La casa del desierto Capítulo 5. Sara #2
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Capítulo 5. Sara #2

—¿Estás bien? —preguntó, preocupado—. Estás muy… seria. Es un poco… ¿raro, esto? ¿Te he metido en un compromiso?

—Todo bien —respondió, tan seca que podría haber calcinado la pobre planta del mostrador.

Sara se acercó y le dio un abrazo rápido de despedida. Él siguió:

—¿Pero conoces a esta tía de algo?

—Más o menos. Ya te contaré.

—Oye, si no te viene bien llevarla, yo… Te cambio el sitio, que la pobre está desesperada. Cúbreme en la recepción y yo la llev…

—¡Que no! —rugió, interrumpiéndole. Ella también tenía que llegar a El Vado ya, con urgencia—. Escucha, no te preocupes. Está todo bien.

—Lo siento si te he metido en un marrón.

Sara hizo un esfuerzo por sonreír mientras se repetía mentalmente «¡el primer día de mi nueva vida!» como un mantra optimista. Trató de ponerle muchas exclamaciones para animarse.

—Tranquilo —intentó sonar relajada—. Pasó una chorrada anoche en el bar. Será un poco incómodo, pero ya está.

Salió a la calle, se puso las gafas de sol y se acercó al maletero. Sin mediar palabra lo abrió, metió la maleta de la chica con el cuidado justo y se fue al asiento del conductor sin esperarla.

—Sube —ordenó, cortante.

La chica se subió al otro lado. Sara encendió el motor, hizo rugir el coche.

La notó nerviosa, aunque no con la tensión de ayer en el bar: más bien, con el nervio de un animal a punto de ser atropellado.

Sara rezó por que no abriera la boca. Pero seguramente eso era mucho pedir.

El aire del coche se masticaba, hasta que dejaron atrás la calle principal y la chica salió de su mutismo con una frase absurda.

—Te fui a buscar a tu casa.

—No estaba.

Silencio.

—Muchas gracias por acercarme. Me haces un favor enorme.

La voz le tembló ligeramente al decirlo y Sara se odió profundamente a sí misma al descubrir que, otra vez, le habían entrado esas mismas ganas absurdas de abrazarla. Como ayer en la gasolinera.

Y eso hizo que se sintiera mucho, mucho peor. Se odió aún más, si es que eso era posible.

—Ya. Sí —respondió, por decir algo. Esperaba que los monosílabos le dieran alguna pista a aquella casi pelirroja.

Luego aceleró con un poco más de fuerza de la requerida.

—El coche al final no aguantó —insistió la chica, con un hilo de voz; anoche no hablaba tan bajito—. Tenías razón. Tendría que haberlo llevado a los talleres de la vía de servicio.

Sara ya no respondió. Giró y tomó la siguiente calle ligeramente por encima del límite de velocidad permitido.

—En serio, gracias —repitió la mujer—. Me gustaría recompensártelo. De alguna manera.

Sara apretó el volante. ¿Era idiota o qué le pasaba? ¿No captaba la indirecta? Pero ella siguió hablando.

—Si quieres, podría invitarte a… —volvió a la carga, cada vez más confiada.

—Ya está bien —la cortó—. Las desconocidas de la zona somos así. Hospitalarias por naturaleza. No hace falta que me des nada a cambio. Y tampoco hace falta que hagas esto. Hablar, me refiero.

En su cabeza sonaba mejor, como una pequeña broma destinada a relajar el ambiente. Pero al oírlo en alto, salió cargado con una cantidad de veneno que la asustó hasta a ella misma.

Porque ese veneno no era propio de ella.

O sí lo era, pero no del todo: quizá era lo único que había encontrado a mano para tapar el agujero por el que se le estaba yendo el aire.

Soltarlo no la alivió. Al revés. Le dejó un regusto a metal en la lengua y la certeza inmediata de que acababa de hacer exactamente lo que no soportaba que le hicieran a ella: encoger a alguien para protegerse.

La mujer se sumió inmediatamente en el mutismo, y el coche se llenó de un silencio raro, como si se hubiera hecho el vacío allí dentro.

Sara trató de taparlo un segundo más tarde poniendo música y subiéndola hasta que ocupó el espacio entero.

Para que esa mujer entendiera que la conversación se había acabado.

La chica aprendió rápido la lección y ya no protestó ni se atrevió a decir nada más.

Dios, Sara. No puedes ser tan borde.

Cogieron enseguida la pista de asfalto, una línea recta que partía en dos la tierra amarilla y que, ahora, le pareció eterna. Sara intentó controlar la respiración y no pudo. Ahora estaba muy disgustada. Encima le llegó el olor de su perfume —el mismo de ayer— y…

Se sentía crispada, casi furiosa. Y encima se arrepentía profundamente de lo que había dicho, y de estar siendo tan arisca y borde sin pretenderlo.

No se reconocía; ella no era así. Se obligó a reconocer la realidad: se sentía confundida, avergonzada y emocionalmente golpeada por la forma en la que ocurrió todo anoche.

Para una vez que bajaba la guardia, se había llevado un buen derechazo.

La actitud de aquella mujer le había abierto una herida mucho más grande de lo que esperaba, y lo estaba pagando directamente con ella.

Se repitió a sí misma que habían sido las formas. Pero es que no: también había sido el deseo frustrado y el dolor del rechazo.

Por un momento se planteó pedirle disculpas.

¿Por qué? Si ya le pediste perdón ayer. Le estás dando más importancia de la que tiene, Sara .

Pero es que ahora la veía ahí, ansiosa, claramente incómoda, hecha polvo por culpa del coche roto, sin manera de moverse por la zona… Apretó el volante con más fuerza.

Aprovechó que tenía delante una de sus vistas favoritas del desierto —una que la perseguía allá donde iba y le devolvía siempre algo de serenidad— para soltar la disculpa por encima de la música:

—Siento lo de ayer. Está claro que me equivoqué o hice algo mal. Y perdona el comentario de antes.

Ya estaba. Dicho.

Ahora, a seguir con la vida.

—Pero… —musitó la chica.

Sara la cortó rápido:

—No, de verdad, por favor, insisto. No quiero hablar de ello. No hablemos de ello. Solo quería decirte eso.

Lo soltó de carrerilla y cerró un momento los ojos, esperando que la otra lo asimilara.

Y pareció que lo hacía: de momento, no abrió la boca.

Sara estaba más que versada en conversaciones complejas, pero no se veía capaz de sostener esa conversación en ese preciso momento.

Con el día que llevaba. Encerradas en un coche.

Condujo con la vista clavada en el desierto mientras la mente se le escapaba, desgraciadamente, una y otra vez al baño del hotel de su prima.

El roce fugaz de sus labios contra su cuello.

Aquel contacto suave, deliberado, como si tuviera todo el tiempo del mundo.

La vibración que notó en el cuerpo de esa mujer, recorriéndola entera.

El sonido pequeño que se le escapó contra el cuello de Sara, la forma en que la agarró por la cintura sin pensarlo y tiró de su cuerpo para pegarla contra ella.

Sara suspiró y se obligó a volver al asfalto. Pero el recuerdo ya estaba ahí, instalado, y no se iba a ir por mucho que ella quisiera. Mierda.

Se concentró en inventariar el proyecto, paso a paso, la agenda de estos días, intentando no prestar atención ni siquiera a la respiración de la chica.

No conseguía concentrarse del todo por culpa del ruido mental, pero lo intentó: la expectativa, la ilusión.

Porque tenía ganas. ¡Claro que tenía ganas!

Se moría de ganas, de hecho. A Lauren no le había contado gran cosa.

A Diane, casi nada. Dentro de dos días ni se acordaría de todo esto.

Estaría metida hasta el cuello en el proyecto.

Y a lo mejor, con suerte, y ahí se permitió sonreír por fin, también podría ser que J…

La mujer volvió a romper el silencio y, de paso, el hilo de sus pensamientos.

—Este disco está bien. ¿Qué es?

Sara parpadeó, arrancada de su cabeza justo cuando, por fin, empezaba a enganchar con algo bueno.

—Eh… —titubeó—. Lo puedes ver ahí, en la pantalla.

La chica miró la pantalla del coche y pareció buscar o apuntar algo en su propio móvil. Sara torció la boca en una mueca silenciosa. ¿Estaba intentando arreglarlo?

No pierdas el tiempo, querida.

—¿Te gusta esta música? —siguió la mujer—. He empezado a escuchar este estilo hace poco. Por cierto, ¿hay algo interesante que hacer en El Vado?

—No mucho, la verdad —masculló Sara—. Es la parada para entrar a las rutas del desierto, así que tiene básicamente lo que se necesita para eso, y poco más.

—Pero en plan… ¿hoteles, restaurantes?

—Sí, eso.

—¿Hay taxis? ¿Alquiler de coches?

—No estoy segura. —Sara se sentía acribillada.

—Y… ¿hay spas, empresas de multiaventura, tiendas de estas como de ropa técnica? ¿Bares de copas? —De repente el tono le sonó más firme, más sereno.

¿Pero de qué demonios estaba hablando?

—Sí, no sé, no lo sé —respondió, intentando no sonar irritada—. Creo que sí. ¿Por qué lo preguntas? ¿Vas a quedarte mucho? ¿No decías que conocías la zona?

—Sí, pero no he venido mucho por aquí. Seguro que tú lo conoces mejor. Pero ya lo miraré, tranquila. Defecto profesional, ya sabes.

Lo dejó caer, como invitando a que Sara preguntara. No lo hizo, claro. Ayer le interesaba saber muchas cosas de ella. Hoy ya no. Por ella, podía meterse su defecto profesional por donde le entrara.

El silencio volvió a apoderarse del coche.

Y Sara solo podía pensar en los ojos verdes de la chica en la gasolinera, cuando se quitó las malditas gafas de sol que ahora volvía a llevar puestas.

El mismo color de ojos que tenía cuando entró al baño y la encontró apoyada en la pared del fondo.

Sara le preguntó algo, y ella la devoró con la mirada, de eso Sara estaba segura.

Anoche tenía mucho fuego. Un fuego completamente extinto ahora mismo.

Sara se frotó la cara. Tenía que dejar de pensar estas cosas y concentrarse en odiar este cuerpo que estaba transportando. Pero no podía. O no del todo. Se preguntaba por qué demonios le estaba afectando tanto.

Aquel viaje estaba siendo como el desierto de ahí fuera. Inmenso, interminable. Tenía la sensación de que iban hacia atrás en lugar de avanzar, de que cada metro que recorría deshacía tres a su espalda.