La casa del desierto Capítulo 11. Sara
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Capítulo 11. Sara

Sara puso los brazos en jarras y observó detenidamente las doce cajas apiladas en el suelo. No pesaban demasiado, pero bajarlas a pulso desde el desván hasta la cocina la había dejado con los brazos muertos y la nariz llena de polvo de décadas.

¿Otro cigarro antes de empezar?

Dios, no.

Rompió la cinta de embalar de la primera caja y empezó a sacar cosas, colocándolas en orden sobre la mesa.

Carpetas con papeles. Figuras de porcelana.

Un evangelio muy viejo que perteneció a alguien que no debía de ser su abuela, quien nunca se preció de ser demasiado beata.

Lo abrió y vio escrito en una esquina un nombre que no reconoció.

Lo tocaba todo con cuidado. Con las manos, antes que con la cabeza: era lo que hacía siempre que necesitaba concentrarse de verdad, porque el tacto era lo primero que conseguía anclarla al presente y eliminar el ruido de fondo.

Daba igual si levantaba planos, dibujaba bocetos o destripaba las cajas que le quedaban después de dos años con el duelo a medias. Eso no había cambiado.

Lo que sí había cambiado era el ruido de fondo.

Antes, el ruido era la incertidumbre del proyecto, el dinero, los plazos.

El agujero de los últimos cinco años que a veces sentía que nunca iba a poder tapar.

Ahora seguía siendo todo eso, solo que encima de toda esa montaña estaba ella, a veinte metros en línea recta, en la habitación del piso de arriba, «ordenando notas e ideas» —o, más bien, durmiendo la siesta, que era lo que Sara sospechaba: la casa llevaba cuarenta y cinco minutos en silencio absoluto.

La comida había ido bien. «Bien». Formal, un poco tensa, con los silencios justos.

Pasta fresca comprada el día anterior, salsa de bote, quince minutos de preparación.

Le había dado una chispa al conjunto con una mezcla de especias y unos aperitivos que había montado con un poco de mimo.

Cuando Anne bajó de la habitación después de dejar sus cosas, la mesa ya estaba puesta.

Una a un lado, la otra al otro, con toda la inmensidad de roble viejo entre ellas como si el universo también hubiera querido poner algo sólido de por medio.

Hablaron del proyecto con la cabeza, no con el pecho. Preguntas pertinentes, reflexiones pertinentes, respuestas pertinentes. Lo que correspondía. Sara lo agradeció. Y lo encontró agotador en igual medida.

La segunda caja que abrió traía cacharros de cocina viejísimos que no entendía cómo habían sobrevivido tanto tiempo. La apartó junto a la basura y anotó mentalmente lo que ya sabía que iba a hacer igualmente: preguntarle a Anne si tenían valor decorativo.

Era un poco ridículo, reconocía. Tenía criterio propio más que suficiente para saber que unos cacharros con la loza descascarillada y el asa rota no eran piezas de museo.

Pero había empezado a hacer eso. A buscar sus segundas opiniones cuando ya tenía decidida la primera, como si necesitara el pequeño pretexto de tener algo que consultarle.

Lo que valía era que Anne siempre le daba algo: no solo confirmación, sino un ángulo que a ella se le había pasado.

Miraba las cosas sin el peso de haberlas heredado.

Con una limpieza que Sara, en esta casa, con este contenido, ya no tenía.

La tercera caja no cedió a la primera ni a la segunda, y Sara terminó rajándola entera de un tirón.

Tranquila, amiga. No te pases.

Seguía irritada. No con Anne: consigo misma, que era bastante peor, porque no había manera de irse de allí.

¿Por qué cojones tuviste que entrarle? Con toda la información sobre la mesa, ahora parecía fácil haber elegido otra cosa.

Pero es que no había otra cosa. No había información.

Había una mujer, en un bar, que le miraba la boca de aquella manera, y Sara era humana y llevaba demasiados meses siendo exactamente lo contrario.

¿Cómo iba a saber que la chica del bar era Julianne?

La tercera caja solo tenía ovillos de lana, agujas y cosas a medio coser. Lo siento, abuela. No podemos guardarlo todo. Basura.

Y lo peor era que por culpa de su deseo —de ese impulso tan suyo de lanzarse cuando quería algo antes de pensar, cosa que ya apenas hacía— había cargado el ambiente entre las dos con una textura que ahora no había manera de sacar.

Como intentar coger un globo de helio que se había atascado en el techo.

No llegabas. Y cuanto más estirabas el brazo, más ridícula te sentías.

Lo mejor sería abrir la ventana y dejar que se fuera volando.

Cinco años de no querer arriesgar para llegar hasta aquí y, al final, seguir saboteándote solita. Eso sí que era un currículum.

La cuarta caja la abrió a pulso. La cinta cedió con un sonido que retumbó en los techos altos y la sorprendió hasta a ella.

Ahí fue cuando oyó un leve crujido, como algo que se hubiera movido de sitio, y levantó la vista.

Anne la miraba, sentada en la escalera, con las rodillas dobladas y las manos cruzadas encima.

No dijo nada. No hizo ningún gesto de disculpa por estar ahí.

Simplemente estaba, observando el espacio con la misma calidad de atención que ponía en todo lo que hacía, esa mirada de inventario silencioso que Sara había aprendido a reconocer en las últimas cuarenta y ocho horas.

—¿Qué haces ahí? —preguntó, entre divertida y exasperada.

—Mirar. —Se encogió de hombros—. Me ayuda a entender el espacio. Y a pensar.

—¿Llevas mucho?

—Poco.

Sara absorbió la respuesta y decidió no preguntarle cuánto era poco. Mejor así.

—¿Qué haces?

Sara dejó salir un largo suspiro.

—Revisar las cosas de mi abuela que siguen en el desván. Busco algo que tiene que andar por aquí.

—Ajá. ¿Puedo trabajar en la mesa?

El primer impulso fue decirle que hiciera lo que quisiera, que ya le había dicho que tratara la casa como si fuera suya. El segundo fue el contrario: que no lo hiciera, que se quedara arriba, que guardara la distancia suficiente para que Sara pudiera seguir respirando con normalidad.

—Sí —fue lo que le salió finalmente.

Anne se acercó con el portátil y se instaló en el extremo más lejano de la mesa.

Lo abrió, pero no tecleó nada. Se quedó observando lo que Sara iba sacando de la cuarta caja: papeles.

Más papeles. ¿No va a dejar de mirarme? Y entonces, entre carpetas de cuentas y hojas sueltas, los cuadernos.

Los poemas de su abuela. Los cuentos cortos con la letra diminuta que escribía siempre en lápiz porque decía que así podía borrarlo todo si cambiaba de opinión.

Sara los reconoció por el tacto antes de verlos del todo y detuvo las manos.

Estos sí. Estos, aparte.

Por favor, ¿podrías apartar la vista y ponerte con tus cosas?

Volvió a guardar los cuadernos en la caja que tenía apartada con cuidado sobre la encimera de la cocina.

—¿Te puedo ayudar? —La oyó decir, las palabras flotando desde el otro lado de la mesa.

—No.

Y preguntas demasiado. Pero lo dijo solo por dentro, y no con irritación sino con algo más parecido a la extrañeza.

Porque Anne preguntaba mucho, sí; pero no para llenar el silencio.

Preguntaba porque le importaba la respuesta, y esa diferencia —que Sara tardó un día entero en nombrar, pero que había estado sintiendo desde la primera mañana— era la que le resultaba más difícil de gestionar.

Que le importaran las respuestas era, con diferencia, lo más complicado de todo.

La quinta caja: tres álbumes de fotos. A la caja de la encimera.

—¿Te puedo hacer una pregunta personal?

Sara aguantó la respiración y dejó las manos quietas sobre la sexta caja, justo antes de abrirla.

—Dime.

—¿Cómo es que trabajas en una gasolinera? No me entiendas mal —se apresuró a matizar—. Es que tienes un talento y un nivel para el diseño de interiores… simplemente es algo que me ha sorprendido.

Soltó el aire. Eso. Era eso. No otro tipo de pregunta personal.

—Ya te conté que no ejercía, ¿no? —respondió Sara, traspasada por esa pequeña punzada que le daba siempre cuando recordaba esas conversaciones por email incrustadas en su cabeza.

—Sí. Esa larga historia que luego no era tan larga, ¿no? Quedaste en contármela.

Sara cerró un momento los ojos. Lo que no le había contado a nadie en el pueblo —que la semana antes de volver a hacer la maleta, hacía cinco años, había estado a punto de no hacerlo, que había alguien a quien había tenido que dejar en la ciudad y eso se perdió para siempre, y que ese momento fue el que más le costó de todo lo que había pasado en los últimos cinco años— no lo iba a contar ahora, con las manos manchadas de polvo de archivo y las rodillas aún temblorosas de bajar cajas.

Pero la historia de la gasolinera sí podía contarla. Llevaba contándola desde que volvió. Ya casi ni le dolía.

—De acuerdo. Ponte cómoda. —Sonrió, a pesar de que algo en su interior seguía resistiéndose.

—Ya lo estoy. —Se rio suavemente.

Sara se preguntó qué había querido decir con eso.

—No es ninguna historia especial. Trabajé quince años en arquitectura y en interiorismo, en un estudio con clientes de ticket muy alto, proyectos con grandes presupuestos y muy corporativos. Un día mi madre me llamó y me dijo que no podía sola con mi abuela. Así que lo dejé y volví.

Y así es como Sara simplificó y minimizó una de las decisiones más trascendentales de su vida. La que la había traído a este punto exacto.

—Vaya. —Silencio—. ¿Y tu abuela?

—Ya no vive. Volví hace cinco años y murió hace dos. Al final resistió mucho más de lo previsto —comentó, con cierta nostalgia.

—¿Y la gasolinera?

—Aquí no hay mucho trabajo de lo mío, como imaginarás.

Por suerte, mis gastos son bajos: la casa en la que vivo es mía, tengo otra alquilada en la ciudad y algo de herencia.

Pero cuando murió mi abuela no quería quedarme de brazos cruzados.

Surgió lo de la gasolinera en cuanto pregunté y lo cogí.

No es que me divierta mucho, pero es dinero para el proyecto.

—¿Y no te planteaste volver a la ciudad y sacarlo desde allí?