La casa del desierto Capítulo 9. Anne
36%

Capítulo 9. Anne

—Ayer por la tarde tomé notas de la casa. Hoy me gustaría contrastar contigo el proyecto: distribución, posibilidades, explotación.

No levantó la vista. No se atrevía a mirarla; si la miraba, se desmontaba ahí mismo, enterita, de arriba abajo. ¿Se estaría dando cuenta de que le temblaban un poco las manos? ¿De que le sudaban al coger el pan? Anne, controla, mujer. Ya no estás para estos trotes.

Le soltó todo el discursito que traía preparado. Sara solo confirmaba. Parecía un poco más relajada que ayer, pero seguía seca. Impasible. La mitad del tiempo lo pasó con los brazos cruzados, muy seria. En el bar no estuvo nada seria; en el bar tenía esa sonrisa que le rompió todo por dentro.

Esto es insoportable.

Anne dio por hecho que seguía sin perdonarla. Pero ya había estropeado todo bastante, así que mejor no hacer nada. Fingir normalidad. Aguantarse las ganas que se le habían quedado atascadas, no resueltas.

¿Las ganas de qué?

Anne. Deja de meter la pata en todas partes y céntrate en lo tuyo. Olvídate de esto. Ya.

Que sí. Pero que no podía. No del todo. No era fácil.

Lo intentó, y entonces volvió a sentir esos dedos apretándole la parte baja de la espalda y se le escapó un latigazo sin querer.

La noche del baño se lo pasó mucho mejor de lo que quiso reconocer en el momento.

Lo que sucedía es que… lo que pasó. Este bloqueo de mierda.

Ya, mucho bloqueo, pero luego Sara te derribó las defensas en medio minuto.

Te puso en punto muerto. Era exactamente el tipo de mujer capaz de doblarte en dos, ponerte de espaldas contra una pared y hacer que el corazón, el vientre y el espacio entre tus piernas se pusieran a latir a la vez.

Exactamente el tipo de mujer a la que le dejarías hacer contigo cualquier cosa.

Anne terminó el desayuno. Menudo festín le había preparado.

Sara apenas había comido la mitad que ella y, aun así, se había levantado a por pan del día, había pelado la fruta, había cortado el aguacate en láminas finas, casualmente las que le gustaban, en vez de partirlo de cualquier manera. Detalles. Tonterías sin importancia.

Pero no eran tonterías. Eran decisiones.

Alguien que decidía cortar el aguacate de la forma en la que mejor se apreciaba su sabor.

Alguien que, con todos los motivos del mundo para servirle el café de mala gana y mirar hacia otro lado, había elegido cuidarla en lo pequeño.

Nadie nunca le había preparado una fruta.

Y esta mujer, que le dosificaba la frialdad justo para que no se le olvidara que no estaba perdonada, le tostaba el pan en el punto justo.

Lo intuía desde los emails —esa manera de pensar, de no dejar un cabo suelto—. Lo confirmó la noche del hotel. Ayer se le deshizo entre el portazo y el veneno. Y ahora volvía, intacto, aunque Sara se empeñara en esconderlo bajo siete capas de hielo.

—¿En quince minutos aquí abajo? ¿Podrás?

La vio coger un paquete de tabaco y estrujarlo. ¿Fumaba?

Su boca no sabía a tabaco. Recordaba perfectamente el sabor de su boca. Y no llevaba tabaco. El recuerdo le golpeó como una tabla de madera contra la frente.

Anoche la había visto fumando ahí fuera, desde su balcón. Sara la había evitado la tarde entera, cena incluida: le dejó algo de picar preparado y llamó suavemente a la puerta de su habitación para avisarla. No le dio tiempo ni a darle las gracias; cuando abrió, ya había desaparecido.

Luego la vio desde la ventana, en el círculo de luz de la entrada.

Un puntito microscópico de luz que ahora sabía que era la brasa de un cigarro.

Le gustó observarla: tan presente, tan tranquila.

Estuvo tentada de bajar y preguntarle si podía sentarse a su lado un rato.

Algo le pedía conocerla más: el cuerpo le tiraba; la cabeza, todavía más.

Pero se frenó a tiempo. No quería estropear más las cosas ni crear más situaciones incómodas.

Esto no iba de tensar la cuerda. Iba de sacar adelante un proyecto. Y de lo de ser socias —recordó con amargura— se podía ir olvidando.

Anne. Largo de aquí. Vamos.

Se levantó y subió a su habitación. Preparó el ordenador, las notas. Se miró en el espejo del armario antes de bajar, se hizo un par de retoques.

¿Voy bien? Creo que sí. ¿Podrías haber escogido ropa más cómoda? Podría. ¿Lo has hecho?

No.

Ese «no» se quedó dibujado en el aire, tan nítido, tan claro, que le dio hasta vergüenza mirarlo.

Añadió a la lista: intentar parecer un poquito menos obvia.

¿Dijo que había dormido bien? Mentira. Había dormido como el culo, dando por hecho que ya había perdido la posibilidad de gestionar ese proyecto maravilloso. Pero era experta en fingir. Siempre lo había sido.

Dio millones de vueltas en la cama. ¿Y si…

? ¿Y si Sara llamara suave a la puerta, solo para saber si estás bien, si tienes todo lo que necesitas, y tú le dijeras «pasa, cierra la puerta»?

A las doce de la noche la oyó pasar de largo hacia su habitación y por un momento se le abrió un agujero en el estómago de los nervios. A las dos de la mañana enterró la idea.

Volvió a bajar a los quince minutos, tal y como habían quedado, con la mejor de sus sonrisas, como si no pasara nada. Sara había recogido la cocina y la esperaba sentada ante la mesa de madera.

—Esta mesa es el corazón de la casa, ¿verdad?

Sara sonrió, y en esa sonrisa Anne vio un poco de todo: felicidad, comprensión, nostalgia.

—Sí.

—¿De dónde salió? ¿Tiene una bonita historia que contar? Ya sabes que todo sirve para construir una buena historia.

Sara volvió a sonreír.

—La verdad es que, cuando yo llegué, ya estaba aquí.

—¿Cuántos años tiene esta casa?

—Más de cien. Siempre perteneció a la familia de mi abuela.

—¿Puedo ponerme aquí a trabajar? —Señaló la mesa.

—Claro.

Anne abrió el ordenador y desplegó sus carpetas.

Sacó papeles que Sara debía de conocer bien, porque los había hecho ella; otros eran suyos.

Lo extendió todo al alcance de la mano y se sentó enfrente.

Las separaban dos metros de mesa y, aun así, supuso que Sara podía oler su…

¿tensión? … desde el otro lado de la madera.

—¿Tienes impresos todos los documentos que te he enviado? —preguntó Sara, sorprendida.

—Claro.

Sara no dijo nada más y Anne arrancó con la batería de preguntas. Trabajar la colocaba en su sitio: el único terreno donde tenía todo muy bien ordenado y solía acertar en las previsiones.

—Empiezo por lo básico. He contado seis habitaciones en total. Siete con una que encontré en esta planta. ¿Es correcto?

—Correcto.

—De las seis que vi, tres no tienen baño propio. ¿Has pensado en añadírselo?

Sara se inclinó hacia delante, apoyó los codos en la mesa.

—Lo tenía previsto, sí. Pero quería tu opinión. Hacer un baño implica perder metros de habitación y reducir mobiliario.

—Veamos.

Anne sacó los planos que Sara le había enviado y los puso en el centro, entre las dos.

Se inclinaron sobre ellos. Los dos metros que las separaban se habían convertido en medio metro.

Habían perdido espacio entre ellas, al igual que estaban perdiendo espacio las habitaciones.

Pero ninguna de las dos se movió para ganar un poco más de sitio.

—Mira —señaló Sara, inclinándose un poco más y retando al corazón de Anne a ir un poco más rápido—, son estas tres. Fíjate en lo que miden. Un baño mínimo necesita dos metros cuadrados y no sé si sería muy confortable.

—Ya veo —murmuró Anne, casi para sí, mientras se obligaba a rebajar pulsaciones.

—Si quieres, luego lo vemos sobre el terreno.

—Vale. Pero para el concepto de hotel que manejas, yo diría que el baño es imprescindible.

Un baño común para tres habitaciones podría dar juego en precios, pero sería incómodo para el resto de huéspedes.

Nadie quiere salir al pasillo y cruzarse con alguien corriendo en albornoz, dejando el suelo húmedo.

Sara se rio suavemente y se estiró un momento, pensativa, mirando a un punto inconcreto de la cocina. Luego recuperó la posición.

—Tienes razón, no lo había pensado así. Mejor perder metros.

—Eso funciona si los tienes en zonas estancas o en plantas separadas; si no, no lo veo. Y en vez de armario amplio, uno compacto. O incluso un perchero tipo burro como apoyo de mobiliario. He calculado una estancia media de tres días: no se necesita mucho más espacio.

—Buena reflexión.

Se miraron un momento. Sara tenía la misma mirada penetrante y directa que sacó en el bar, la que dejaba a Anne petrificada. Si se fijaba bien, pensó, Sara podría verle perfectamente el latido de la vena de su cuello, que ahora iba a su ritmo.

—Vale, seguimos. —Anne bajó la vista y deshizo el hechizo. Por su propio bien.

Paseó el dedo por encima de los planos.

—Aprovechando que los tenemos delante, te hago algunas preguntas más.

Hablaron de los espacios para zonas comunes.

De habilitar el desván, sacar otro salón en la primera planta, jugar con el sótano.

¿Hacía falta un comedor? Anne creía que no, y Sara tenía dudas pero, en esencia, pensaba lo mismo: aquella mesa de madera y otra en la zona de salón bastaban para los desayunos.

—¿Crees que la gente querrá desayunar en una mesa corrida como esta?

Anne contestó distraída mientras tomaba notas rápidas en su ordenador.

—Se pueden hacer turnos. Dejas hueco entre comensales, tendrás dos en cada habitación y ocasionalmente tres o cuatro. Te apoyas en las mesas que tienes allí atrás y listo.

—Comidas y cenas descartadas, ¿no? —preguntó Sara, con cara de susto.

—Sí. Pero hay que analizar la oferta del pueblo y plantear alternativas, teniendo en cuenta que está a diez, quince minutos en coche. Máquina de vending, acuerdo con algún restaurante que entregue… Ya veremos. Lo apunto y lo hablamos al final, con la foto completa.

Se habían quedado clavadas en la misma postura. Inclinadas sobre la mesa, a menos de medio metro ya. Anne había dejado de anotar y volvían a mirar los planos sin mirarlos, porque ya no estaban hablando exactamente de planos. Y seguían sin retirarse.