La casa del desierto Capítulo 6. Anne #3
30%

Capítulo 6. Anne #3

Se sintió tentada de rematar con la observación más importante de todas — Y no es verdad que no me gustes, ¡si es justo lo contrario!

, quiso gritarle—. Pero el corazón le iba a toda mecha, le subía un principio de ansiedad a la garganta por culpa de Milena, por culpa de esa mujer plantada en la puerta, por culpa de todo, y se lo guardó. No quería empeorar las cosas.

Se llevó la mano al cuello sin querer. Se rozó esa minúscula zona de piel donde Sara la besó, anoche, a muchos kilómetros de allí. Seguía ahí. El recuerdo de su boca, guardado en la piel sin pedirle permiso.

Y enfrente solo quedaba una mujer que apretaba los labios, se mordía la lengua y tenía los ojos entrecerrados como dos rendijas, observándola de forma penetrante.

Ojalá volviera la mujer de anoche.

—Pues ya está. Todo aclarado, ¿no? —sentenció Sara.

—No sé. —Anne estaba encendida. Y a veces, cuando estaba al borde de perder los nervios, cogía carrerilla y no paraba aunque supiera que iba de cabeza al hoyo—. Dímelo tú. ¿Vas a estar estos días así, tan distante y tan… borde?

Oh, oh, oh. Anne, espera. Para. No derrapes. Esa mujer te está contratando. Y, según tu plan, pretendías sacarle hasta una sociedad de explotación del sitio. Así que hazte un favor y para, maldita sea.

Respiró muy fuerte. Tenía que relajarse.

Enfrente, Sara se quedó muda, abrió mucho los ojos, titubeó. Parecía que iba a decir algo y no lo dijo. La miró con sorpresa y algo parecido a la compasión. Y eso le molestó. Muchísimo.

Estaba a punto de soltar otra vez un «lo siento» — habíamos quedado en que no — cuando Sara abrió del todo la puerta.

—Me voy a hacer la compra. Tú ponte cómoda. Te dejo la maleta en la entrada.

Joder. Esto estaba saliendo fatal. En cuanto se quedó sola, Anne le dijo adiós a la propuesta de sociedad cuyo precontrato traía impreso en la maleta.

A lo máximo que aspiraba ahora era a hacer un buen trabajo, cobrarlo, y salir con la dignidad justa para que Sara la recomendara si algún día alguien le preguntaba por una consultora especializada.

Abandonada en la mesa de la cocina de una casa que no conocía en el borde exacto del desierto, lo único que se le ocurrió fue mirar cuánto se tardaba andando hasta el pueblo, para calmar la repentina sensación que tenía de estar aislada.

Una hora. Asumible de día. De noche tendría que salir con el móvil cargado para alumbrarse con la linterna.

Añadió a la lista: cargar el móvil al máximo cada día antes de que llegue la noche.

A veces le costaba controlar la respiración.

Desde que lo de Milena pasó de «muy mal» a «fatal».

Le estaba saliendo la tensión de los dos días enteros —el viaje, el sexo frustrado, el proyecto de futuro truncado, todo—.

Se quedó un buen rato acodada en la mesa de la cocina, la cabeza entre las manos, marcando el tempo de la respiración, mientras se le escapaban un par de lágrimas e intentaba ser optimista.

Oye, quizá Sara cocine bien. Quizá duermas mejor aquí que en casa.

Cuando creyó que se había repuesto un poco, se secó las mejillas, recogió la maleta que Sara le había dejado fuera, junto a la entrada, y subió a instalarse.

Las habitaciones se parecían a la de Sara, aunque algunas resultaron ser más amplias.

En general todas eran cálidas, cómodas, funcionales, con buenos armarios y el colchón bien elegido.

Intentó escanear el espacio con criterio profesional y no pudo.

Seguía nerviosa. Y cuando estaba nerviosa se mordía las uñas, que es lo que hacía ahora, sentada al borde de la cama, la maleta a medio deshacer, el portátil encima.

Las imágenes de Sara y ella en el baño se empeñaban en volver, aunque intentaba de todas las maneras posibles no volver a ella.

Las caderas contra las suyas. El sabor. La lengua. Esos dedos en la nuca.

Al cabo de un buen rato, tirada en la cama intentando relajarse para ponerse a trabajar, oyó a lo lejos los neumáticos pisando la grava y bajó, arrastrando la ansiedad aún atada al tobillo. Llegó abajo cuando Sara entraba y salía del coche con bolsas.

—Te traje algo de comer —gritó desde fuera—. Yo ya comí algo rápido de camino.

Otra técnica más para esquivarte.

—Espera, te ayudo.

—No. —Entró otra vez, ya sofocada, con las últimas bolsas—. Ya está.

Anne observó sus manos sacando la compra y ordenándola sobre la mesa de madera de forma metódica. Las mismas manos que hacía menos de veinticuatro horas —puede que menos de doce— le rozaron la piel al pasarle la copa.

De una de las bolsas sacó las mismas patatas fritas de bolsa y las chocolatinas que Anne había comprado en la gasolinera. No pudo evitar que se le escapara una fatigada sonrisa de medio lado.

—¿También te gustan estas? —preguntó, cogiendo una de las chocolatinas entre las manos solo por tener algo que hacer.

—No. Son para ti —respondió Sara, sin darle la menor importancia, mientras seguía organizando la compra.

Aquel gesto tan simple tuvo la virtud de calmarla un poco. Milena nunca se acordaba de las marcas que le gustaban. Sara Mason, que la vio dos minutos en una gasolinera, sí.