La casa del desierto Capítulo 8. Sara
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Capítulo 8. Sara

Tres años. Tres años enteros sin tocar un cigarro, y le había bastado un solo día para tirar los buenos propósitos por la ventana.

Compró una cajetilla al ir a hacer la compra, solo por si acaso.

Se encendió el primero la noche anterior, ya tarde, cuando asumió que el desasosiego seguía instalado en el pecho como un inquilino que no piensa pagar el alquiler.

Le pareció buena idea. A la una de la madrugada le parecían buena idea muchas cosas.

Dos caladas. Le supo a ceniza y a derrota.

Lo tiró. Después se acordó de que había una mujer durmiendo en su casa, en la planta de arriba, y se encendió otro.

Dos caladas más.

Fuera.

Se acomodó en la manta y miró al frente, donde no había nada que ver porque la noche del desierto era un agujero sin fondo.

Daba igual. Sara se sabía esta tierra de memoria y podía invocarla con los ojos cerrados: las cárcavas, los barrancos, la línea de las mesetas contra una oscuridad apenas más clara.

Una silla, una manta, una cerveza y esa negrura latente justo delante.

Su plan favorito del mundo. El único que casi siempre la ponía en su sitio.

Aquella noche no la puso en ningún lugar.

Tampoco lo hizo la casa, y eso fue lo que de verdad la asustó, porque la casa llevaba toda su vida siendo su refugio.

Ahí fuera, contando las pocas estrellas que aún se molestaban en seguir encendidas, lo entendió con una claridad fría y antipática: la casa no la protegía de nada.

Las paredes la aislaban del viento, del frío, de los kilómetros de nada que la rodeaban.

De la mujer que dormía arriba y de todo lo que representaba, no.

Se quedó un rato largo. Esperando.

Y vale, si tenía que ser sincera —que no le apetecía, pero a aquellas horas ya daba igual—, no solo esperando. Deseando que bajara. Que apareciera descalza en el umbral, que dijera cualquier cosa, lo que fuera.

No bajó. Y lo entendía. Ella tampoco habría bajado.

Lo que no entendía era la otra cosa. La de fondo. Porque Sara llevaba años con un cajón bien cerrado y bien etiquetado —ya no— donde había ido metiendo, una a una y sin hacer ruido, todas las cosas que dejó de ser.

Una arquitecta talentosa. Una mujer que lograba lo que quería. Una mujer con una vida trepidante. Una mujer que tuvo relaciones preciosas al alcance de la mano. Una mujer que se llevaba a casa a la chica del bar. Y le iba bien así, o eso se decía: lo que no se desea no se pierde.

Y entonces apareció J., Julianne, Anne, con su abriguito imposible y su coleta minúscula, y le reventó el cajón de una patada, y la obligó a enfrentarse cara a cara a un montón de sensaciones que Sara creía amortizadas hacía siglos.

Eso era lo que la tenía fumando a la una de la madrugada. No el deseo. Más bien la pérdida.

A la mañana siguiente, tras un sueño ligero e inquieto, se dedicó a batir los huevos con más energía de la necesaria y los lanzó contra la sartén, donde comenzaron a chisporrotear con un escándalo que agradeció porque llenaba el silencio. Y el silencio aquella mañana era insoportable.

El plan era sencillo: desayunar, dejarle el plato listo y luego escapar.

Perderse en el desierto el mayor número de horas posible.

El día anterior ya lo había necesitado. Dos veces, de hecho: la primera, con la excusa de la compra; la segunda, sin excusa ninguna, porque de pronto la sentía cerca y se asfixiaba, como si esa mujer le robara el oxígeno de la casa por el simple hecho de respirar dentro de ella.

Al menos aprovechó para resolver lo del apartamento durante la visita a El Vado. Isaac le lloró lo suyo, faltaría más.

—Voy a perder dinero —gimoteó.

—Sabes que ahora mismo no lo alquilas ni a tiros, cabrón. No has perdido nada —respondió Sara, aséptica, levantando una ceja.

—Pero he dejado de ganar.

Acabaron pactando que Sara le pagara un tercio de la factura. Y fue mientras regateaba ese tercio cuando se enteró, de pasada, como quien no quiere la cosa, de que la reserva era de seis días. No de cuatro. Ni de cinco. Seis días.

A Anne le había dicho, simplemente, que ya estaba todo arreglado.

Sara sacó los huevos de la sartén y se quedó con la cifra atravesada.

Seis días. ¿Por qué seis y a mí cuatro? ¿Por dejarse un margen de huida?

¿Por no comprometerse a nada? No le pegaba.

La Julianne de los correos no era así: la Julianne de los correos lo apuntaba todo, lo medía todo, no dejaba un cabo suelto ni queriendo.

Y ahí estaba el problema, justamente: que Sara se pasó semanas idealizando —o dejándose enamorar— de una manera de pensar.

De una cabeza. De alguien que contestaba un email a una hora rara con una idea mejor que la suya y una posdata que la hacía reír sola en la gasolinera.

Se enganchó a eso antes de saber que era medio pelirroja, que tenía pecas, y que era un puto manojo de nervios.

Y además — venga, sé sincera de una vez — había una pregunta que llevaba esquivando toda la mañana como quien rodea un charco para no mojarse: ¿de verdad te molestaron solo las formas? Porque eso era lo que se había estado contando. Que lo que le sentó mal fueron las palabras.

Mentirosa.

Claro que le dolió que no pasara . En aquel baño, con esa mujer empotrada entre la pared y su propio cuerpo, a la que comenzó a desear como hacía muchísimo que no deseaba a nadie. El deseo frustrado y la sensación de rechazo se le habían clavado bien hondo.

Ya está. Dicho.

No hacía falta gritarlo a los cuatro vientos; bastaba con admitírselo delante de una sartén a las ocho de la mañana.

Acababa de pegarle un buen bocado a sus huevos revueltos cuando se oyó movimiento arriba. Una puerta. Pasos.

Y Sara se descubrió haciendo lo que llevaba practicando desde el minuto exacto en que las dos cruzaron el umbral de la casa: rastrearla. Localizar el ruido, situarlo en el plano, calcular la distancia. Saber en todo momento dónde estaba para poder mantenerse lo más lejos posible.

Igual tendrías que insonorizar mejor la casa.

Igual el problema no es el aislamiento acústico.

La notaba en cada esquina, en cada rincón, en la puta habitación de al lado. Respirando, aunque no la oyera. Y se le estaba empezando a hacer eterno.

Terminó de tomar su desayuno de pie, con el café bien caliente, decidida a recuperar algo parecido a la cordura.

Tienes que concentrarte en el proyecto. Para eso estáis aquí.

Es lo que te juegas: el futuro entero, ni más ni menos, y no puedes andar desconcentrada como una cría de quince años con su primer enamoramiento.

Dale espacio. Déjala trabajar. Pide resultados. Punto.

Punto, sí.

Olvídate de cómo te recorrió el labio con la lengua.

Punto y aparte, mejor.

Unos pasos en la escalera le rompieron el hilo de pensamiento. Y lo verdaderamente humillante —lo que la dejó atónita consigo misma— fue notar cómo el pulso le subía un escalón entero solo con saber que bajaba.

Concéntrate. Solo. En el trabajo. Olvida. Todo. Lo demás.

J. —Anne, qué extraño se le hacía llamarla así— apareció con el pelo húmedo, una camiseta de algodón blanco, unos pantalones vaqueros finos y holgados, y las otras zapatillas tan poco apropiadas para pisar un desierto como las anteriores.

«Conozco bien la zona», le había dicho. Sara, que llevaba años viendo llegar gente a aquel paisaje, podría jurar ante un tribunal que nadie que conociera bien la zona se calzaba aquello.

—Buenos días. Qué bien huele.

Se acercó a la mesa, risueña, como si el mundo fuera un sitio fácil.

Vaya. Una que parecía haber pasado página. No como otras.

—Te he preparado el desayuno. —Sara tragó ese brebaje de puchero llamado café con cierta dificultad y le señaló el plato.

—Gracias, no tenías por qué.

Ya le había dicho que de las comidas se encargaría ella. Sara se mordió las ganas de recordárselo. Por el amor de dios, no vamos a tener una discusión a las ocho de la mañana por un plato de huevos.

Le había montado una tabla con cuidado y prefirió no pararse a pensar por qué; seguramente, por lo mucho que le gustaba impresionar a la gente con sus dotes de…

lo que fuera. Incluía huevos revueltos, rodajas de aguacate, pan del día, unas lonchas de queso de la zona, un hueco con fruta pelada y cortada, una buena taza de café.

—No he tostado el pan porque es del día y yo lo prefiero así. Pero te lo tuesto en un momento —añadió, considerando que era una apreciación importante.

—¿En serio has ido a por pan? —preguntó ella, mientras miraba el desayuno con deleite.

—Claro.

—¿Cuándo?

—Hace un rato.

—No me he enterado de nada. —Pinchó un trozo de fruta, se lo llevó a la boca y cerró los ojos medio segundo mientras lo saboreaba—. Qué bien se duerme aquí.

Sara dejó de respirar.

No fue por su expresión de placer. Fue por el segundo en que cerró los ojos.

Fue por lo que hacía su garganta al tragar, y la mano que tenía apoyada en la mesa —abierta, relajada, como si aquella fuera su casa y todo fuera sencillo—.

Sara miró esa mano más tiempo del que debía.

La muñeca. La línea del brazo desnudo, un brazo que no había visto sol en mucho tiempo.

El borde de la camiseta blanca. Tendría que apartar la vista. Si no apartas la vista, estás jodida.

Cuando volvió a mirarle la cara, Anne había levantado los ojos del plato y la estaba mirando a ella.

Un segundo. Dos. Demasiados segundos. Sara le sostuvo la mirada porque no sabía hacer otra cosa, y fue Anne la que la bajó, de vuelta a la fruta, y se quedó Sara con la pregunta encajada entre las costillas como una astilla: ¿por qué me sostienes la mirada así y luego la apartas tú?

¿Qué es eso? ¿Es algo? Dime que es algo.

Mejor dime que no es nada y paso página, me olvido de todo, me quedo tranquila.

No le gustaba y ya está. Lo veía clarísimo cuando la miraba así, de frente, con esa mirada neutra y profesional. Y yo que pensaba... ¿Qué pensabas, exactamente? ¿Te habías montado una peliculita con cuatro emails?

Sara despertó, trató de deshacerse del sofoco e hizo el amago de empezar a recoger.

—Espera. —Anne la frenó—. ¿Te cuento el plan?

—Sí.

—Un momento, que quiero darle otro bocado a esto. —Puso los ojos en blanco al probar un poco de huevo, con un descaro absoluto—. Dios. Qué rico está.

Sara no pudo evitar sonreír al verla disfrutar de aquella manera casi obscena de un desayuno cualquiera. En cuanto ella levantó la vista, retiró la sonrisa de sus labios.

—Vale, te cuento. Ayer y los días previos —y «los días previos» le cayeron dentro a Sara como un puñetazo seco— estuve recopilando datos de contexto sobre el área. Hay mil cosas que tener en cuenta: transporte, carretera, precios medios, oferta gastronómica. Eso ya te lo iré detallando.

Sara se dio cuenta de que no le había puesto servilletas y le acercó el rollo de papel de cocina sin decir nada.

—Gracias. —Arrancó un trozo y se limpió los labios.

Los mismos labios que Sara había mordido.

No la miraba al hablar; seguía concentrada en la comida—.

Ayer por la tarde tomé notas de la casa.

Hoy me gustaría contrastar contigo el proyecto: distribución, posibilidades, explotación.

Lo necesario para cerrar el plan de negocio y echar números con detalle.

Los tuyos están bien como punto de partida, pero hay que darles mucha más profundidad.

Otra vez los emails. Los archivos adjuntos.

Las posdatas que ahora le quemaban en la memoria.

No quería pensar en ellos. De verdad que no quería.

Y, a la vez —ahí estaba la trampa—, era justo eso lo que deseaba: que esa mujer mirara los diseños que había trazado con tanto cuidado, sus cuentas de andar por casa, y viera debajo de todo ello algo que ni la propia Sara terminaba de creerse.

Que se lo tomara en serio. Que la tomara en serio a ella .

—Mañana me gustaría recorrer el desierto —siguió, en su mejor tono profesional, ajena a las torturas que Sara se autoinfligía—. Entender las rutas, cómo se visita, evaluar las posibilidades en El Vado.

Dos días casi enteros con ella. Sara empezó a cocinarse despacio en su propio jugo.

Le había prometido —por correo, dónde si no— que estaría disponible para lo que necesitara.

Así que ahora tocaba aguantarse y empujar aquello hacia delante, porque era ella, Sara, la que más se jugaba allí. Con diferencia.

—De acuerdo —respondió, lacónicamente.

—Luego ya depende. El informe lo termino en una o dos semanas, pero quiero dejar avanzadas aquí las líneas maestras. Si cojo velocidad y me concentro, en un día más estoy lista y ya no te molesto más aquí.

La amargura le subió por la garganta, limpia y reconocible. No te molesto más aquí . Lo decía como quien anuncia el tiempo, pero Sara lo recibió como un disparo.

—Si necesitas más días, no hay problema. —Se oyó decir, cruzada de brazos, con el cuerpo aún contra la encimera.

Y lo dijo en serio. Esa era la parte que prefería no examinar muy de cerca.

—Gracias, pero lo voy a intentar. Creo que puedo. —Apuró el café—. Oye, gracias por el desayuno. Déjame recoger a mí.

—Los platos van al lavavajillas. Son diez segundos. Ya me encargo yo.

—Pero… —protestó.

—Pero nada. Mi casa, mis normas, ¿recuerdas? —soltó, cortante, sin mirarla.

—Vale, no insisto —se rindió con facilidad—. ¿En quince minutos aquí abajo? ¿Podrás?

Sara desmontó en silencio su plan de huida hacia el desierto y alargó la mano hacia el paquete de tabaco.

—Sí.

Anne se levantó y cruzó el espacio hasta las escaleras, y Sara la siguió con la vista sin proponérselo, y por un segundo —medio segundo, lo que tardó en sacar un cigarro— volvió a tener las manos exactamente donde las había tenido aquella noche: sobre la tela fina del pantalón, sobre el calor que había debajo.

Lo notó entonces igual de nítido que la primera vez, como si el cuerpo no se hubiera enterado de que aquello no llegó a pasar.

Apartó la mirada.

Quince minutos. Puedes aguantar quince minutos.

Apretó el paquete de tabaco hasta que el cartón cedió.