Capítulo 4. Anne #2
Le mandó otro audio, más embarullado todavía.
Por suerte, más breve, aunque igual de intenso.
«No lo sé. Me entró pavor, Marcos. Ella estaba siendo delicada, te lo juro, delicadísima.
La que no fue delicada fui yo. Es que… no es que no quisiera.
Quería. Pero cuando la cosa se puso, ya sabes, más…
seria, el cuerpo se me cerró, como si llevara dentro un interruptor que no controlo.
Desde lo de Milena pasa esto: en cuanto alguien se me acerca de verdad, me hago pequeñita, desaparezco, y luego saco las uñas para que se vaya.
Le solté algo feo para espantarla, y funcionó, y ahora me odio.
Y encima hoy conozco a… ya sabes. Pero mejor no mezclar el trabajo con lo personal. Eso lo tengo clarísimo.»
El primer taller estaba cerrado. En el segundo, un chico con barba y gafas se ofreció a acompañarla para echar un vistazo. Bien. La llevaría en su furgoneta, tardarían cinco minutos en llegar a su coche. La esperanza se hizo un poco más grande al final del túnel.
Audio de Marcos de vuelta, que Anne se cuidó de escuchar con cascos para que el chico de la furgoneta no lo oyera mientras recorría despacio las calles del pueblo.
«Bueno, tía, lo entiendo. Ya está. No te machaques, son cosas que pasan.
No te apeteció y punto. Y tranquila por esa tía, que no va a tener que pagarse un psicólogo porque la rechazaras.
Preocúpate por ti, que ya tienes bastante con lo tuyo. »
Eso. Claramente necesitaba preocuparse más por ella y menos por los demás. Como mínimo, ser capaz de rescatarse a sí misma de las zanjas en las que se tiraba. O, ya puestos, aprender a no meterse en ellas.
Anne agradeció mentalmente la presencia de Marcos en su vida: su exnovio de juventud, en una época en la que se reconocieron el uno al otro cuando ninguno sabía lo que quería.
Y la única persona ante la que Anne podía ser un desastre sin maquillarlo.
Marcos no le pedía que estuviera bien. Solo que estuviera.
«La traté mal. Creo», insistió.
«¿Te arrepientes?»
En realidad no. En realidad sí. Lo dejó en leído porque llegaban ya al coche.
El chico hizo su análisis durante unos cuantos minutos, como si tuviera un doctorado en medicina, y terminó diagnosticando un problema relacionado con una…
¿junta? Una junta homo… ¿qué? De toda la explicación, Anne entendió solo palabras sueltas; en concreto, las palabras «junta», «exterior» y las conjunciones.
—¿Entonces? —preguntó cuando acabó.
—No va a ser barato. Hay que pedir la pieza.
—Necesito el coche hoy. O sea, ahora. Ya.
—La pieza tarda mínimo un par de días, y luego hay que montarla.
—Pero es urgente. —La voz ya ni le sonaba desesperada. Salió de su garganta monocorde, resignada. La voz de alguien que se ponía en modo avión en la vida real mientras la cabeza seguía funcionando en paralelo, buscando salidas.
El chico se encogió de hombros.
—Es lo máximo que puedo hacer. A cambio, te lo remolco al taller. Pero hasta que llegue la pieza, mejor déjalo aquí.
Anne respiró un momento y luego le entregó las llaves. Sacó otra vez la maleta y la arrastró penosamente hasta el hotel.
—¿Se lo dejas a este? —preguntó el del hotel, que estaba en la puerta fumando un cigarrillo y observando toda la escena—. Está en buenas manos, entonces. Su padre lleva en esto casi desde que se fundó el pueblo. ¿Cuándo te lo devuelven? ¿Necesitas más noches?
El chico le soltó todo aquello como si a ella no le fuera la vida en llegar adonde tenía que llegar, donde se jugaba su patético futuro. Dejó una pausa larga antes de responder:
—Necesito urgentemente un taxi.
—No hay taxis en el pueblo —dijo el chico, despreocupado, bostezando—. Es pequeño, temporada baja, y aquí todo el mundo tiene coche.
—¿Hay servicio de alquiler de coches?
—Solo en temporada alta.
Anne empezó a encontrarse mal. Muy mal. Ya no era solo el dolor de cabeza, ni la tristeza apretándole los músculos, ni la imagen de la mujer de anoche pesándole en el pecho como una losa, ni la perspectiva de lo que tenía hoy por delante.
Creía que le subía una fiebre inclemente, una sensación de gripe profunda extendiéndose por su cuerpo.
Esto empezaba a parecerse a una comedia de enredos de las malas, de esas en las que a la protagonista le sale todo catastróficamente mal durante muchos, muchos minutos. Solo que ella estaba en un pueblo al fondo del mapa, donde no había de nada, y no en una comedia de pacotilla.
Anótalo, ¿eh? Esto es importante para tu plan de negocio: no hay taxi, no hay alquiler de coches.
—Es que necesito llegar a El Vado. —Lo pronunció como si el chico fuera el alcalde y pudiera fletarle un avión ahora mismo.
Por suerte, el chico sonrió.
—Vale, eso ya es más concreto. A lo mejor estás de suerte: mi prima iba hoy. No creo que haya salido aún. Podría llevarte.
El corazón de Anne volvió a latir. Un poco. Por favor, por favor, por favor.
—¿Dónde la encuentro? —Sonó ansiosa. Porque lo estaba.
—Espera.
El chico hizo una llamada.
—No lo coge, ahora lo intento otra vez. Mientras tanto, esta es su dirección. Está a veinte minutos andando. Acércate si quieres, que yo sigo intentando localizarla.
—Vale. ¿Y si ya se ha ido? ¿Se te ocurre otra opción, alguien del pueblo que pueda acercarme?
—No te preocupes, si es una urgencia mi prima es capaz de darse la vuelta y venir a por ti. Y, si le das buena conversación, te enseña el desierto de Los Médanos entero.
Le guiñó un ojo. Anne se sorprendió por el gesto, pero no tuvo tiempo de pararse a analizarlo.
—Voy a por ella.
Anne volvió a correr. Cada vez le quedaba menos energía, menos aire, y ya le dolían los pies por culpa de esas suelas rígidas. Todavía no se atrevía a mandar el mensaje de que llegaría tarde. No hasta tener claro que iba a poder llegar.
Veinte minutos después estaba en la puerta de un chalet pequeño, de diseño, modular, en cemento. La prima tenía buen gusto arquitectónico, vale, sí, pero pulsó y pulsó y pulsó el timbre y no abrió nadie. Mierda.
Volvió caminando hacia el hotel con las manos en los bolsillos, dándolo todo por perdido. ¿No decía el primo que era muy maja? Pues a ver si era verdad y volvía a por ella. Estaba dispuesta a pagarle el trayecto de ida y vuelta dos veces si hacía falta.
¿Podía ir peor el día? No. No podía. Pero se arreglará. Siempre se arreglaba. Si hoy no podía ir, iría mañana, o pasado. Contaría las noches de hotel como inversión. Trabajaría catorce horas seguidas para cumplir los plazos y entregar el proyecto a tiempo. Impecable. Perfecto.
Cuando entró en el hotel, el chico se le adelantó.
—Encontré a mi prima. Al final te diste el paseo para nada. Te lleva. —Y señaló, orgulloso, a la mujer sentada en una de las mesas altas de la recepción.
Anne dirigió la vista hacia allí.
Lo primero que percibió fue un detalle. Un color, en concreto: marrón. A la luz del día, esa mujer tenía los ojos marrón claro. Anoche, en la oscuridad del bar, no había llegado a verlos.
Eso fue lo único que el cerebro le dejó registrar antes de que el suelo desapareciera. Porque dejó de hacer pie en algún sitio, literalmente, durante medio segundo, y habría jurado que toda la recepción estaba a punto de volcarse hacia un lado.
No, no, no, no, no. No puede ser. Esto no puede estar pasando.
La mujer levantó la vista del móvil y la miró. Anne la vio perder la expresión amable, que notaba en las arrugas pequeñas y preciosas que tenía alrededor de los ojos, y quedarse completamente impasible. Fría como un témpano.
—Ey —saludó—. Salimos en cinco minutos.
La mujer de la gasolinera. La mujer del bar. Y ahora, además, la prima.
Qué mala suerte. Qué jodida, jodida mala suerte.
¿No querías pedirle disculpas? Aquí la tienes. Hora y media de coche mirándola a los ojos e intentando pedirle perdón con dignidad.
Disfruta.
Aún no se había subido al coche y ya le estaban temblando las piernas.