Capítulo 6. Anne
La cabeza de Anne hizo un clic, como el del coche. Luego, simplemente, su motor gripó y se quedó completamente en blanco.
Aplastada de repente en el asiento, plegándose cada vez más sobre sí misma, tuvo que hacer acopio de sus más de quince años de experiencia profesional para darle al botón de encendido, reiniciar el cuerpo entero y recomponerse en tiempo récord ante esta pavorosa revelación.
—¿Puedes parar el coche un segundo, por favor? —musitó, con la vista fija al frente y el ceño fruncido, como si estuviera resolviendo un puzzle mental.
Eso fue lo único que consiguió decir sin caerse.
Apretó el móvil en la mano y siguió tratando de procesar a toda velocidad. No estaba preparada para una información así. Ni siquiera estaba segura de haber interpretado bien lo que esa mujer acababa de decir. Y eso que el mensaje era simple. Clarísimo.
Puede que estuviera empezando a hiperventilar.
La mujer de la gasolinera no respondió: detuvo el coche en el primer hueco en doble fila que encontró a la entrada misma de El Vado y se quedaron calladas, muy quietas. No apagó el motor.
Anne había invertido una buena parte del silencio del viaje en preparar unas disculpas como dios manda.
Porque era evidente que lo de anoche había dejado alterada a aquella mujer —y a ella misma—, y se merecía una o dos explicaciones aunque no quisiera oírlas.
Anne ya las tenía en la punta de la lengua: «Lo siento yo, tú estuviste perfecta, el problema es mío.
Entiendo que te lo hayas tomado como algo personal, yo también lo haría, pero solo fuimos yo y mi cabeza, que me manda mensajes contradictorios.
» Después pensaba salir, muy digna, coger su maleta y desaparecer a buscarse la vida hasta la casa.
Además, estaba segura de que Sara, la propietaria, podría ir a buscarla llegado el...
Se giró a mirarla, muy despacio. La mujer estaba seria, con la vista al frente; no le devolvió la mirada. Esa especie de hostilidad disimulada que la había acompañado durante todo el viaje se le había esfumado de golpe y solo quedaba en ella una especie de energía derrotada.
A Anne le temblaron las manos. Las escondió debajo de las piernas.
—Eh… ¿Sara? —preguntó, con un pavor que no consiguió disimular.
Y Sara —la chica de la gasolinera a la que había ignorado, luego la mujer del bar a la que había deseado, y siempre, todo el tiempo, la dueña del negocio con la que había estado fantaseando— hundió un momento la cara entre las manos y dejó escapar una larga exhalación entre los dedos.
Luego se descubrió, se giró a mirarla con una sonrisa autoimpuesta que intentaba simular cordialidad y asintió despacio. Con una expresión rara, casi desolada.
¿Igual de jodida que tú?
Fue justo entonces cuando el estómago de Anne, que de repente parecía hecho de piedras, empezó a desmoronarse. Un sudor frío se le instaló en las entrañas y empezó a congelarle el resto del cuerpo.
Dios. La besaría justo ahora. Aquí y ahora.
Cerró los ojos y se masajeó las sienes.
¿En serio, Anne? ¿Después de joder la oportunidad profesional más importante de tu carrera antes siquiera de empezar? Quítate esa maldita idea de la cabeza pero ya.
Ahora mismo ni siquiera estaba segura de estar nerviosa. Soltó una risita y se rindió.
Mientras buceaba en su cerebro enfangado buscando las palabras oportunas que decir a continuación, solo fue capaz de pensar en dos cosas.
La primera consistió en tratar de dilucidar si se la había imaginado así las decenas de veces que habían hablado estas últimas semanas.
No. Para su desgracia, era mucho mejor en la vida real que en su imaginación.
Y peor aún: había quedado demostrado de forma inconfundible que la atracción que sentía por ella no era precisamente infundada.
La segunda era el recuerdo de Sara —sí, joder, Sara Mason— apretando su cuerpo contra el suyo.
Rozándole el cuello con la punta de los labios hacía apenas unas horas de una forma que ahora mismo recordaba completamente electrizante.
Esa mujer le disparó las pulsaciones hasta el infinito, y ahora le iba a tocar pagar las consecuencias. Muy bien pagadas, además.
Miró el móvil un segundo, solo por hacer algo, por ganar tiempo. La pregunta de Marcos seguía ahí, abandonada, sin respuesta:
«¿Te arrepientes?»
Hasta hacía un minuto se arrepentía de lo que le dijo en el baño. Y, siendo sincera, de no haberla invitado a subir a terminar lo que habían empezado. Ahora se arrepentía de absolutamente todo.
Reprimió como pudo el escalofrío que intentaba recorrerla y dejó, por fin, que el lado profesional de su cerebro reconstruyera a medias su seguridad molida a golpes, lanzara un carraspeo a la garganta y tomara los mandos.
—Mira —habló rápido—, si quieres que dejemos esto y cancelemos el contrato, lo entiendo.
—No —la interrumpió Sara, mirando al frente—. No quiero cancelar el contrato. Quiero que hagas el trabajo que te he pedido. Esto es importante para mí.
La voz implorante de Sara le cortó la respiración un momento. Luego Anne se permitió el lujo de volver a respirar. Solo un momento. Intenta ser positiva: quizá no esté todo perdido. Abrió la boca, pero Sara se le adelantó.
—¿O quieres cancelarlo tú, Julianne?
Dijo el nombre con un tono extraño, como si lo pronunciara en cursiva. Seguía sin mirarla.
—No, no. Yo no. En absoluto. También es importante para mí —se apresuró a añadir—. Y no me llames Julianne. —Una pausa mínima para coger aire—. Llámame Anne.
Silencio.
—Anne.
—Eso.
—Pero firmas como J. Te presentaste como Julianne. —La voz de Sara tenía un leve deje de protesta y desesperación.
—Sí, pero en realidad todo el mundo me llama Anne.
Sara resopló.
—Vale. Por eso no reconocí tu nombre cuando me lo dijo mi prima —comentó, sinceramente consternada.
Y Anne cayó en la cuenta de que ella tampoco había sabido nunca el suyo.
Nunca había sabido cómo se llamaba la mujer que ayer la había encerrado entre sus brazos contra la pared de un baño y luego le había recorrido el costado con una mano tan firme que casi volvía a sentirla ahora, aquí, en aquel coche parado, con el aire denso y frío y su vientre haciendo un triple salto mortal hacia atrás sin red.
Nadie las había presentado oficialmente.
—Mira —resolvió Sara, sacándola de sus pensamientos, con esa vena práctica y resolutiva que le había demostrado tener en los emails que habían intercambiado—. Te propongo que vayamos a la casa y hagamos lo que hemos venido a hacer. Sin más. Nos olvidamos del resto.
—Me parece bien —respondió Anne con un hilo de voz, tocándose, sin darse cuenta, la zona del cuello donde la besó.
—Pues vamos.
Sara volvió a arrancar y Anne cogió todas las disculpas que tenía preparadas y las guardó en un cajón de su cabeza.
Añadió a la lista: pedir disculpas. Ya habría tiempo. Quizá. O no.
Ahora deja que esto fluya. Reponte. Intenta sobrevivir.
Siguió recogiendo sus pedazos rotos mientras Sara atravesaba El Vado a velocidad de crucero y aceleraba al salir del pueblo, dejando atrás el asfalto y atravesando la pista de tierra en la que se había convertido la carretera. Dirigiéndose, literalmente, al fin del mundo.
No dijeron nada en los quince minutos que quedaban.
Anne rezó, releyó el último mensaje que le había mandado avisando del retraso — ¿Lo habrá leído ya?
Espero que no. Espero que sí. Da igual, voy a quedar como una auténtica gilipollas — e intentó contestarle a Marcos.
Varias veces. Las borró todas. No sabía ni por dónde empezar.
Solo cuando apareció la casa recortada al fondo, imponente, plantada al borde del desierto, fue capaz de serenarse un poco.
Para cuando Sara aparcó junto a la puerta, Anne se había recompuesto parcialmente.
No pasa nada. Esto es trabajo. Hazlo como sabes. Hazlo bien. Y vuélvete a casa.
La casa resultó ser mejor en persona que en foto, y el enclave era simplemente magnífico.
Una construcción de piedra de tres plantas más una cubierta abuhardillada, una mole granítica y sobria con un atractivo especial —como su dueña, pensó Anne—.
Y el paisaje era reverencial: las tierras baldías a sus pies en forma de cañones, barrancos, cárcavas, chimeneas de tono árido, amarillo enrojecido.
La solemnidad del paisaje le arrancó de cuajo todas las preocupaciones y la dejó absorta.
El polvo, con ese olor suave y dulce, se le metió por la nariz y lo aspiró entero, como intentando quedárselo para sí.
Se quedó así un rato. No podría decir cuánto tiempo duró el efecto.
—¿Te gusta?
Las palabras rompieron su ensimismamiento. Se giró y ahí estaba: Sara, unos metros por detrás, con las manos en los bolsillos de ese pantalón de pinzas holgado que le quedaba perfecto, la capucha de la sudadera subida, observándola con detenimiento.
—¿Qué? Sí. Dios, es impresionante. No tengo palabras.
Demasiadas palabras le estaban empezando a faltar en este viaje.
Sara esbozó una sonrisa mínima. Y esa sonrisa la golpeó en el pecho tan fuerte como el paisaje. Por un momento, volvió a tener delante a la mujer de anoche en el bar, y Anne tuvo que reconocer, en la ansiedad repentina que le recorrió el cuerpo, las ganas que tenía de…
Ella .
—Y eso que no has visto lo mejor —apuntó Sara, ajena al terremoto que Anne intentaba reprimir por dentro—. Ven conmigo.
La hizo entrar. Ante sus ojos se desplegó la planta baja de la casa: un espacio enorme que integraba cocina, salón y comedor a la vez, completamente modernizado, con una altura equivalente a dos plantas. Anne lo miró con la boca abierta, la vista perdida en las vigas.
Lo siguiente que percibió fue el olor.
El ambientador. El mismo del hotel donde durmió anoche. Exactamente el mismo.