Capítulo 12. Anne
Había dos detalles concretos de la escena en el baño que se habían quedado varados en su cabeza, que se encargaba de repetirlos en bucle.
El primero: los dedos de Sara en la parte alta de la nuca, aferrándola con fuerza pero con tacto. Una sensación que se le había quedado grabada. Un masaje corto y firme que sirvió para explicarle, en cuestión de segundos, cómo era Sara en realidad.
El segundo: la reacción que tuvo Sara cuando le dio permiso para buscarle la boca.
Anne ya la esperaba con los labios entreabiertos y los ojos cerrados, pero Sara se desvió y dejó caer los suyos sobre el cuello.
Solo un beso mínimo, casi imperceptible.
El calor de su aliento. Luego, una secuencia de roces breves pero intensos, que subieron por su mejilla y elevaron la intensidad del calor muchísimo más que si la hubiera abordado directamente.
Y esa caricia —sus labios recorriéndole la piel de la cara, ida y vuelta— sirvió para explicarle que las cosas no iban a suceder como ella pensaba. Que aquello iba a ser diferente.
Con tan poco —¿qué fue, un minuto, dos?— le había transmitido algo totalmente distinto. Y desde entonces Anne no conseguía soltar el recuerdo, como si el cuerpo supiera que cada día que pasaba lo iba a ir diluyendo y se resistiera a dejarlo ir.
Ojalá poder sentir otra vez su cuerpo contra el suyo.
La sola idea le cruzó el estómago con más velocidad que el recuerdo de sus besos en el cuello, en la boca.
Y la desechó casi a la misma velocidad. A pesar de que lo que había pasado esa tarde con el collar no estaba ayudando en absoluto. Había empeorado las cosas con una eficiencia que Anne encontraba casi ofensiva.
Porque lo de hoy sí era distinto al baño: en el baño las dos habían bebido, había oscuridad y música y la excusa limpia de ser dos supuestas desconocidas.
Esta tarde no había nada de eso. Era Sara en su casa, sacando cosas de las cajas de su abuela muerta, contándole una historia de quince años y una llavecita de oro, y sin embargo siendo exactamente la misma mujer que le había hecho sentir aquellas cosas en el baño.
Sin excusa. Sin oscuridad. A plena luz de la tarde.
Y la yema del dedo. Eso.
Anne se tocó las yemas de los dedos, sentada al borde de la cama.
Había notado perfectamente el temblor del cuerpo de Sara cuando le puso el collar. Había hecho esfuerzos por retenerlo y no había podido del todo. La piel de gallina en su nuca le había dicho todo y nada a la vez.
Y sí: ella sostuvo la yema del índice en esa piel. Un momento entero. Sin querer y queriendo, las dos cosas al mismo tiempo. Lo mismo que le pasaba con todo lo relacionado con Sara Mason desde hacía demasiados días.
¿Te gusto? ¿Me has perdonado? Dímelo. A pesar de lo que pasó en el baño. A pesar de todo lo que sabes de mí ahora.
Se concentró en lo que sucedía más allá de su puerta cerrada.
Nada.
La casa estaba en silencio. Ni arriba, ni abajo, ni en la habitación de al lado se escuchaba un ruido.
No va a venir. Anne lo sabía tan bien como sabía que lo que se le iba acumulando en el cuerpo era un deseo que ocupaba cada vez más sitio, que cada vez tenía más capas.
Que le subía por el esófago y le bajaba hacia la tripa, enfriándola y calentándola a la vez.
No le intereso. Lo del collar fue un acto reflejo. ¿A quién no le pasaría si le tocaran así de cerca?
Buscó entre su ropa. Podría ponerse el pijama para bajar, pero eligió unos vaqueros rectos, una camisa con un estampado sutil de leopardo que dejó por fuera del pantalón y un jersey gordo de lana.
Totalmente innecesario e inapropiado, Anne.
Y qué.
¿Maquillaje? No. Sí. No. Demasiado evidente. No la líes más. Lo va a notar.
¿Y qué si lo nota?
Es que quiere que lo note.
No, se reprendió. No quería que lo notara. No quería confundirla. No quería ni que se le pasara medio segundo por la cabeza que estaba mezclando el trabajo con lo personal o, peor aún, que podía haber cierto interés profesional detrás de sus gestos. Dios mío, eso sería un auténtico desastre.
No. Lo que tenía que hacer era coger ese deseo inconcluso, al que se había sumado otro tipo de deseo alimentado durante semanas de emails y fantasías, cogerlo como pudiera con los brazos —no le cabía— y guardarlo en el rincón más lejano de su cabeza.
Fin.
Finalmente, optó por maquillarse. Algo sutil: base natural, un poco de rímel para marcar las pestañas. Si Sara iba a ignorarla de todas formas, que al menos fuera con plena conciencia de lo que estaba ignorando.
Estaba aquí, con toda la atención disponible, tratando de no resultar transparente, mientras Sara la miraba como si fuera un mueble más de la casa. Es verdad que era atenta con ella, por cortesía, pero más allá de eso, Anne sentía que su interés por ella había decaído por completo.
O eso parece. O eso crees. O eso te dices.
Finalmente, bajó.
La planta baja parecía vacía: solo un par de luces mínimas, olor a leña, silencio. Ni rastro de Sara.
—¿Necesitas algo?
Anne dio un respingo. La voz venía de uno de los sofás pegados a la estufa de leña, en el círculo de luz de una lámpara de pie. La cabeza de Sara asomó por encima del respaldo. Llevaba un libro en la mano y los brazos destapados. Joder.
—Ahm… no —titubeó—. Bajaba a picar algo.
Bajaba a buscarte a ti.
—Si necesitas algo, dímelo. Estaré por aquí.
Y volvió al libro. Anne se acercó con cuidado. La observó, recostada sobre el sofá, con una manta encima. Ignorándola.
—¿Quieres que te traiga algo yo?
—Nada, gracias —respondió, sin levantar los ojos de la página.
—¿Una cerveza? ¿Un vino?
La escuchó suspirar. ¿Quizá le estaba resultando demasiado insistente?
—Un vino está bien —concedió—. Hay uno abierto en la cocina.
—Espera.
Subió a su habitación y cogió la botella que había traído en el equipaje: una buena, que había comprado por si surgía una buena ocasión para estrenarla.
Decidió quemar el cartucho. Bajó con ella, preparó en la cocina dos copas y un platillo de queso y embutido que montó rápido con lo que encontró en la nevera —todo perfectamente ordenado— y lo llevó todo a la mesa frente a la estufa.
Ahí se estaba calentito. Se sentó en el sofá contiguo.
—¿Y ese vino? —preguntó Sara, incorporándose.
—Lo traje yo. Era un… —titubeó— regalo.
Ya no te quedan más pistas que dar.
Sara cogió la botella, leyó la etiqueta un momento y llenó las copas. Lo probó y degustó con esa calma con que hacía todo. Esa calma que tenía la increíble capacidad de posarse sobre Anne y relajarla al tiempo que la excitaba.
—Está perfecto. Me gusta mucho esta bodega. Buena elección.
—Sí. —Anne bebió—. Es uno de mis vinos favoritos.
Se formó un silencio. Denso, pesado, sin ser incómodo del todo. El silencio específico de dos personas que se habían escrito un montón de palabras y ahora no sabían muy bien qué hacer con ellas, porque entre medias había pasado algo que las había expulsado a las dos a un sitio distinto.
—No quería interrumpirte. Sigue leyendo, si quieres.
—No te preocupes.
Sara dejó el libro del todo. Cogió el vino y se acomodó de cara a la estufa. Anne la observó coger la copa, rodarla entre sus dedos con gesto firme, fruncir el ceño como si estuviera pensando algo importante. Daría lo que fuera por saber qué pensaba de todo esto. De ella.
Para. No es para ti.
Cogió el móvil para escribir a Marcos, que llevaba todo el día pidiéndole actualizaciones.
«¿Cómo van las cosas?», era su último mensaje de hacía… un número indeterminado de horas.
«Igual o peor. No me hace ni puto caso.»
«¿Realmente quieres que pase algo?»
Anne miró la pregunta un momento antes de responder.
«No me importaría.»
Sí, sí quería, de hecho. Explícitamente.
«¿Y el proyecto?»
«La gestión del proyecto ya la doy por perdida. No me va a contratar ni de coña. Y me jode, porque me gusta muchísimo la idea. Pero no puedo tenerlo todo.»
«Eres una crack, saldrán más. ¿Qué lleva puesto?»
«No me calientes más.»
«Jaja. Anda, di.»
«Un pantalón negro tipo chándal que le queda de la hostia. Todo le sienta bien, qué asco.»
«O tú que la miras con otros ojos.»
«No, en serio, te encantaría. Es nuestro tipo total.»
«¿Cuándo te lanzas?»
«Nunca.»
«¿Qué estáis haciendo ahora?»
«Ella leyendo. Ignorándome. Yo hablando contigo mientras la miro de reojo.»
«¿Está leyendo de verdad?»
«Está pasando páginas. Yo qué sé.»
Anne cerró la conversación justo cuando Sara se levantó.
—Ahora vuelvo.
Salió con la cajetilla de tabaco. Anne la vio marcharse y volver dos minutos después, frotándose los brazos.
—Hace un frío mortal ahí fuera. Esta noche bajan mucho las temperaturas. ¿Tienes suficientes mantas? ¿Quieres un calefactor, algo? Yo tengo uno en mi habitación, por si acaso. Bajo a por otro al sótano en un momento.
—Tranquila, estaré bien. —Anne hizo lo mismo que ella antes: no levantar la vista del móvil. Un pequeño y completamente inútil acto de rencor.
—¿Seguro? —insistió.
—De verdad. Todo bien.
—Vale. Me subo, entonces.
Anne levantó la vista y la vio parada, de pie ante la escalera, sin hacer acto de moverse. Anne no sabía si la estaba mirando fijamente o solo observaba un punto detrás de ella con mucha fijeza.
—Buenas noches —dijo Anne, bajando primero la vista. Si Sara no iba a reaccionar, al menos podía ser ella quien tuviera la última palabra.
—Hasta mañana. No hace falta que hagas nada con esa estufa, la apagué antes.
Y se perdió escaleras arriba.
Anne se terminó el vino sola, recogió y subió las escaleras. Con la ropa que eligió cuidadosamente para nadie, y ese maquillaje que ahora tendría que quitarse sin que nadie lo hubiera visto de cerca.
Había una cosa que le molestaba muchísimo: resultar invisible.
Y Sara lo estaba consiguiendo.