Capítulo 14. Sara
Sara puso la cafetera al fuego y luego se tapó la cara con las manos y se la frotó. Una y otra vez. Durante un rato incalculable.
No consiguió borrar nada con ese movimiento.
Cortó pan y empezó a tostarlo. Era de ayer: hoy no se había visto con fuerzas de ir a por pan fresco. Sí de fumarse ocho caladas de cigarro asqueroso, ocho, que ya no eran las dos de la primera semana ni las cuatro de ayer. Si seguía así, en doce horas habría vuelto oficialmente a fumar.
Joder.
No podía permitir que eso pasase.
A eso de las cinco de la mañana se había despertado mirando al techo con la sensación leve de que algo estaba fuera de sitio. Algo tibio. Una presencia dentro de la cama. El medio segundo entre el sueño y el despertar en el que todavía se sentía a salvo.
¿Diane?
Y le quedaba colgando un retazo de la noche, medio sueño, medio otra cosa: despertarse a oscuras un momento, un calor al lado que no debería estar ahí, y hundirse de nuevo sin moverse.
¿Pasó? ¿Lo soñé?
Entonces se giró.
Anne. Completamente dormida a su lado.
Se quedó congelada. Luego entró en pánico.
Luego se acordó, vagamente, de la escena de la noche anterior.
Frío, mantas, no sé qué. ¿Ha pasado algo?
¿La he tocado? Recordó despertarse, en un momento dado.
Y esforzarse por volver a dormir mientras su corazón latía tan fuerte que ella lo tenía que estar notando, en la otra orilla del colchón.
Anne dormía boca arriba, casi en el centro de la cama, las piernas extendidas, invadiendo sin saberlo. El pelo liso alborotado, las mejillas levemente sonrosadas, la respiración suave.
Preciosa .
En otra versión de la realidad —una que le apetecía mucho que se diera y no se había dado— le habría besado los párpados.
Con una cadencia tan blanda que Anne apenas se habría despertado, pero Sara se habría llevado puesta la sensación en los labios.
Se habría escapado de la cama y se habría puesto a hacer un café exactamente como este.
Habría preparado un buen desayuno para ella y se lo habría subido a la cama para sorprenderla.
En esta versión de la realidad, que había salido de cualquier manera, simplemente huyó. Sin hacer ruido. Cogió la ropa y se fue a duchar a otra habitación para calmarse.
Cinco y media de la mañana. Y no había conseguido calmarse muy bien.
Hoy, tostadas de mantequilla con tres mermeladas distintas.
Ya sabía que le gustaba la de fresa, así que añadió la de pera —su favorita— y la de tomate, por si quería un sabor distinto.
También dejó la fruta preparada: se concentró, muy mucho, en pelar bien la fruta.
El tacto, los gestos automáticos, sus anclas.
No pensar. Esta vez tampoco la esperó para desayunar: eso no había cambiado.
¿Dónde está J., la chica de los emails? Pues resulta que estaba ahí todo el tiempo, delante de ella.
Y sin embargo, sin embargo, sin embargo...
Esos gestos que tenía no los comprendía del todo.
En otra versión de la realidad pensaría que la estaba…
¿buscando? De alguna manera imprecisa. En esta, creía que simplemente estaba salvando la situación: siendo amable para que ni la convivencia ni el proyecto se resintieran.
Al fin y al cabo, Sara pagaba. Probablemente Anne pensara que no podía permitirse ser descortés, concluyó con amargura.
Solo quiero que se vaya.
Verla en la cama la había dejado en un estado de agitación y malestar que no sabía cómo gastar.
Tenía que calmar la respiración. Olvidarse de ese cuerpo que estaba segura de que cabía perfectamente dentro del suyo, del olor de su piel, que era el de su perfume y le volvía en oleadas, golpeando suave en el centro de la frente.
Qué fácil habría sido extender la mano en la cama.
Acariciarle la piel de la cara.
Solo que no.
Estaba prohibido.
—Perdona, me he quedado dormida.
La frase la sobresaltó. Ni siquiera había oído los pasos, de lo ensimismada que estaba. Eran las ocho y media. Anne apareció en el hueco de la puerta con las mejillas todavía sonrojadas y la sudadera que llevaba puesta en la cama.
—No pasa nada, tranquila. Aquí no hay hora para levantarse —añadió, intentando rebajar un grado de incomodidad a la situación.
—¡Haberme despertado! —dijo con una sonrisa.
—¿Por qué? Estabas…
No. No lo digas. No menciones la cama.
Se mordió la lengua.
—No hay prisa, de verdad. El desierto no se va a mover. Siéntate.
Puso unas tostadas a calentar. Ella ya se había comido las suyas.
Anne se acercó a la mesa y, en lugar de sentarse enfrente, cogió la bandeja con las cosas y la trasladó al ángulo donde doblaba la mesa.
Casi al lado del sitio donde siempre se sentaba Sara.
Cogió la taza de Sara sin preguntar, sirvió café para las dos y la esperó. Sara le puso las tostadas delante.
—Nunca me esperas para desayunar. —Empezó a extender la mermelada.
—Me levanto siempre más temprano. ¿Qué quieres que haga?
—Esperarme. Al menos tómate un café conmigo.
Cada día que pasaba era más… atrevida. ¿Insolente? Sara se sentó ante el café que le había servido y lo levantó delante de ella, brindando al aire.
—Está bien. Tercer café del día. ¿Te parece bien así?
—Mejor. Oye… —comenzó.
No, no, no. Que no diga nada de esta noche.
Anne masticó y tragó mientras a Sara le subía un sudor frío.
—Joder, esta mantequilla está de muerte —soltó, poniendo los ojos en blanco.
Sara soltó el aire.
—Sí, lo está.
—Pero no era eso lo que iba a decirte. —Sara se volvió a envarar—.
Perdona lo de anoche. Y gracias por dejarme dormir contigo anoche.
Estaba congelada y no quería molestarte.
Espero que no… te haya molestado… mucho.
—La miró directamente a los ojos mientras masticaba, como si nada de todo aquello tuviera la menor importancia—.
Te juro que hoy me subo un calefactor. Y dos mantas.
—Está todo bien —la cortó; después añadió, como si fuera imprescindible saberlo—: Hoy suben un poco las temperaturas.
Y luego, después de lo que había pasado esa noche, y esos días, y lo del baño, y los WhatsApps y los emails que habían intercambiado, en definitiva, después de todo, el corazón se le hizo añicos por dentro, sin avisar y sin motivo nuevo.
Sara bajó la vista y la perdió en el café. Si movía la taza con cuidado, con ese leve giro de muñeca, el líquido haría círculos, círculos y más círculos, y puede que todo lo que estaba sintiendo en ese momento y que se le agarraba a la garganta para no dejarle respirar desapareciera por allí.
—Termino en cinco minutos, me doy una ducha rápida y nos vamos.
—Vale —respondió, sin levantar la vista—. Voy a prepararme. No recojas nada, déjalo todo ahí.
Sara dejó el café intacto y escapó escaleras arriba. Tercer café del día a la basura. Su cuerpo aguantó hasta diez caladas en el balcón de la habitación.
Media hora después estaban en el coche. Anne había llegado —por fin— con ropa adecuada, lo cual fue un alivio por razones que a Sara realmente no tenían que importarle.
El día era radiante —justo lo contrario de su estado de ánimo— y el coche traqueteó por la pista de tierra que se adentraba en el desierto.
A los cinco minutos, Sara paró e invitó a Anne a bajar.
—Circularemos todo lo que podamos en coche. No nos va a dar tiempo a hacer rutas completas, pero quiero enseñarte al menos los tres puntos más potentes. Si vamos rápido, llegamos a comer a buena hora. ¿Te parece?
—Perfecto. He traído esta mochila. Como no te acabaste el café, he traído un poco en este termo que tenías en la cocina —lo agitó delante de ella—. Y agua, también.
—Gracias —titubeó. Dios, el agua; se le había olvidado cogerla. Nunca se le olvidaban esas cosas—. Ven por aquí. Con cuidado.
Descendieron por un pasillo de tierra que se fue hundiendo hasta acabar en una garganta — te ha traído café —.
La grava crujió bajo la suela de las zapatillas.
El olor del desierto le invadió la nariz: yeso, polvo, tomillo.
A veces, caliza; matices que le recordaban al material de obra.
Todo lo que tocaba le recordaba la textura del ladrillo.
—Sé que no se ve nada aún. Pero espera.
—Te sigo —la escuchó responder desde atrás. Muy cerca.
Sara se apoyó en las paredes cada vez más estrechas. El tacto, el tacto. El tacto le daba foco, le apagaba el ruido. El desierto le reparaba el corazón. El polvo en suspensión le tapaba las grietas.
Por un momento se olvidó de que llevaba a Anne detrás.
Dejó que el latido de ese lugar le aflojara lo que llevaba apretado en el pecho desde hacía días.
Desde que se escribía con J. Desde que el proyecto empezó a ser real.
Desde la noche en que se conocieron. Desde el momento en que se reconocieron.
Por un momento, se sintió un poco más ligera.
La garganta desembocó en un cañón estrecho, magnífico, que cambiaba de textura y de color: más ocre, más rojizo. Apenas filtraba la luz del sol. Cuando la filtraba, era para arrancar de las paredes reflejos de una gama cromática hermosa y surreal.
—Este lugar es impactante —susurró Anne detrás. No habló alto, y Sara lo agradeció sin decirlo: no le gustaba romper el silencio de la naturaleza. Sonrió hacia delante.
—El Cañón de las Ánimas —anunció Sara—. Sabía que te gustaría.
—¿A quién no? Es maravilloso.
Diez minutos después lo habían recorrido entero y salieron por el otro lado.
—¿Queda más? —preguntó Anne.
—¿Ves ese sendero que se abre allí?
—Sí.
—Ve tú delante. Yo iré detrás de ti.
Anne emprendió el camino, que subía poco a poco hacia una de las pequeñas cumbres. Sara la siguió de cerca. La pendiente no era muy acusada y no hacía demasiado calor, pero acusaron la fatiga. Anne hablaba desde delante, entrecortada por la respiración.
—Supongo… que habrás descartado cosas como quads en el desierto, o así… Creo que… la gente debería disfrutar esto… como es.
—Supones bien. Los hay, pero… yo no quiero ofrecerlos.
Anne se paró en seco a tomar aire.
Sara, que iba mirando dónde pisaba, se chocó contra ella.