La casa del desierto Capítulo 3. Sara #3
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Capítulo 3. Sara #3

Sara intentó meter un poco de calma, hacerla rabiar, así que evadió su beso, traviesa, y luego colocó la mano en el botón del pantalón y empezó a jugar con él.

—¿Puedo más?

La mujer, por toda respuesta, la rodeó con los dos brazos y volvió a empujarla contra su cuerpo.

Sara ya no se contuvo: metió una pierna entre las suyas y empujó, con decisión, con fuerza y con cuidado, todo a la vez.

El gesto le arrancó otro gemido a la pelirroja.

¿ Y cuándo cojones piensa invitarme a subir a la habitación?

Porque no pensaba follársela ahí, contra la pared de un baño reformado con azulejos pequeños, brillantes y rojos por muy limpio que estuviera.

—Ven. —Sara le levantó una pierna, se la colocó rodeándole la cintura, y le tocó el muslo por debajo, dejándose llevar, dejando que sus dedos cayeran, que se movieran libres.

Me la llevo a casa si hace falta, joder.

Empezó a buscarla por encima de la ropa. La mujer parecía contener la respiración y le hundió los dedos más fuerte en la espalda, casi hasta hacerle daño. La sintió ahí, entera, sin reservas.

Sara respiraba o gemía, no estaba segura, débilmente contra la piel suave de su cuello mientras seguía explorándola y empujándola. Hasta que llegó. Ahí. Apenas le rozó el clítoris suavemente, por encima del pantalón, sobre esa tela tan fina que…

De repente, la mujer le agarró las muñecas y la apartó. De golpe. Como si acabara de despertar de un trance.

Sara retrocedió dos pasos y la miró con los ojos como platos, sin entender. La sangre se le cuajó en las venas en medio segundo.

—¿Todo bien? —musitó.

La chica parecía agitada, incómoda.

—Perdona, yo no… no…

—Tranquila. —Sara levantó las manos. Se apartó un paso atrás.

—Estoy tranquila —se defendió, frunciendo el ceño y cruzándose de brazos.

De repente, la chica que estaba apoyada en la pared del baño no tenía nada que ver con la chica que había estado apoyada en la pared del baño.

La energía entre las dos se había resquebrajado entera, y Sara empezó a notar cómo el calor de la excitación mutaba en un calor de otro tipo. Y no precisamente agradable.

—¿He hecho algo que te haya molestado? —Parpadeó.

—No, de verdad. Es que… ahora no puedo.

—Vale, pero… —Sara estaba contrariada, agitada, sobreexcitada para mal. No quería insistir, pero tampoco quedarse con la duda—. Te he preguntado si podía seguir y me has dicho que sí, ¿no? Quiero decir…

—Sí —respondió la otra, más incómoda aún.

A Sara se le rompió y se le cayó algo por dentro, despacio. Algo que no terminó de tocar fondo.

—Perdona que insista. Solo quiero asegurarme de que no… No me he excedido, ¿no? ¿O he interpretado algo mal?

—No. No te has excedido ni has interpretado nada mal. —La mujer se pegó a la pared, como si tratara de huir atravesándola.

—¿Estás bien?

—Sí. No. —Pareció pararse un segundo a respirar—. Es que no… no puedo con esto ahora, ¿vale? Me he dejado llevar y… no. No acostumbro a hacer esto con desconocidas en un baño, la verdad.

Sara notó cómo se le calentaban de golpe todas las terminaciones nerviosas. A la extrañeza y al malestar se les sumó el principio de un dolor difícil de tragar.

¿Perdona? , quiso gritarle. Aquí la desconocida eres tú.

Empezó a hiperventilar. Le escocía todo. Vale. Sara, tía: controla. No dijo nada. Mejor que se vaya. Levantó las manos, caminó hacia atrás.

—Lo siento. Todo bien.

—Lo siento yo —respondió la mujer, angustiada—. No lo he hecho bien. Y perdona, igual no debí decir eso.

Pero Sara ya se había girado y salía del baño, con algo demasiado raro latiéndole en las sienes y una sensación hostil abrasándole el pecho. No acostumbro a hacer esto con desconocidas en un baño . Joder. Yo no soy una puta desconocida.

De todos los finales posibles, este ni siquiera lo visualizó. Ni se molestó en esperar a que la mujer saliera. Cogió sus cosas y se fue del bar sin mirar a Lauren, sin despedirse de nadie.

Vaya manera de terminar la noche.

¿Por qué te has dejado llevar? ¿En qué cojones estabas pensando? ¿De verdad pensabas que iba a pasar algo, que tenías alguna posibilidad?

Caminó, primero furiosa, después hundida, por las calles del pueblo, sin cerrarse la chaqueta, abrazándose a sí misma.

Se lamentó y se reprendió todo el camino, muy alterada, con el cuerpo temblando por una tiritona que no era de frío.

Conteniendo unas ganas de llorar de las grandes: las lágrimas le empujaban desde hacía un rato y había empezado a picarle la nariz.

¿No decías que sabías cómo tratar a chicas como esta? Pues no. No lo sé en absoluto. No tengo ni puta idea.

No entendía qué había pasado. Pero tampoco necesitaba entenderlo. Esa mujer tendría sus razones. No había sido culpa suya. Había pedido permiso. Tres veces. El tema se torció, ella dijo que no y pararon. Cosas que pasan.

Todo bien.

Pero los dientes no le dejaban de castañear, ni siquiera cuando llegó a casa, se metió en la cama y se tapó hasta arriba, cabeza incluida, con el nórdico. Se le había metido el frío en el cuerpo y no había manera de quitárselo.

Y lo único que se le ocurrió fue ponerse a llorar.