Capítulo 9. Anne #2
Anne señaló suavemente uno de los planos, tocándolo casi como una caricia, indicando algo que no existía en realidad.
—¿Capacidad de la calefacción? ¿Electricidad? ¿Agua caliente?
—De momento da, pero tengo que calcularlo para una ocupación plena.
—Ese dato te lo doy yo cuando tengamos todo más cerrado.
Anne levantó la vista y se encontró otra vez con su mirada, su cara, sus labios. Se quedó prendida. Le llegó, esta vez sí, un sutil olor a tabaco, mezclado con un perfume que olía levemente como su… ¿ambientador?
Añadió a la lista: preguntar por…
—¿Fumas? ¿Quieres salir a fumar? —inquirió, sin apartar la vista.
Sara se rio.
—¿Fumas tú?
—Yo no.
—En realidad, yo tampoco.
Anne se encogió de hombros. Quería quedarse en esa mesa un buen rato más, mirándola y dejándose mirar. Quizá sí podían arreglar un poco todo este desastre que habían montado.
Algo suave y cálido la envolvió; un temblor ligero, parecido al placer, se le abrió paso desde el centro del pecho.
Y la mano se le fue sola al cuello.
Al sitio exacto. Ese centímetro de piel donde Sara la besó primero, antes que en ningún otro lado.
Lo rozó con la yema del dedo y el recuerdo se encendió al contacto, intacto, como si la piel lo hubiera guardado a su temperatura original: la sorpresa, la suavidad insoportable, las piernas a punto de no sostenerla.
Dos días, y ese centímetro seguía siendo suyo.
Lo acarició. Se dio cuenta de lo que estaba haciendo. Y se dio cuenta, un segundo tarde, de que Sara seguía el movimiento de su dedo con la mirada.
Apartó la mano. Apartó los ojos.
—Tengo preguntas que hacerte fuera. ¿Vamos? —preguntó, nerviosa. Mejor moverse, avanzar, salir.
—Sí.
Sara cogió el paquete de tabaco y salieron.
—Espera. Me fumo uno corriendo.
Sacó un cigarro, lo encendió y le dio un par de caladas rápidas.
Ahí fuera no se oía casi nada. Anne la observó: el cuerpo que intuía fuerte y fibrado bajo la ropa técnica ligera, el pelo entreverado de unas canas que le resultaban de lo más atractivas, la mirada perdida un momento en el paisaje.
Su forma de sujetar el cigarro lo decía todo de ella: segura, precisa, fuerte.
Manos de persona que dibuja planos con un control absoluto.
A las dos caladas lo apagó y guardó la colilla en el plástico de la cajetilla.
—Ya —dijo—. Pregunta.
—Vale. ¿Hasta dónde llega la finca realmente?
Sara se acercó y le fue marcando las lindes aproximadas a cada lado.
—Me pregunto —dijo Anne, más para sí que para Sara— si convendría señalizarlo de algún modo… Aunque creo que perderíamos algo esencial: la integración de la casa en el propio desierto.
—Lo pensé. Opino lo mismo. Pero por temas de seguridad, no sé si sería conveniente.
Anne siguió preguntando: opción de piscina, espacio claro de parking, posibilidad de asfaltar hasta la entrada, seguridad, animales de la zona. Sara respondía a todo con diligencia y claridad. Si tenía dudas, lo decía. Si no sabía algo, lo decía.
Por fin, Anne. Por fin volvéis a ser las dos mujeres que llevan un mes intercambiando emails profesionales y, quizá, solo quizá, un poco personales.
La conversación de esa mañana fluyó casi sin querer, refugiadas en el espacio seguro que suponía hablar del proyecto. Y logró comenzar a cambiar, poco a poco, la energía entre las dos.
—¿Volvemos? —propuso Sara, al cabo de un rato largo de pasear por la zona con el calor ya levantándose.
Estaban a unos veinte metros de la casa, analizando el espacio que podría albergar una zona de recreo exterior—.
Dentro de un rato será la hora de comer y tantas preguntas me han dado hambre.
Déjame que me dé otra ducha, preparo algo rápido y seguimos, si quieres.
Anne sonrió.
—Antes, última pregunta del día.
—Dime.
—El ambientador. Es el mismo que el del hotel donde me alojé.
Sara sonrió con esa sonrisa que ya le parecía tan suya.
—¿Te gusta? Lo hice a medida. Está inspirado en el desierto; quería algo terroso, cálido. Lleva vetiver, salvia, cedro y ámbar seco.
—Me encanta.
Y era verdad. Le fascinaba la capacidad de Sara para crear ambiente desde cualquier ángulo, esa cosa que ya había notado la primera vez que le llegó el proyecto: que sabía coser una sensación entera a partir de cuatro materiales. Sabía componer.
—Es perfecto —añadió—. Me recuerda un poco a tu… ¿perfume?
Sara parpadeó, como si hubiera tropezado con el comentario, pero luego su sonrisa se ensanchó.
—Es por el ámbar. El perfume que llevo está hecho a medida y comparte ingrediente.
Anne alzó mucho las cejas, hacia la frente, y la miró con sorpresa.
—Y además de diseñar tu perfume y este ambientador… ¿reformaste tú el hotel del pueblo?
Sara se encogió de hombros.
—Sí. Es de mis primos. Querían actualizarlo e hice lo que pude con el presupuesto que tenían.
—Pues me pareció muy bien actualizado.
—Gracias. —Sara hizo visera con la mano y arrugó la nariz por el sol en un gesto precioso.
—¿Y la casa de Los Médanos es solo tuya?
—Sí. Ellos son mis primos por parte de padre —y por el tono de voz que empleó para pronunciar esta última palabra, Anne decidió no seguir preguntando—. Yo tengo esta casa y ellos el hotel. Cada uno con su ruina particular.
—¿Y tu madre?
Sara dejó la mirada perdida en el infinito.
—La he perdido de vista. Mejor así.
Anne se encogió de hombros y luego sonrió:
—Vale, hemos terminado. Te concedo la tarde libre.
Sara se rio. Por fin. Limpiamente.
—Gracias, jefa —dijo con sorna.
Anne se alegró de haberle sacado esa risa. Y, sin querer, se la guardó —la risa limpia, por fin sin púas— en el mismo sitio exacto donde guardaba la sensación de su boca en ese centímetro de piel del cuello.
Empezaba a ser preocupante la cantidad de cosas que estaba guardando ahí. Ella, que se pasaba la vida guardándolo todo: las listas, las distancias, las ganas, a sí misma. Y ahora, de pronto, guardaba a Sara. A trocitos. Casi sin querer.