Capítulo 5. Sara
Sara había pasado una noche horrible. Si es que la noche había terminado, porque sí, ya había luz, aparentemente era de día, pero seguía teniendo la cabeza metida en las sombras.
Los nervios de lo que iba a pasar hoy se le habían juntado con esa desazón que se le había agarrado y no la soltaba desde que aquella chica le quitó las manos de encima casi con rabia. Y las dos cosas juntas le habían dejado en el pecho una sensación de lija.
En esas andaba, removiendo el vaso con el peor café del mundo, de pie detrás del mostrador de la gasolinera. ¿Lo ves? Estás muy negativa hoy.
Dio un sorbo al café de mierda. Pues sí. Muy negativa. ¿Pero cómo no iba a estarlo? Después de anoche. Después de… todo. Hoy era uno de esos días en los que creía que todo iba a salir, como mínimo, raro. Y probablemente, mal.
Empezando por la noche, que en su cabeza todavía no había acabado. Y terminando por la cita de hoy, por el proyecto, por esas expectativas raras y sin sentido que se había montado con respecto a… J.
Basta. Sacudió la cabeza, se bebió el café de un trago y volvió a escribir a Miriam para recordarle que no quería ser pesada, pero que tenía que irse pronto. Salía de viaje y no podía retrasarlo.
Luego entró en WhatsApp y releyó la conversación con Lauren.
«¿Te has ido sin despedirte? Espero que haya sido por una buena razón», le había escrito anoche, con una ristra de emojis que podían augurar cualquier cosa menos lo que de verdad pasó.
Le respondió esa misma mañana, muy temprano, después de aceptar que, por más que lo intentara, no iba a dormir ni más ni mejor.
«Perdona, la cosa no fue como esperaba. Fue mal. Muy mal, de hecho.»
«??????»
«Creo que estuve haciendo el idiota.»
«Eso ya lo vi. ¿Y?»
«Fuimos al baño, nos liamos, en plan bien, bonito, tranquilo. Pero en cuanto la toqué un poco más, la tía se rayó y me apartó de mala manera.»
«¿Cómo??? Joder. ¿Pero te dio alguna explicación?»
«Me dijo que no follaba con desconocidas en baños...»
Salieron muchos gritos y cabezas explotando del WhatsApp de Lauren.
«Pero… qué mal. ¿Puede ser que…?»
«Le pregunté varias veces y todas me dio permiso.»
«O sea que…»
«Nada. Nos calentamos y luego me mató con esa frase de mierda.»
«Ya. No sé, igual le pasaba algo. ¿Quizá tiene pareja y no supo cómo decírtelo?»
Sí. Podía ser eso. Y también que Sara simplemente no le gustara, no lo suficiente. O que la chica no supiera ni lo que quería. O que fuera demasiado tímida y se envalentonara con el alcohol. O que le gustaran esos jueguecitos. O…
«¿Cómo estás?», era lo último que había escrito Lauren.
Sara estrujó el vaso de papel y respondió:
«Mal. Cansada y desilusionada. No sé, me sentí como la persona más despreciable del mundo. No porque no pasara nada, eso da igual, pero las formas… no sé. Podía haberme dicho simplemente “mira, que ya no”. Me dolió. Pero no pasa nada. Le pedí perdón y ya está, no puedo hacer más.»
No se merecía que la tratara así. La dejó tiritando. Y eso era lo que de verdad le escocía, mucho más que el rechazo: obvio, aceptaba perfectamente un «no», pero no le gustaba cómo la había hecho sentir ese «no». Pequeña. De usar y tirar. Una más del paisaje. El pato de peluche que nadie compra.
Pero eso a Lauren no se lo iba a escribir. A ella le simplificó el asunto:
«Pero bueno, da igual. Que no quería y punto.»
«Olvídate de ella, tía. No la vas a volver a ver en tu vida.»
«A ver si se le jode el coche de camino, que lo llevaba medio roto.»
En realidad no le deseaba ningún mal. Lo único que quería era que saliera de su cabeza y del pueblo. Igual si se le rompía el coche acababa viéndola en la vía de servicio y ya… lo que le faltaba.
«Jaja», se rio Lauren.
«Muy guapa, pero un poco brusca para mi gusto.»
Sabía que estaba siendo un poco cruel, y no le hacía sentir muy orgullosa. Pero necesitaba protegerse un poco, de algún modo simple y tonto.
«Jajaja.»
«No sé, perdona. Estoy harta. De todo. Tengo un mal día que flipas.»
«No te fustigues de más, coño. Recuerda que hoy empieza tu nueva vida…»
Sara sonrió. Muy poco. Ojalá. Ojalá hoy empezase de verdad su nueva vida.
«Te dejo, a ver si encuentro otra “desconocida” con más tacto.»
Diez minutos después miraba aburrida la nada del fondo del local, más o menos donde estaba la puerta de los baños. Bostezó. Tenía la boca seca y un bonito dolor de cabeza ahí donde el cerebro toca el hueso, por dentro. Miriam seguía sin llegar y, en esas, la llamó su primo desde el hotel.
—Bruno, dime.
—Oye, no te has ido aún a El Vado, ¿no?
—No, estoy haciendo un par de horas cubriendo a Miriam. ¿Por?
—Hay una persona que necesita ir y no encuentra manera. ¿Te importa llevártela contigo?
Sara puso los ojos en blanco. Madre mía, qué previsión.
¿Quién demonios viene a este pueblo e intenta llegar hasta El Vado sin saber que a estas alturas del año solo se puede llegar en coche?
En fin. Apoyó una mano en el mostrador y se masajeó el puente de la nariz.
Lo que le faltaba: hora y media de charla con un desconocido que, encima, intentará darle conversación a modo de agradecimiento.
—Sara, ya estoy. —Miriam entró por la puerta en ese preciso instante. Quince minutos después de lo acordado.
—Sí, vale. Salgo ya —le respondió a su primo—. Hago un par de recados y en veinte minutos estoy allí. Si está, se monta; si no, lo siento, pero me marcho.
—Venga, le aviso.
A Miriam le preguntó si todo bien con el médico de su hija, pero apenas escuchó la respuesta: tenía la mente en ebullición, derrapando y volviendo a derrapar, en bucle.
¿Qué hice mal? Porque algo hice mal, está claro. Algo no vi, o no supe leer. Joder, Sara. Ya no sirves para esto. La próxima vez te lo piensas tres veces y dejas que las señoritas de ciudad se froten con las esquinas.
Al menos ya se le habían terminado las ganas de llorar.
Decidió no pensar durante un rato. Le costó un esfuerzo enorme, pero más o menos lo consiguió.
Compró en la ferretería un par de repuestos que necesitaba para un arreglo de la casa, y los acomodó en el maletero junto a su maleta —una bolsa de cuero marrón vintage que había preparado esa mañana— y su preciada carpeta de trabajo.
La que le regaló su abuela antes de irse a estudiar a la ciudad.
La que contenía el proyecto entero, sus dibujos, su vida.
El único sitio donde se sentía de verdad a salvo.
Espero que algo de todo esto que estoy haciendo tenga sentido.
Siete minutos más tarde aparcó en doble fila en la puerta del hotel, aunque un poco más adelante había hueco: una forma sutil pero clara de avisar de que no pensaba esperar. Entró y le dijo a su primo, señalando el coche:
—Si me pitan, me marcho.
—Espera, que ya viene. Cinco minutos.
Sara se sentó a esperar en una de las sillas de la esquina, tan nerviosa que, en lugar de repasar la agenda de estos días —o, ya de paso, refrescar su propósito vital, cosa que parecía necesitar con urgencia—, se puso a mirar el móvil sin ver la pantalla.
Scroll, scroll, scroll. Un poco más de scroll.
La puerta automática se abrió y entró alguien. Oyó la voz de Bruno:
—Encontré a mi prima. Al final te diste el paseo para nada. Te lleva.
Dios, menos mal. Venga, nos vam…
Pero Sara se quedó pegada al asiento cuando levantó la vista y se encontró de frente con la cara de aquella mujer gélida, oportunista y diabólica. Los ojos claros, las pecas lavadas. Ahora, con la careta de muchacha desvalida, la de «no he roto un plato en la vida y no lo pienso romper».
Su corazón puso el motor al máximo y casi, casi le dio la risa. La risa mala. La del odio y la tensión. La de «me estáis reventando el puto día entre todos». En lugar de reír, dijo:
—Ey. Salimos en cinco minutos.
Y bajó la vista al móvil y volvió a deslizar la pantalla sin mirar nada en concreto, solo por tener algo que hacer con los dedos.
Y para que no se notara que respiraba pesadamente.
Y para que no se viera que le habían empezado a arder el cuello y las entrañas a la vez, un calor malsano extendiéndose por todo su cuerpo.
Cálmate, Sara, por Dios.
Recapacitó. Ya no podía echarse atrás. Solo tenía que conducir hora y media por el desierto y perderla de vista para siempre. Fin.
Luego se imaginó la densidad del silencio en el coche o, peor aún, el patético esfuerzo por entablar una conversación cordial, y quiso escurrirse en silencio debajo de la silla sobre la que estaba sentada y desaparecer.
Sumó dos más dos. El clic del coche, ¿no?
Si hubiera llevado el maldito coche cuando le dijo…
La miró de reojo. Ahí seguía, en una esquina de la recepción, de pie.
Muy modosita, esperando. Semblante serio, mirada baja, sin abrir la boca.
Desde luego, no había dicho que no. Lo que la esperaba en El Vado debía de ser más importante que pasar hora y media encerrada en un coche con la «desconocida» del bar de pueblo que casi se la folla.
A su lado, una maleta dura azul celeste de niña buena que a lo mejor Sara tiraba por la ventana en un arrebato.
¿No querías que se le estropeara el coche? Deseo concedido. Pero ahora tienes que llevarla TÚ. El universo la estaba castigando, y todavía no sabía por qué.
Bruno, al otro lado del mostrador de recepción, miraba la escena entre la curiosidad y el estupor.
Sara respiró profundamente y escribió a su prima, ganando unos segundos antes de que la cosa empezara a cantar:
«No te lo crees. Tu querido hermano me ha pedido que lleve a alguien a El Vado y ADIVINA. ES ELLA.»
«No.»
«Sí.»
«Noooooooo.»
«Sí. JODER. Esto no puede estar pasando.»
«Hostia, tía. Paciencia. Te acompaño en el sentimiento. ¿Es mucho marrón? ¿La llevo yo?»
Qué hartura.
Sara dejó el móvil y se puso de pie de golpe.
—Nos vamos —le dijo, sin mirarla—. Espérame ahí, en ese coche.
Le señaló su SUV grande y negro, al que absolutamente nadie había pitado y que, por tanto, no había sido capaz de salvarla a tiempo de aquella situación bochornosa.
La chica salió sin decir ni pío y, en cuanto se quedaron solos, Bruno atacó.