La casa del desierto Capítulo 15. Anne
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Capítulo 15. Anne

—Teníamos que haber pasado por casa a darnos una ducha y cambiarnos —insistió Sara.

—¿Por qué? Esa combinación te queda muy bien.

—Es mi ropa para ir al desierto. —Se rio, nerviosa e incómoda—. No para ir a comer a un sitio caro. Además, estamos llenas de polvo.

Anne se encogió de hombros, cogió su copa de vino y le dio un trago.

—Qué más da. Te digo que estás perfecta.

Estaban en el único restaurante de El Vado que salía en las guías gastronómicas. Y salía por una buena razón.

—Bueno, qué. ¿Te gusta? —Anne levantó una ceja.

—Me encanta. Es de mis favoritos.

—¿Te he sorprendido?

—Admito que estaba entre los candidatos. Pero mi finalista era uno más… normal.

—Vaya. Para la próxima vez lo tendré en cuenta.

Anne hablaba en tono confiado del futuro como si fuera una cosa que podía existir entre las dos. La vida le había enseñado que no había nada mejor que dar las cosas por hecho para que sucedieran. Aunque esta semana le estuviera demostrando que no siempre funcionaba.

Lo otro que había dado por hecho —o que necesitaba creer para darse ánimos— era que esa mujer que tenía delante iba a volver a clavarle los dedos en la nuca. Todavía no sabía cuándo ni cómo, pero quería que sucediera. Y lo quería de verdad.

La gestión ya la daba prácticamente por perdida para no hacerse ilusiones; no se permitía contar con ella.

Le había costado asumirlo durante ese par de días, pero lo mejor que podía hacer a esas alturas era entregar el trabajo de consultoría lo mejor posible para que aquella mujer estuviera un paso más cerca de cumplir su sueño.

Así que, ya que perdía el proyecto, no iba a perder también a la chica.

No me iré de aquí con las manos vacías.

Lo notaba: su mente y su cuerpo, de alguna manera, se habían asentado tras el desastre del otro día, como si hubiera sido terapia de choque.

También percibía que algo dentro de ella, por fin, había empezado a ignorar a M.

—había dejado de pronunciar su nombre completo para exorcizarla del todo—, y estaba comenzando a… rebelarse .

—Dime, por curiosidad… —preguntó Sara; dio un trago al vino y carraspeó antes de seguir—. ¿Tenías la reserva hecha de antes, o la has hecho estando aquí?

Anne notó el cuidado que ponía en la pregunta. Cómo desviaba los ojos, sutilmente. Esa especie de nuevo yo que empezaba a latir dentro de ella le señaló con delicadeza la naturaleza de la pregunta, pero Anne sonrió de soslayo. No quería decírselo. Todavía.

—¿Qué importa eso? —respondió, sonriendo.

Sara no replicó. Anne la notaba nerviosa bajo esa capa densa y hermosa de control que no terminaba de cubrirla del todo.

Sara tenía rendijas: Anne aún no sabía si el interés de Sara por ella había caído en picado, o si solo se mantenía alejada por el bochorno del otro día y para no complicar el proyecto; en cualquier caso, tenía previsto colarse por todas.

Sara saltó de tema:

—No creo que podamos terminarnos la botella.

—¿Por qué no?

—Luego tengo que conducir.

—No pasa nada, nos llevamos lo que sobre. De todas maneras, estamos a diez minutos por una carretera en línea recta sin coches. Es prácticamente imposible que pase nada —señaló, riéndose.

—Pero justo al final hay un cañón y podríamos caernos —se rio Sara—. Creo que subestimas mi capacidad para conducir mal.

—Me temo que no cuela. Conoces este lugar como la palma de tu mano y creo que, aun conduciendo con los ojos cerrados, lo harías mejor que cualquiera —respondió Anne, poniendo los ojos en blanco.

Sara le devolvió una de esas sonrisas bonitas, las que sacaba de dentro sin pensar y sin molestarse en disimularlas —las que se colaban por sus rendijas sin querer.

—Voy a fumar.

—¿Pero entonces fumas o no fumas? —Anne ya había decidido dejar de ir con tanta sutileza y pasar a ser más directa.

Sara, que ya había comenzado a levantarse, se quedó clavada un segundo en el asiento.

—Digamos que fumo temporalmente.

Anne estuvo a punto, a punto , de decirle que el otro día su boca no le supo a tabaco.

Lo cual hubiera puesto encima de la mesa una conversación incómoda y toda la mano completa de cartas que le habían tocado para jugar.

Pero se contuvo a tiempo: aún tenía que conseguir que esa mujer bajara un poco las defensas.

Sara se levantó y la dejó sola un par de minutos, durante los cuales les trajeron el primer plato. Cuando volvió, parecía un poco más relajada. Solo un poco.

Anne había estado repasando las cartas que tenía guardadas, midiendo los tiempos.

Desde luego, el paseo por el desierto le había subido un punto la valentía: por fin se habían reído juntas, por fin había vuelto algo de la conexión que tenían antes de conocerse.

Había visto a Sara más abierta que en días, y no quería desperdiciar la oportunidad.

Eligió la carta más conveniente para empezar.

—Verás, tengo un montón de ideas apuntadas, de antes y de estos días, para el proyecto. Pero quiero contarte la principal. El resto son buenas, pero son más bien «ambientales». Esta tiene impacto en la cuenta de resultados.

Sara levantó las cejas, curiosa.

—Adelante.

—He pensado lo siguiente: deberías valorar ampliar la capacidad de la casa, al menos en temporada alta, instalando en la parcela módulos estilo glamping.

Pueden ser cabañas, estudios compactos, tipis de lujo, bungalows, incluso cápsulas semitransparentes.

Puedes empezar con algo prefabricado para probar la idea, pero lo veo claro.

Con doce hectáreas tienes espacio de sobra para hacer algo realmente especial sin saturar el paisaje.

Sara la escuchaba con detenimiento, el rostro concentrado y levemente sorprendido. Ese gesto suyo de escuchar que Anne ya reconocía: la barbilla ligeramente baja, los ojos fijos, sin interrumpir, procesando con detenimiento cada frase.

Mile… nunca escuchaba así. M. escuchaba para buscar el hueco donde meter su réplica. Sara escuchaba y se quedaba con lo que le dabas.

—He echado algunas cuentas —prosiguió—. Si fueras a un modelo un poco más luxury, el precio por noche cambiaría.

Podrías incrementar sobre la habitación estándar una media de entre un veinte y un cincuenta por ciento.

Serían tus suites, por así decirlo. Durante algunos meses podrías casi duplicar la facturación.

Y te daría otro elemento realmente diferencial.

La zona a la izquierda de la casa, no demasiado alejada, con un sendero levemente adaptado que no parezca preparado ni intrusivo, sería perfecta.

Y creo que no se vería desde ninguno de los puntos clave del desierto, por lo que no ensuciaría el paisaje, pero eso tendríamos que comprobarlo. ¿Qué opinas?

Sara pareció salir de un largo letargo.

—Me parece… joder, es una idea fantástica. Muy, muy buena.

Anne sonrió.

No era la primera vez que escuchaba esas palabras sobre su trabajo.

Pero había algo en el peso con que Sara lo decía —sin efusión, sin ornamento, con esa economía suya que lo hacía todo más exacto— que lo hacía sonar distinto a los demás cumplidos que había recibido.

M. repartía elogios a quien quisiera escucharlos como quien da propina: rápido, sin mirar, para quedar bien.

Sara no daba nada que no fuera suyo de verdad.

—Gracias. En mi opinión, el retorno a dos o tres años sería muy alto en comparación con la inversión. Y se puede empezar a modo piloto y ampliar poco a poco, sin incurrir en grandes gastos.

—Déjame pensarlo con más detenimiento, pero desde luego es muy interesante.

Quiero analizar si, efectivamente, el terreno que has mencionado da de sí, y si el conjunto es capaz de integrarse en el ambiente y no destacar.

Esto ya sabes que me parece crítico, me alegro de que lo hayas tenido en cuenta.

Mañana podría consultar a algunos proveedores, incluso hacer algún boceto propio.

Conozco el producto del que hablas; me gustaría calcularlo sobre el terreno.

—La zona a la izquierda de la casa iría muy bien —repitió Anne—. Sutilmente apartada, no demasiado alejada, con un sendero que no parezca preparado.

—Sí, a priori es el mejor emplazamiento. —Luego Sara sonrió y levantó la copa—. Brindo por tu idea. ¿Son todas así de buenas?

Anne sintió un leve encogimiento de pecho. Más por haberle arrancado una sonrisa que por el cumplido.

—Me temo que no —respondió—. Pero con suficiente tiempo e inspiración todavía pueden salir más.

—Esta no es buena: es estupenda. No había caído en hacer algo así, estaba completamente centrada en la casa —comentó, pensativa, mientras acababa el último bocado del entrante—. Pero para eso te contraté, claro. ¿Sabes?

Hizo una pausa para beber un poco más de vino mientras parecía buscar las palabras adecuadas y Anne tembló. Que Sara estuviese buscando palabras para decir algo significaba que era importante. Esperó, atenta, dejándole espacio.

Parecía que a Sara le estaba costando decir lo que fuera que quisiera decirle, pero, finalmente, arrancó:

—Me alegro de haberte escogido entre el resto de propuestas. Estaba completamente segura de que entenderías el concepto y de que sumarías con tu visión desde fuera.

Anne tomó aire y se sujetó el pecho por culpa de ese breve estallido que había hecho que, por un momento, lo sintiera lleno . Una sensación que no experimentaba desde hacía, por lo menos, un siglo.

—Gracias, Sara —musitó.

La miró fijamente al decirlo. Era la primera vez que la llamaba por su nombre.

Y Sara le devolvió una mirada directa, clara, sin rodeos.

Por fin me ve.

Sus ojos se quedaron enganchados unos segundos. Hasta que vinieron a retirar los platos para traerles los segundos y perdieron el contacto visual.

—Bueno —dijo Anne, estirándose en la silla—, ya que estamos aquí, podrías contarme la historia que me debías, ¿no?

Sara frunció el ceño e hizo amago de ir a decir algo —«Mejor en otro momento», seguro—, pero Anne no la dejó: