brillante le fuera bien.
Aunque se fuera de allí mañana y no volvieran a verse en la puta vida.
Sara parpadeó y musitó un simple «Gracias» con una voz tan distante que dejó a Anne fría como un témpano.
Ciertamente esperaba otra reacción, pero… Ya estaba. Anne no sabía si le quedaban más cartas para jugar. Se levantó para irse, ligeramente mareada. Y no por el vino.
Salieron a la tarde del desierto y Anne soltó todo el aire retenido entre las costillas.
Ya le he mostrado todo lo que soy. Se había vaciado de palabras delante de ella y no le quedaba nada más que decir. A partir de aquí, lo único que le quedaba eran los actos.