Capítulo 5. Sara #3
La chica suspiró. Había desistido de la conversación y ya solo miraba por la ventana, el cuerpo en ángulo, un poco derrumbado sobre el reposabrazos.
Ni me acuerdo de cómo se llamaba. ¿Lo llegué a saber?
—Llegamos en quince minutos —anunció.
Había batido su propio récord: aprovechando que no había nadie en la carretera y que hoy el pie le pedía pisar a fondo, había recortado casi un cuarto de hora.
—Gracias por avisar.
La mujer salió de su hermetismo, sacó el móvil y se puso a hacer cosas con él.
Quince minutos y adiós.
Adiós a la chica cuya lengua sabía distinta a todas las bocas que había probado en los últimos tiempos.
Diez minutos y adiós.
Adiós a la chica con la que había entrelazado la lengua con una especie de pasión que llevaba tiempo extinguida dentro de ella.
La silueta de El Vado apareció recortada al fondo, en medio del paisaje amarillo lunar.
La chica hizo algo más en su móvil y luego lo dejó caer entre sus piernas.
Unos segundos después, precisamente, a Sara le saltó una notificación de WhatsApp.
Llevaba el móvil en el soporte que usaba cuando había que tirar de GPS; le gustaba llevarlo ahí.
Y no pudo evitar que se le escapara una sonrisa al ver el mensaje.
El desastre de anoche y la tensión del momento le habían hecho mella, pero esa notificación volvía a recordarle por qué estaba allí.
«¡Buenos días! Creo que aún tardaré una hora o dos en llegar, no estoy segura. ¡Pero»
Redujo la velocidad lo suficiente y estiró con el dedo la notificación para leer de reojo lo que decía, por si era importante.
«¡Buenos días! Creo que aún tardaré una hora o dos en llegar, no estoy segura. ¡Pero llego! Hoy todo se ha conjurado en mi contra. Gracias por la paciencia, menos mal que tú también tuviste que retrasarlo un poco. ¿Estás ya allí? Llegaré. Qué ganas :) J.»
La consultora que había contratado para repasar con ella el proyecto entero del hotel durante unos días y rellenar todos los huecos que a Sara le quedaban por resolver. Que eran prácticamente todos. Porque, aunque una parte de su familia se dedicaba a la gestión de establec…
Un momento.
Una pieza de su cabeza se salió de su sitio. Un movimiento que le mandó un escalofrío de arriba abajo por la espalda y la dejó con la boca entreabierta, exhausta, jadeante, durante una fracción de segundo. Se revolvió, incómoda, en el asiento de aquel coche que de repente parecía tan pequeño.
No, no, no, no. No podía ser. Era, literalmente, imposible. Irreal.
Pero.
Existía.
Esa posibilidad.
Remota.
Esa chica. Estaba escribiendo hace un momento. En su móvil. Y luego. La notificación. En el suyo. O sea, era altamente improbable. Una probabilidad bajísima. Tan baja que no merecía la pena ni tenerla en cuenta. Era absurdo siquiera pensarlo.
Agitó la cabeza, desechando la idea.
Pero seguía ahí. Ocupando un espacio cada vez más grande en su cabeza.
Y no se iba.
Sara se humedeció los labios y respiró hondo. Muy hondo. Tanto, que creyó que la chica lo notaría. Luego cogió todo el aire disponible que había en el coche y lo retuvo, mientras, fuera, El Vado se acercaba peligrosamente, tan rápido que igual se estampaban contra el pueblo o lo pasaban de largo.
Soltó el aire lentamente antes de hablar.
—Oye. —La voz le salió grave, casi fúnebre.
—¿Sí?
—¿Dónde vas exactamente?
—A El Vado.
—Ya, pero a qué parte de El Vado. En algún sitio tendré que dejarte. —Las venas se le empezaron a contraer, como si alguien las apretara.
—No, no, por favor. No quiero molestarte más. Déjame donde sea y ya me apaño.
Sara puso su voz más suave, la que conseguía tapar toda la lluvia que le había empezado a caer por dentro. Premio a la mejor interpretación del año.
—No es molestia —comentó, como distraída, a pesar de que el corazón no dejaba de azotarle por dentro—. Dime dónde te dejo, en serio. Aquí está todo cerca, me da igual desviarme cinco minutos.
—Es que voy a las afueras de El Vado, en realidad. A diez o quince minutos. Ya encontraré la manera, de verdad.
Más frío en la columna. Unos dedos helados en la nuca. Su estómago se plegó como si se hubiera bebido un chupito de líquido anticongelante.
—Dime dónde vas y acabamos antes —le pidió, cortante, empezando a perder la compostura.
—Pues… —la chica sonó un tanto sorprendida—. Voy a una casa que hay al borde de Los Médanos. Donde acaba esta carretera, creo.
Sara no apartó la vista del frente, pero empezó a reducir, porque si no se empotraría, literalmente, contra El Vado. Apretó los nudillos hasta que se le pusieron blancos, abrió mucho los ojos, vio su propio cuerpo deslizándose hacia otra dimensión.
—Esa… —le costó sacar las palabras del sofoco y el sudor que le había entrado—. Esa es mi casa.
Otro de esos silencios llenó el coche. Solo que este era más espantoso, más denso, más duro. Tenía púas y arañaba. Sara condujo el vehículo por la calle principal de El Vado y bajó tanto la velocidad que el motor podría calarse en cualquier momento.
—¿Perdona? —musitó la chica. Había tardado mucho en reaccionar. Y, desde luego, no parecía estar entendiendo nada.
Podría parar. Pero no lo hizo. Mejor seguir. Mejor llegar. Mejor terminar con todo esto cuanto antes.
—La casa a la que vas. Es mi casa.
Desvió un segundo los ojos y miró directamente esos ojos claros sin fondo, que la observaban entornados, expectantes. En su cabeza, algo terminó de soltarse del todo y se fue al vacío.
—Has quedado conmigo.