Capítulo 11. Sara #2
Sara se movió, por fin. Abrió la sexta y la séptima caja a la vez. Y un cajón de su interior que se apresuró a cerrar inmediatamente.
En las cajas, un batiburrillo sin sentido: velas, mecheros, colecciones de estampitas y de sellos, trapos viejos, muñecas antiguas que le ponían los pelos de punta.
¿Qué quería guardar su abuela de todo esto?
No lo sabía. No podía preguntárselo ya. Eso pesaba de una manera concreta, a veces, que no tenía nada que ver con la tristeza sino con algo más parecido a la logística del duelo: la cantidad de cosas que ya nunca ibas a poder preguntar.
—Perdona, estoy mirando esto —comentó, porque ya duraba mucho su silencio.
—Lo siento, te estoy interrumpiendo —dijo Anne al momento—. Y haciéndote preguntas que no vienen a cuento. No pregunto más.
—No, tranquila. Está bien. Cuando murió pensé en volver, pero quedaban muchas cosas por cerrar.
Y cuando quise darme cuenta había pasado tiempo suficiente para perder el ritmo laboral y para que la ciudad hubiera dejado de ser mi sitio.
Así que me planteé retomar el proyecto del hotel.
Un sueño con el que mi abuela y yo habíamos fantaseado desde que yo era una niña.
—Es bonito eso.
Sara sabía que Anne sonreía. Lo sabía aunque no la estuviera mirando. Ya sabía cuándo sonreía sin tener que mirarla, solamente por el tono de su voz.
—Sí que lo es. —Sonrió también, de cara a la caja—. Y es la oportunidad de hacer algo que me permita coger encargos parecidos. Y poder volver a la ciudad.
—¿Quieres volver?
—La verdad es que sí —sentenció—. Esto está bien, es mi refugio en el mundo, pero… no me siento plena del todo aquí. Demasiado aislada. Me faltan… cosas.
Lo dijo rapidísimo. Había sido como abrir una ventana y volverla a cerrar inmediatamente porque entraba demasiado aire frío. Hiperventilar durante dos segundos.
—Curioso —escuchó la voz de Anne planeando hacia ella—. Yo precisamente al revés: quiero volver.
Sara levantó la vista de la octava caja y la miró, sorprendida.
—¿Ah, sí?
Anne se puso nerviosa, de golpe y sin aviso, como le pasaba a veces por culpa de ese nervio suyo tan característico.
—Sí, bueno… No sé. Me apetece algo más pequeño. Más manejable. La capital a veces me agota; creo que ya le exprimí todo lo que tenía para darme y… aparte del negocio, creo que ya no me espera nada allí —relató, con tanta prisa como la que había tenido Sara por acabar su frase.
Y entonces hizo ese gesto. El que ya le había visto hacer en varias ocasiones. Se llevó los dedos a un punto del cuello y lo acarició suavemente, como si el movimiento la calmara o como si lo hiciera sin saber que lo hacía.
La oleada le llegó antes de que pudiera hacer nada con ella.
La garganta, el pecho, la tripa. Porque sí: ahí.
¿No era ahí justo donde le puse los labios por primera vez?
Si no era ahí, se parecía bastante. La piel caliente del cuello, el perfume frutal mezclado con el calor de dentro, el momento exacto antes de que todo se complicara.
Bajó la vista a la octava caja, luchando por no caer en la tentación de ponerse roja.
Abrió. Revolvió. Basura, basura, más basura.
Y debajo de toda la capa de cosas, el joyero.
Por fin.
Se le iluminó la cara y lo sacó, alzándolo.
—¿Eso es lo que buscabas?
—Sí.
Lo abrió y rebuscó entre las baratijas y algunas joyas mejores que había guardado su abuela. Al fondo estaba el collar: una cadenita de oro sencilla, apenas especial, de la que colgaba una llavecita dorada.
Sara la sostuvo un momento. Quince años tenía cuando se la regaló a su abuela.
Le había dicho, con esa solemnidad de adolescente que ahora le daba un poco de vergüenza recordar: «Es la llave de nuestro hotel».
Su juego favorito, juntas: montar un hotel.
Transformar aquella casa en un lugar que pudiera traspasar a las personas como las había traspasado a ellas.
Y su abuela la había mirado como si aquello fuera lo más serio del mundo. Y se la había puesto. Y la había llevado hasta el día que murió, y Sara le pidió a su prima que se la quitara y la guardara donde ella no pudiera verla.
—Esto se lo regalé yo cuando tenía quince años. Le dije que era la llave de nuestro hotel.
—Qué bonita historia. Estabais muy unidas, ¿no? Imagino que dejar todo y venir a cuidarla debió de ser muy difícil.
—Lo fue. —Hizo una pausa—. Pero cuando se trata de la persona que te ha alimentado, que te ha cuidado, que te ha aceptado tal cual eres y te ha enseñado a querer… se lo merecía.
Anne se había levantado y estaba frente a ella, al otro lado de la mesa. Se miraron un momento. Tenía los ojos un poco brillantes, y Sara pensó: no finjas que no los ves . Están ahí. Ella los deja estar.
—Es precioso esto que me has contado. Gracias por compartirlo.
Luego su sonrisa se volvió más traviesa. Un pequeño matiz que recordaba haber visto la noche del bar.
—De todas maneras —sugirió, con un punto divertido—, esta historia no era tan larga como me habías prometido.
Puso los brazos en jarras sobre las caderas y, por un momento, Sara solo pudo sentir una especie de adoración silenciosa por esa mujer vibrante, con esa energía tan particular que llenaba todo el espacio.
—La versión larga la dejamos para otro momento —musitó.
Luego intentó ponerse el colgante. Las manos se le resistieron; siempre se le había dado fatal abrocharse cosas por detrás.
—Espera, déjame ayudarte.
Antes de que pudiera decir nada, Anne le había dado la vuelta a la mesa y estaba detrás de ella. Sus dedos rozaron los suyos al recoger los extremos de la cadena, y Sara los soltó como quien entrega algo más que un collar.
Se sujetó el pelo para dejar la nuca al descubierto. Cerró los ojos.
Y entonces la casa entera y el mundo al completo se redujeron a ese palmo de piel.
La oyó colocarse. La respiración de Anne le llegó antes que ninguna otra cosa: un aire tibio, a intervalos cortos, golpeándole la nuca expuesta.
¿Estaba nerviosa? Anne. Nerviosa. Respiraba como respiraba en el bar, cuando bebía deprisa y no sostenía la mirada.
Sara archivó ese dato en algún sitio al que ahora mismo no podía atender, para analizarlo en algún momento del futuro y probablemente darle vueltas entre los dedos para sacar un gramo de esperanza.
No lo pienses.
No lo pienses todavía.
Ahora, toda su atención estaba en otra cosa: los dedos que todavía no habían llegado a tocarle.
Te va a tocar. La nuca. Con sus dedos. Estarán secos o húmedos. Calientes o fríos.
Intentará tocarla lo mínimo, seguro. ¿O dejará que el roce dure? Casi podía sentirlos ya. No los sentía todavía. ¿Dónde estaban? ¿Cuándo llegaban?
Existía un espacio de un segundo entre notar que los dedos se acercaban y el momento en que llegaban.
Un milímetro de aire. Sara vivió entera en ese milímetro: la piel se le adelantó, se erizó hacia un contacto que aún no existía, y el corazón le palpitó en un sitio absurdo, en la base del cráneo, justo donde estaba a punto de pasar todo.
No te muevas.
Si te mueves, se acaba.
Podía quedarse quieta. Eso sí sabía hacerlo. Llevaba cinco años sabiendo hacerlo.
Cerró los ojos.
Cuando los dedos llegaron, se quedó sin aire.
No era el contacto en sí. Era lo poco que pesaba.
Un roce tan leve que no debería ni registrarse y, sin embargo, se registró en todos los sitios a la vez: en la nuca, en los hombros, en la cara interna de los brazos, en las rodillas, que de pronto no eran de fiar.
El roce más dulce y delicado que había sentido, quizá, en años.
Los dedos trabajaron el cierre con una torpeza mínima —dos intentos, tres— y Sara rezó porque se resistiera. Que se atascara. Que no entrara. Que hubiera que empezar de nuevo.
—Por cierto… —La oyó decir detrás de ella, con un matiz de voz un poco nervioso—. No me has contado aún qué es lo que pretendes hacer con el desván.
Sara intentó que no se le notara toda la tensión que amenazaba con derribarla.
—Luego —musitó.
El clic del cierre sonó lejísimos.
Sara fijó la vista en la oscuridad de sus propios párpados e hizo inventario: no pudo saber si estaban secos o húmedos, calientes o fríos. Sí podía decir que el roce había… durado .
Cuando los dedos se retiraron, su piel los siguió.
Sara sintió la piel de gallina extendiéndose en oleadas —nuca, hombros, brazos— como si hubiera un campo de electricidad suspendido sobre ella.
Si Anne se había dado cuenta, Sara no podía hacer nada al respecto.
No había nada que pudiera hacer al respecto.
De verdad.
Llevaba cinco años sin poder hacer nada al respecto de cualquier cosa que importara, y ahí estaba otra vez, con los ojos cerrados y la piel disparada.
El tacto. El tacto te ayuda a olvidarte de tantas otras… cosas…
—Ya está.
Anne se retiró. Y al irse, apoyó una mano en su cintura —suave, apenas perceptible— y recorrió dos centímetros de la zona baja de su espalda al retirarla.
Dos centímetros.
Sara los contó. Los iba a estar contando toda la noche.
Se quedó congelada, de cara a las cajas, con una piel de gallina que ya no tenía nada que ver con el frío. Con unas ganas inmensas de tocarse la nuca, de sacarse de ahí toda esa electricidad que el cuerpo no sabía dónde meter, que el cuerpo nunca había sabido dónde meter.
—No me hagas cena, por favor —la escuchó ya lejos, yéndose hacia las escaleras—. Luego bajo y pico algo. Gracias por la conversación.
Ruido de pisadas en la escalera.
¿Seguía con los ojos cerrados?
Sí. Seguía con los ojos cerrados.