Capítulo 4. Anne
Las cosas no podían estar saliendo peor.
Bueno, sí. Sí que podían.
Reza por que se queden solo en esto.
Las nueve de la mañana. Anne giró la llave otra vez: el motor tosió, protestó, se apagó.
Nada. Silencio.
—Joder.
Ya ni clic. Lo intentó de nuevo. Lo mismo.
No era la primera vez que le pasaba. Cuanto más nerviosa estaba, más insegura se sentía, y entonces… bum. Todo se jodía. Sistemáticamente. Había una relación directamente proporcional entre ambas cosas, y esa era, básicamente, la historia de su vida.
Lo de anoche la había dejado bastante rota. Y ahora el puto coche ni arrancaba.
Anoche había llegado a la habitación angustiada, con un dolor fuerte en el pecho. ¿Qué coño ha pasado?
«Joder, casi me folla una tía en el baño», había escrito a Marcos. Se arrepintió en el acto, pero cuando iba a darle a borrar, Marcos ya estaba escribiendo.
«¿PERDÓN???»
Mierda, mierda, mierda.
Lo peor no fue asustarse. Lo peor fue lo que dijo. En lugar de soltar la verdad — perdona, me he asustado, esto es demasiado, no sé si estoy preparada, necesito parar —, fue y escupió aquella frase. Después de invitarla. De invitarla expresamente a que no dejara de tocarla.
Claro que podía cambiar de opinión. Eso lo tenía clarísimo, faltaría más.
Pero cambiar de opinión era una cosa; dejar caer que la otra era una cualquiera, era otra muy distinta.
Y vio el momento exacto en que aquello aterrizó: cómo a la mujer se le apagó algo en la cara, cómo el calor se le retiró de los ojos de golpe. Lo vio. Y siguió hablando igual.
«Pfff, te lo cuento mañana mejor», había escrito. No se veía capaz en ese momento.
«Y una mierda. No me dejes así.»
Pero Anne lo dejó así, porque a veces su especialidad era tratar mal a la gente sin querer. Salir a pasear por un jardín y caerse ella sola en zanjas que un minuto antes no existían.
La noche anterior entró en la habitación y dejó que el ambientador, ese que tanto le había gustado y que resultó ser el mismo que el del baño del bar, le golpeara en las narices.
Se le metió en las fosas nasales durante toda la noche, mezclado con todo lo demás, y no había forma de separar las dos cosas.
No acostumbro a hacer esto con desconocidas en un baño.
Dios. La frase la persiguió mientras se lavaba los dientes al llegar a la habitación, mirándose a los ojos, con el corazón latiéndole a todo trapo.
También cuando se tomó un ibuprofeno para adelantarse al dolor de cabeza, y cuando miró el techo sin poder dormir con esa cosa hueca abriéndosele despacio bajo las costillas.
Luego le dio la vuelta a la escena, se imaginó que ella era la otra mujer y directamente se hundió en las sábanas.
La frase siguió molestándola por la mañana, bajo la ducha, preguntándose qué se suponía que estaba haciendo con su vida. Por qué era así. Así de torpe.
Todo genial. Perfecto para empezar un día trascendente para ella.
Y ahora, de vuelta al presente, girando la llave al borde de la histeria, seguía sin poder quitarse de encima los ojos de aquella mujer.
El tacto de sus labios. La mano en la nuca, apretando, y cómo eso le había dado ganas de quedarse quieta para siempre.
La forma en que la sujetó contra la pared y, literalmente, la empezó a partir en pedazos allí mismo.
Los dedos en la nuca. Anne tragó saliva, sobrevivió como pudo al latigazo nervioso que le dio, y volvió a girar la llave con toda la mala hostia del mundo. Sabiendo que no iba a funcionar, pero demasiado desesperada para parar.
Y ahí estaba otra vez, lo de siempre: su cuerpo había querido —no lo había querido: lo había deseado muy fuerte— y, al mismo tiempo, se le había cerrado solo, como un puño, sin pedirle permiso.
Algo dentro echó el cerrojo y la dejó fuera, mirándose desear desde detrás de un cristal.
Eso era lo que no sabía explicarle a Marcos.
Que no eligió parar. Que parar la eligió a ella.
Anne, o la historia de cómo arruinar una noche que pintaba estupenda.
Todo esto, este venirse abajo ante la intimidad, era culpa de Milena. La apartó de un manotazo de su mente —nueve meses y todavía asoma en los peores momentos solo para volver a asustarla— y se agarró a lo único que sabía hacer cuando algo empieza a doler: convertirlo en una lista.
Añadió a la lista: tirar el coche a la puta basura en cuanto vuelva.
No puedo, no puedo, no puedo. Es todo demasiado. El trabajo, Milena, el proyecto, esto, anoche, la mujer, yo, este pueblo, el coche, joder, me tengo que ir, en serio, que llego tarde.
Espera, Anne. Respira hondo. Suelta el volante. El móvil. Marcos. Últimas llamadas. Ahí. Tienes el dedo encima del botón. Es fácil. Llamar es fácil.
¿Ves? Ya está. Todo un poco mejor.
Respiró hondo. Luego le volvió la imagen de sí misma, anoche, en la cama, desolada y excitada a la vez.
Enfrentada a palo seco a su propio deseo.
Le tembló un poco el labio mientras se miraba en el retrovisor y sintió lástima de sí misma: porque el coche no arrancaba, y porque anoche no había sido capaz de acostarse con una mujer tan jodidamente deseable.
Y porque necesitaba en su vida a mujeres que le dijeran cuándo llevar el coche al taller, y no idiotas como Milena.
Mierda.
Apenas había dormido. Se le había mezclado todo en la cabeza: el viaje, el proyecto, la chica del baño, el olor del ambientador.
Agitar, agitar, agitar, servir. Como una coctelera que no para.
Le había explotado la cabeza, cosa que intentó tapar con dos cafés seguidos mientras se desangraba por dentro.
Al volver al hotel después de desayunar en la cafetería más cercana, le había dedicado al chico de recepción la mejor de sus sonrisas maltrechas, pensando en no volver nunca más por allí. Metió las cosas en el coche, dispuesta a dejarlo todo atrás.
Y ahora. El maldito. Coche. No. Puto. Arrancaba.
Sentada al volante, con la frente vencida contra él, se masajeó las sienes con los dedos, como si ese movimiento circular pudiera arreglar la situación. No la arreglaba. Y tampoco le ayudaba a pensar mejor.
Miró el reloj en su desesperación y constató que, hiciera lo que hiciera, a partir de ya iba a llegar tarde.
Vale, Anne.
A veces eres un maldito desastre; otras, no tanto. Al menos eres buena en tu trabajo: algo es. Te diré lo que vamos a hacer, porque ahora que lo hemos roto todo, toca empezar a pegar los trozos.
Añadió a la lista: arrancar el coche. No: arreglar el coche. No: llamar a un taller.
Añadió a la lista: avisar de que llegas tarde.
Añadió a la lista: volver a repostar a la vuelta. En la gasolinera de esa mujer. Pedirle disculpas al pagar y largarse de allí, muerta de vergüenza, como alma que lleva el diablo.
Se bajó del coche. Abrió el capó y miró, sabiendo lo que iba a encontrar: nada. Cables, piezas, metal, todo parecía estar donde debía. Cerró el capó con más fuerza de la necesaria.
De acuerdo. Siguiente tema: la chica de la gasolinera. Necesitas quitarte de encima esta cosa tan desagradable, ¿no? Pues vas a ir a la maldita gasolinera antes de marcharte y vas a pedirle perdón como dios manda, mirándola a los ojos, en vez de esperar a la vuelta.
Y ahora, lo principal: el coche. El viaje. O sea, el proyecto. El trabajo, dios.
Anne volvió al hotel y le preguntó al recepcionista, un tipo que tenía un aire a la chica que la atendió ayer, sin llegar a parecerse del todo. La chica que acabó metiéndola en un lío que no necesitaba.
—Disculpa. —Sonó desesperada, porque lo estaba—. Necesito urgentemente que alguien mire mi coche. No arranca y tengo que llegar a un sitio.
Él la miró fijamente.
—Hay cinco talleres en el pueblo. Te busco los teléfonos. Llámalos a todos, a ver si alguno te atiende de urgencia.
—Vale.
Dios. Una solución. Un rayo de esperanza en forma de listín telefónico. Empezó a llamar como la neurótica que era. Dos le cogieron el teléfono y le dijeron que tenía que acercarles el coche para verlo. ¿Cómo? ¿Volando? El coche no arranca, te lo acabo de gritar por el auricular.
Otros tres no contestaron, y Anne tenía demasiada prisa para esperar. El recepcionista le confirmó las distancias: si corría, en una hora podría recorrer los tres, que no estaban tan tan lejos — en la vía de servicio, de hecho; al lado de la gasolinera—. Anne se desesperó.
Durante los veinticinco minutos siguientes, recorrió el pueblo de punta a punta con unas zapatillas que no estaban precisamente diseñadas para correr.
Cuando se quedaba sin aire, que era cada poco, caminaba y aprovechaba para responder a Marcos, que tenía un mensaje pendiente desde las siete de la mañana.
«¿Me cuentas o qué?»
«Perdona, me quedé dormida», mintió. No había dormido una mierda.
«¿Qué pasó?»
«Lo que te conté. No hay más.»
«Joder, Anne.»
Le mandó un audio y le explicó un poco, desordenada, mientras intentaba recuperar la respiración. La mujer de la gasolinera. Luego el bar. Tres copas. El flirteo, suave pero evidente, elegante. No dejaba de mirarme. Entonces yo. Sí, yo. Muy sutil, eso sí. Y luego vino al baño. Y entonces le dije.
No le contó que tenía algo afilado clavado entre las costillas que se le hundía un poco más cuando pensaba en ella.
En su cuerpo apoyado contra el suyo, en el baño.
Que la escenita completa había arrasado todo lo que se suponía que tenía que pasar hoy y estaba francamente — los dedos en la nuca— descentrada .
«Tía, ¿estás corriendo? Cuesta entenderte. Pero a ver, ¿le dijiste eso de verdad? ¿O me lo estás diciendo a mí?»
«Se lo dije de verdad.»
«Ooooook. Pero… perdona, ¿qué te pasó?»