Capítulo 12. Anne #2
Se metió en la cama al poco rato. Colchón bueno, almohada buena, detalles elegidos con finura, con la precisión de alguien que quería que esto funcionara y que la gente fuera feliz aquí.
El olor del ambientador llegaba hasta aquí, más tenue que en el resto de la casa, como un eco.
El proyecto era sólido. El trabajo estaba avanzando bien.
Tenía que concentrarse en eso: en el trabajo, en lo que la trajo aquí, en lo que podía ganar o perder dependiendo de cómo se comportara los próximos días.
Se estiró. Se encogió. Se dio la vuelta.
Duerme.
Lo intentó. Con mucha fuerza. Pero su cabeza no paraba de trabajar, estaba sobreestimulada con toda la información.
Se incorporaba, cogía el ordenador, anotaba cuatro cosas.
Hacía esfuerzos por cerrarlo otra vez, bajar los párpados, apagar la mente.
Pero entonces llegaba otra idea, otro matiz, otro recordatorio. No había manera de parar.
Y a las doce y media hacía mucho, mucho frío.
El desierto de noche tenía esa temperatura particular, seca y sin gradaciones, que no era el frío húmedo de la ciudad sino algo más nítido. Anne llevaba un rato notándolo en los pies, en los hombros. Tenía un nórdico, sí. Debería ser suficiente.
A la una de la mañana dejó de serlo.
Anne conocía ese frío. Llevaba años durmiendo en habitaciones de apartamentos y hoteles, sabía cuándo un edredón de cuatro estaciones llegaba y cuándo no llegaba, y este no llegaba. Tampoco había encontrado mantas en la habitación.
Añadió a la lista: sugerir comprar edredones más gruesos. O, como mínimo, tener un par de juegos de edredones para…
Tiritó.
Le vino a la mente la propuesta de calefactor de Sara.
Algo de un sótano. Pero como en ese momento estaba más pendiente de la boca de Sara que de las instrucciones de la casa, no terminó de entender lo que le estaba diciendo.
Y no se iba a poner a encender todas las luces de la casa a la una de la mañana para bajar a un puto sótano.
Añadió a la lista: resolver problema de frío. Valorar instalación. Como mínimo, calefactores en todas las habitaciones.
Añadió a la lista: ser menos idiota la próxima vez.
A la una y media de la mañana se había puesto más ropa encima, pero algo en el conjunto no terminaba de funcionar.
Es que febrero en el desierto, Anne. Tanto control de todo y se te ha escapado este pequeño y miserable detalle.
A las dos y diez de la mañana, el frío ya era definitivo.
Se sentó en la cama y pensó. Ponerse más ropa estaba descartado.
Bajar al sótano, un espacio que no había visitado, también: lo había descartado dos veces y cada vez sonaba peor.
Que llevara días durmiendo mal por esa mujer y ahora se sumase no dormir bien por culpa del frío le parecía una cantidad injusta de inconvenientes en tan pocos días.
Decidió hacer algo. Algo como… suplicar a Sara que bajase al sótano a por un calefactor — ni de coña — o, como mínimo, que le dejase acurrucarse contra el suyo en el maldito suelo.
Salió al pasillo y llamó a la puerta con los nudillos. Suave. Nada. Un poco más fuerte. Nada.
Abrió.
La habitación olía a ambientador más intenso y a sábanas limpias. Sara parecía dormir profundamente, boca arriba, los brazos extendidos a los lados de la cabeza. Uf, adorable. Tenía un calefactor pequeño encendido en la esquina.
El golpe de calidez que notó al entrar contrastó con la frialdad del pasillo.
Se acercó a la cama, avergonzada. Le tocó apenas el brazo.
Sara despertó de golpe, confundida.
—¿Qué? ¿Qué pasa?
—Perdona. Soy yo. —Anne no pudo evitar agacharse un poco, deseando que la tierra la tragara. Siguió hablando en susurros—: Lo siento, es que estoy helada y no encontré mantas. Si me dices dónde están…
Sara se removió debajo del edredón.
—El armario —dijo, medio dormida—. El que tiene la puerta que chirría.
—Vale. Perdona. Sigue durmiendo. Pero… ¿dónde está?
—¿El qué? —susurró Sara.
—El armario que chirría. ¿Está en esta planta, o…?
—El sótano.
Dios. El maldito sótano no.
—Pfff —resopló. Luego trató de pensar rápido—. ¿Te importa si duermo ahí? —señaló con la barbilla el suelo, a pesar de que Sara no podría verlo en la oscuridad—. Me voy pronto. Solo hasta que amanezca.
Ni siquiera estaba segura de que Sara hubiera abierto los ojos en todo este tiempo. Lo que sí vio fue que le señalaba el otro lado de la cama, una cama lo bastante grande , y retiraba el edredón como para dejarle paso.
—Vale —musitó.
Dios. Otra malísima idea. Una cadena de ideas malísimas, todas seguidas, desde que puso el pie en esa gasolinera.
Pero ahí dentro hacía calor. El calefactor, la manta, el edredón. El olor de esa casa que a estas alturas Anne ya tenía grabado en el cerebro.
Estaba jodida.
Y acabó por meterse en la cama.
Aguantó la respiración y se quedó de lado, lo más lejos posible del cuerpo de Sara, mirando la pared. Notó que Sara se daba la vuelta hacia el otro lado y su respiración se acompasaba de nuevo al ritmo del sueño.
La cama era amplia. Uno cincuenta. No tenían por qué rozarse.
Para rozarse tendrían que quererlo, moverse la una hacia la otra, buscarse en el medio.
O girarse, desplazarse sobre el colchón y pegarse contra su espalda.
Rodearle el cuerpo con un brazo. Extender un pie hacia el centro de la cama, por si acaso.
O que fuera ella la que se girara y viniera hacia Anne, que la colocara boca arriba, se pusiera sobre ella y la atrapara entre sus brazos en la oscuridad.
El pellizco que le dio la imagen de esa escena en el estómago la dejó más helada todavía que el frío y terminó por despertarla del todo. De repente estaba despierta, alerta, como si cada terminación nerviosa del cuerpo se hubiera puesto en modo de espera.
Lo único que separaba a Anne de Sara en este momento era la decisión de no hacerlo.
Que se gire. Que acerque el cuerpo. Quiero notarla. Detrás de mí. Que haga lo mismo que el otro día, aquí, en la cama, en la oscuridad. Si vienes no te dejo escapar esta vez, te lo juro.
¿Y qué harás si se acerca?
Si se acerca, me rindo. Punto.
En algún momento, la respiración de Sara se cortó. Un segundo, dos, tres. El silencio exacto de alguien que acababa de despertarse y no se movía. El corazón de Anne se desbocó y se quedó petrificada. Los ojos muy abiertos en la oscuridad, sin atreverse ni a tragar saliva.
Está despierta. Sabe que estoy aquí.
Ninguna de las dos se movió.
Ni un centímetro.
La cama entera convertida en un campo de minas. Capaz de hacer saltar todo por los aires al más mínimo roce.
Y luego la respiración de Sara volvió, despacio, poco a poco, al ritmo profundo de antes.
Ya está. Nada.
Anne sintió que se le escapaba la tensión como si alguien hubiera dejado de apretarle la garganta. No iba a venir. Lo sabía tan bien como sabía que el ansia que sentía con todo esto era incontrolable y le iba a acabar estallando en la cara.
¿Pero cómo iba a venir? Y menos después de lo del otro día.
Tampoco iba a ir ella. Colarse en la cama de alguien medio dormida era una cosa; arrastrarse por el colchón hacia esa persona en la oscuridad era otra completamente distinta. Un atropello. Una imbecilidad que no podría permitirse.
Aunque le costara.
La puta.
Vida.
Cargar.
Con esto.
En lugar de dormir, se dedicó a contar los segundos que quedaban para levantarse sin resultar descortés y no morirse de frío por fuera, mientras un calor incomprensible y completamente fuera de lugar se extendía dentro de su cuerpo.