Capítulo 6. Anne #2
Se quedó parada en seco. Porque era el aroma que se le metió en las fosas nasales toda la noche, mezclado con todo lo demás, el que seguía pegado a la almohada cuando no podía dormir, el que había olido bajo la ducha esa mañana mientras se preguntaba qué hacer con su vida.
Y ahora estaba allí, en la casa de la mujer que la había contratado, recibiéndola en la puerta como si los dos mundos —el del trabajo y el de anoche, el que se suponía que tenía controlado y el que no— hubieran decidido fundirse sin pedirle permiso.
Se le erizó la nuca. Algo se le removió muy dentro, en un sitio donde ahora mismo no quería mirar.
Sara no se detuvo:
—Luego ves la casa con calma. Vamos arriba un momento.
Subieron hasta la primera planta, recorrieron un pasillo amplio y se detuvieron ante una puerta.
Sara la abrió: una habitación grande, preciosa, decorada con un gusto exquisito.
Cruzó directa al ventanal, levantó la persiana en tres toques secos y abrió el balcón, que miraba de frente al desierto.
Una colección de cañones y mesetas bajas dibujaba un paisaje lunar imposible.
Anne se quedó sin habla. Era mejor que en los planos, mejor que en las fotos. Mejor que en sus sueños.
—Vamos abajo —sugirió Sara desde un discreto segundo plano al cabo de un rato corto.
Abajo otra vez, ya pudo observar el conjunto de la planta baja con más definición: la cocina antigua con su mesa enorme de madera, los sofás, las alfombras bien elegidas, el rincón con chimenea, los ventanales nuevos que casi te metían en el desierto.
Estaba aturdida por toda la información que le entraba por los ojos pero, por fin, se sentía más centrada y con unas ganas enormes de ponerse a trabajar.
Casi se había encontrado de nuevo a sí misma.
Casi se le había pasado el shock. Casi . No del todo.
También pudo comprobar que Sara se movía por el espacio como lo que era: la dueña, completamente entrelazada con ese lugar, como si hubieran nacido a la vez.
Seguía seria, pero algo más relajada, como si habitar aquel lugar le devolviera parte de su serenidad.
No era ni de lejos la mujer del bar de anoche, pero al menos era cordial, como la de la gasolinera.
Sara dejó las llaves en la inmensa mesa de madera de la cocina, apoyó las manos en el borde con los brazos estirados y la miró fijamente, evaluando el terreno. Tardó tanto en hablar que Anne estuvo a punto de empezar ella.
—Vale. Vamos a ver cómo organizamos esto.
Anne cerró los ojos, se sujetó el puente de la nariz. La turbación volvió a nublarle los sentidos, como si estuviera un poco borracha. Por suerte, Sara siguió y la rescató de sus pensamientos circulares.
—Dime, ¿cuántos días tienes previsto emplear? —Lo dijo con el tono de «cuánto vas a tardar en hacer esto». Anne lo captó perfectamente.
—Había calculado cinco días.
El gesto de Sara empezó a ensombrecerse y Anne se apresuró a rectificar.
—Puede que cuatro. Contando con hoy.
—De acuerdo. —Suspiró—. A ver. Estás… sin coche. —Desde luego que estaba sin coche—. ¿Dónde tenías previsto quedarte?
—Tengo un apartamento alquilado en El Vado.
—Ya. Verás… —Sara pareció meditar unos segundos, la vista perdida en el techo—.
Seguramente estaríamos más cómodas cada una en su sitio.
Pero entre tener que llevarte y traerte varias veces al día, o que te alojes aquí, creo que es mejor que te quedes en la casa.
—Hizo una pausa, como para darle tiempo para que se lo pensara.
Anne directamente no podía pensar—. Solo si quieres —añadió, reaccionando a su mutismo—. Pero a mí me facilitaría mucho la vida.
La idea no le hacía demasiada gracia. Le parecía…
¿qué? Indebida, quizá. Inapropiada. Incómoda, sin duda.
La típica malísima idea de la que te arrepientes antes de decir que sí.
¿Pero qué iba a hacer? ¿Pedirle que le hiciera de taxista?
Ya se imaginaba la voz: «Haber llevado el puto coche al taller. Te lo dije.»
—De acuerdo —cedió, no muy convencida—. Pero no creo que pueda cancelar el apartamento.
—¿Cuál es?
Anne buscó el nombre en el móvil.
—Vale, no te preocupes, conozco a los que lo llevan, son amigos de mis primos. Ya hablo yo con ellos.
Le impactaba la capacidad que tenía esa mujer para manejar todas las situaciones. Y lo peor: lo hace por ti, otra vez, justo cuando podría dejarte tirada .
—Tú elige la habitación que más te guste —siguió—. La que has visto es la que suelo usar yo, pero si te hace ilusión, te la cedo.
Anne parpadeó. ¿Había notado un tonito mordaz, o era su imaginación?
—No, no hace falta —respondió, cruzándose de brazos y marcando bien los noes.
Qué simpática de repente, no te jode. Sara la miró con ojos de acero. El ambiente se tensó otro grado.
—De acuerdo, seguimos: mi casa, mis normas. Aunque tú también puedes poner alguna si lo necesitas.
Y la miró así, de esa manera. Anne acusó la indirecta y apretó los labios. Fuerte.
—Norma número uno: haz como si la casa fuera tuya.
Puedes moverte a tu aire, salvo subir al desván, que está lleno de cosas de mi abuela: ahí mejor no entres sin mí.
Dos: si necesitas algo, me lo pides. —Hablaba de carrerilla, como si lo tuviera ensayado, o simplemente fuera muy buena manteniendo el control—.
Tres: estaré disponible para resolver tus dudas y debatir lo que necesites.
Cuatro: si necesitas el coche, cógelo, pero avísame antes.
Cinco: mientras haces todo lo que tengas que hacer para tu consultoría, y si no me dices lo contrario, haré la compra y cocinaré estos días para las dos.
Anne quiso interrumpirla. Decirle que no a todo. Que venía a trabajar. Que ya se cocinaba ella. Que ya…
Pero Sara levantó la mano cuando la vio abrir la boca y le cortó el paso.
—Ya termino. Seis. —Pausa. Pausa larga—. Ya que vamos a pasar unos días aquí, aclaremos lo de anoche. Ya te he pedido disculpas. Pasó. Por mi parte, todo bien, todo aclarado, ningún problema.
Levantó las palmas de las manos hacia arriba. Como ayer. Cuando huía del baño sin apenas escucharla.
Pues ahora me vas a oír.
—De eso justo quería hablar yo —se lanzó Anne, muy segura de la frase, nada segura de lo que venía después. ¿Dónde estaba el famoso cajón con las disculpas escritas?—. Verás, es que yo…
—En serio, está bien —la interrumpió Sara, ya acercándose a la puerta, cogiendo las llaves—. No tienes que darme explicaciones. No las necesito. Es tu vida, tu decisión, y está perfecta.
—Pero es que quiero…
—De verdad, no es necesario que me des explicaciones. —La cortó, la mano en el pomo—. Es un poco triste escuchar por qué una persona no quiere nada con otra, ¿no crees? —Lo soltó así, con toda su maldita honestidad—. Lo dejamos aquí. Me voy a hacer la compra. ¿Alguna petición especial?
Se quedaron mirándose un momento, tensas, midiéndose.
—Pero yo sí quiero dártelas —insistió Anne, con los brazos cada vez más cruzados, si es que eso era posible. Abrazándose a sí misma.
Sara midió y calculó sin soltar el pomo, girando el llavero entre los dedos.
—De acuerdo —concedió.
—Vale. Lo siento. Esto… yo… a ver, estaba a gusto — no, no, no vayas por ahí, Anne —, pero…
Estaba yendo todo bien. Por tu parte, quiero decir.
Fuiste muy… educada, ¿sí? Amable, considerada, lo hiciste todo bien.
Pero es que yo estoy en un momento personal complicado — ni se te ocurra mencionar a Milena — y de repente, no sé.
Fue todo muy intenso. Y rápido — ¿rápido?
—. Me bloqueé. Lo siento si te corté el rollo o te hice sentir mal.
No fue culpa tuya, en serio —remató, después de atropellarse entera.
Soltó un largo suspiro. Qué raro es estar hablando de esto, ahora, aquí. Como si quedara algo pendiente entre las dos. No sigas. No es buena idea. Lo sabes . No está preparada para alargar esta conversación sin colapsar.
Sara la miró con los ojos entrecerrados, afilados, midiendo la verdad de lo que decía.
—No me cortaste el rollo. No teníamos que hacer nada, no teníamos que terminar nada, ¿vale?
Es solo que las formas me resultaron… no muy agradables.
Habría preferido un simple «lo siento, no quiero seguir».
O un «no me gustas». —Lo soltó tan seco y rápido que casi dolió—.
Pero ya está. No es culpa tuya. Reaccionaste como pudiste; a veces no nos da tiempo a pensar en nada… mejor.
Los comentarios le cayeron como cuchillas.
—Y tienes razón. —Anne subió un grado el tono—. La frase que te solté fue una mierda. Y fui brusca. Lo siento. Otra vez.
No te voy a decir más veces que lo siento.