Capítulo 14. Sara #2
El punto era escarpado. Las manos de Sara fueron solas: se agarró a las caderas de Anne para no caerse. Las dos manos. Una cadera en cada palma, la tela caliente del sol, y debajo el cuerpo entero de Anne sosteniéndola.
Un segundo.
Dos.
Anne no se apartó. Hizo algo peor: bajó una mano, encontró la de Sara y la sujetó un momento contra sí, como si tratara de sostenerla.
Los dedos cerrándose sobre los suyos. Firmes.
Cálidos. Y durante un instante estuvieron así, enganchadas en mitad de la pendiente, sin que ninguna de las dos hiciera nada por deshacerlo.
Anne se giró un poco y bueno, estaban tan cerca que… Ella arriba, Sara abajo.
Fue Sara quien retiró la mano. Porque alguien tenía que hacerlo. Y porque si no la retiraba ya, quizá no fuera capaz de quitarla después.
—Perdona. La próxima vez que pares, avísame.
—Sí, lo siento. ¿Nos queda mucho?
—Un par de minutos. ¿Se te hace dura la subida?
—No, es solo que… Creo que he dormido poco.
Bum. Otra vez el corazón tiritando dentro de la jaula. No más referencias a la noche, por favor.
Cuando Anne coronó el ascenso y salió antes que ella, soltó un pequeño grito de entusiasmo.
—¿¿Perdona?? ¡¡Joder!!
Sara alcanzó la cumbre detrás de ella. Por muchas veces que lo hubiese visto, el paisaje nunca dejaba de golpearla. Las tierras desérticas se desplegaban formando ondas imposibles, pequeños cañones, rugosidades y pliegues. Un paisaje seco, duro y obstinado que le hacía pensar en cicatrices.
—Es el mejor mirador no oficial de la zona —comentó—. Lo llamamos El Filo.
—Es brutal —jadeó Anne—. Estoy sin palabras.
Sara observó a Anne: boquiabierta, mirando hacia todas partes, la mano haciendo visera, la frente suavemente perlada de sudor. Y la obviedad le llegó de forma repentina, sin pedir permiso.
Me encanta esta chica.
No sabría decir con precisión qué tenía para engancharla así.
Lo que había visto durante semanas de emails, seguro.
Cuando no sabía ni qué aspecto tenía. El físico, por supuesto, que había llegado para redondearlo todo.
Pero había algo más. Esa manera de estar.
Esa especie de asombro que asomaba en momentos como ese, sin filtro, como si todavía no se hubiera dejado atrás la piel de adolescente.
Esos nervios que tenía, esa energía tan entusiasta, esa mirada especial que posaba sobre todas las cosas y que hacía que colocase las piezas a su alrededor como si todo fuera un puzzle de piezas fáciles.
Pero ahora asomaba algo más. Ahí de pie, el cuerpo bien plantado, Anne era una mujer completa y segura de sí misma, que sabía perfectamente lo que quería y cómo conseguirlo.
Una depredadora disfrazada de gacela. Capaz de chasquear los dedos y destruirla de un toque.
Como, ciertamente, ya había hecho con ella.
¿O quién cazó a quién en el bar y luego en el baño, eh? ¿Fue ella la que cazó a Anne? ¿O en realidad fue más bien al revés?
No pudo evitar sonreír mirándola. ¿Qué más daba si no pasaba nada?
Era una excelente profesional. Y sería una socia estupenda.
Eso Sara lo tenía claro. Y era suficiente.
Tenía que ser suficiente. Podía olvidarse de toda esta historia rara, reducirla a una anécdota de la que se reirían en el futuro, y centrarse en hacer realidad su sueño del hotel a través de una persona que tenía las cualidades exactas que ella necesitaba. Y que mejoraba siempre su visión.
Llevas cinco años renunciando a lo que no puedes tener. Una vez más no te va a matar.
Anne se giró en ese momento y la pilló mirándola. Le devolvió una sonrisa genuina, emocionada.
—Gracias por enseñarme esto. Es precioso.
—Lo es.
—Tu desierto.
Lo dijo bonito, suave. Algo le apretó a Sara por dentro.
—Mi desierto —musitó.
También podría ser el tuyo.
—¿Qué nos queda?
—Una parada más. Nos da tiempo. Caminando por ahí llegamos al coche en diez minutos. ¿Vamos?
Descendieron la colina por una zona más sencilla. Anne iba un poco adelantada; Sara la seguía un par de pasos por detrás.
—Este olor me recuerda a tu ambientador —comentó, distraída, con el cuerpo moviéndose ágilmente entre las piedras.
—¿Qué dices? —preguntó Sara, sorprendida.
—Te lo juro.
—Qué idiota eres. —Sara se rio. Anne también.
—O sea, vale, no es el mismo olor, pero me da una vibración parecida. ¿A ti no?
—Esto te lo puedo llegar a comprar —admitió Sara—, aunque me parece un halago desmedido.
Anne se giró para mirarla y siguió caminando de espaldas.
—Tómatelo como un cumplido. Y no soy muy generosa dándolos. —La señaló con un dedo, muy seria.
—No sé por qué no te creo.
—¿Cómo? —Anne se hizo la ofendida.
—Date la vuelta, que te vas a caer.
—Me doy la vuelta. Pero me quedo con eso último que has dicho, y te adelanto que no me ha gustado nada. —Agitó un dedo en el aire, fingiendo estar enfadada.
Sara volvió a reírse.
—Te regalaré un ambientador para compensar.
—¿En serio?
Se dio la vuelta otra vez.
—Solo si miras por dónde pisas. ¿Difusor o mikado?
—Mikado, por supuesto.
—Vale.
—Uhm, no sé. ¿Quizá difusor?
—Te doy uno de cada.
—Eso es. Mejor. ¿O quizá un ambientador y un frasco de tu perfume? —sugirió.
Y, por alguna razón, el comentario sonó a oídos de Sara cargado de sensualidad.
Llegaron al coche enseguida.
—Estamos a unos quince minutos. Vamos a parar muy poco. Luego tardamos veinte en volver desde allí a la casa.
Sara condujo por las pistas señalizadas hasta que acabaron en un claro.
—Aquí es. Tenemos que volver a bajar.
Ante ellas se hundía un cañón poco profundo, imponente.
Descendieron por un camino natural abierto en una protuberancia del terreno y accedieron al valle.
El lecho duro mostraba una gama cromática distinta, como si capas de minerales de procedencias diferentes hubieran emergido al evaporarse el agua.
Caminaron un poco, adentrándose en el valle.
—Esto sí que es silencio —dijo Anne.
—Sí. Este sitio es como una catedral.
—Tengo ganas de recorrer el desierto entero. ¿Cuánto se tardaría?
—Ver lo básico, una mañana larga. Examen en profundidad: dos o tres días completos, según. Si vas a máximos, puedes estar una semana entera aquí dentro y seguirías descubriendo rincones nuevos.
—Tendrá que ser en otra visita entonces —comentó Anne.
Sara recibió el comentario directo a las costillas.
—En otra visita, sí —repitió Sara, sin detenerse a pensar qué significaba aquello—. Oye.
—Qué.
—¿No me dijiste que conocías muy bien la zona?
Anne se rio, se encogió de hombros.
—La región, sí. El desierto, no tanto. Muy poco. Vine con mis padres de pequeña y apenas recordaba nada. ¿Por qué?
—No sé. Me dio por pensar que conocías bien el desierto.
—Nunca dije eso, ¿no? ¿O sí? —Se hizo la ingenua.
—No lo recuerdo.
Sí lo recordaba. Y no: no se lo había dicho explícitamente así.
—Hay otra cosa que tampoco te he dicho.
A Sara se le disparó el pulso. Lo que llevaba apretado en el pecho se cerró tanto que la dejó un segundo sin respiración.
—Qué —musitó.
—Hoy la comida corre de mi cuenta. Tenía una reserva ya hecha para el restaurante que te prometí. —Parecía ilusionada de verdad—. ¿Vamos?
Sara parpadeó. No estaba muy segura de qué había sido eso. Era como si hubiera esperado una hostia por un lado de la cara, se hubiera preparado para recibirla, y le hubiera llegado por el otro.
—Vale, claro. Pero no hacía falta…
—Ya sé que no hacía falta. Pero quería.
Anne caminó hacia el coche.
—¿Me vas a decir ya cuál es? —preguntó Sara, recordando exactamente ese email. El calor le subió de golpe al vientre, al cuello, a las orejas.
—Noooo. Es sorpresa.
Puede que este sea el peor plan posible.
La guinda del pastel de mierda que se estaba comiendo estos días.
Porque el problema no era el restaurante.
El problema era que había pasado algo esa mañana en la pendiente, con las manos en esas caderas y los dedos de Anne cerrándose sobre los suyos, y no podía nombrarlo y no podía ignorarlo y no podía hacer las dos cosas a la vez, que era lo que llevaba intentando desde que Anne llegó a esta casa.
Aquello no iba a ningún sitio. Lo que tenía que hacer era correr exactamente en la otra dirección y no pasar ni un segundo más de tiempo que no fuera estrictamente profesional con aquella mujer que ahora la miraba relajada, resuelta y risueña desde el lado del copiloto, antes de meterse en el coche.
El desierto se extendía quieto y enorme a su alrededor.
Sara lo miró un momento antes de subir al coche.
Su desierto. Qué fácil le había salido a Anne decirlo.