Capítulo 3. Sara #2
—De toda la vida.
La mano fue sola. La tocó apenas, muy brevemente: rodilla arriba, un microsegundo, dos, tres, y la retiró.
La mujer no se movió, y ya casi no hablaban.
O, si hablaban, Sara no se acordaba de lo que decían.
Solo le veía la boca en la vida real y el cuerpo en la cabeza: se había sentado a horcajadas encima de ella, Sara la atraía con fuerza, casi podía notar su piel ardiendo contra la suya.
Un latigazo le bajó por el vientre y empezó a respirar más lento sin querer. Y ya no sabía qué hacer con las manos, dónde ponerlas, cómo apartar la mirada de esos labios.
—Ayúdame con esto.
¿Qué? La mujer le acercó la copa casi a la boca. Sara miró la copa. Luego la mano que la sostenía. Los dedos largos, bonitos, las uñas cortas y pintadas de un tono intenso. Una cosa de nada, una tontería a la que no debería estar dándole ninguna importancia.
Pero claro que le estaba dando toda la importancia. A todo. A cada gesto. Intentando leer.
Le cubrió la mano con la suya, despacio.
Sus dedos sobre los de ella, y no supo si los sentía arder porque ardían o porque la que ardía era ella misma.
No hubo prisa en el gesto y, sin embargo, duró más de lo que dura coger una copa.
Se la llevó a los labios y bebió sin apartar los ojos de los suyos.
Un calor de la hostia. Estaba a punto de empezar a jadear.
Bebió, se repasó los labios con la lengua, lentamente, y la mujer le puso a cambio una mano en la cintura y la dejó allí, unos cuantos segundos. Dios mío. Estaba tan cerca, sería tan fácil ahora si solo…
—Me la acabo y me voy —le dijo, muy pegada.
—Vale.
Dos tragos más, rápidos. Sara la vio terminar la copa, posarla sobre la mesa, fijar los ojos entornados en ella de una manera que le sacó el aire, y luego quitarlos y dejarla completamente arrasada.
Dios. No recordaba la última vez que alguien le había hecho sentir algo así.
Ojalá pudiera repetir ese segundo cada vez que quisiera.
—Voy al baño —le susurró al oído. Tan cerca que el aliento le hizo cosquillas.
Un latigazo se le disparó de la nuca a los talones y la puso recta sin querer. Estaba pendiente de si se le había notado mucho o poco cuando la mujer pasó por su lado, le puso una mano en la cintura como si se apoyara para pasar, y la dejó ahí bastante más tiempo del necesario.
Súbitamente, Sara se quedó sola, envuelta en un vapor de calor insoportable. Al otro lado del bar, la cara divertida de Lauren, que obviamente lo había visto todo. Le guiñó un ojo y le señaló el baño con la cabeza.
¿La sigo? ¿O espero a que vuelva?
Calculó posibilidades a toda prisa: probabilidad de haber malinterpretado la situación, la presión de la mano al irse, cómo abordarla, qué hacer si decía que no.
No tomó ninguna decisión. Luego se acordó de la Sara de hacía diez años, cogió aire, contó hasta diez y se levantó, envuelta en una bruma de calima, alcohol, ruido, sudor y ganas.
Cuando empujó la puerta del baño, decidida a seguir su instinto, que era algo que en el pasado le había dado resultado, la encontró apoyada en la pared del fondo. Los brazos cruzados. Sexy. Preciosa.
Joder.
—Dime que me vaya y me voy —sostuvo Sara.
La mujer le respondió solo con una sonrisa suave.
Sara cerró la puerta, echó el pestillo y se acercó despacio, mirándola de arriba abajo.
Los ojos claros, dos piedras meteóricas arañándole la piel.
Las mejillas sonrojadas, las pecas disimuladas en ellas.
Movía un pie. Las manos no se veían, las tenía escondidas.
Aquella mujer era puro nervio, y de repente a Sara ya no le pareció tan inocente como esperaba.
Tragó saliva y se tomó su tiempo en cruzar el baño, porque antes quería decidir el cómo. Visualizó opciones: un beso directo, las manos a la cadera, empotrarla contra la pared, o…
Pero antes de decidir nada ya había llegado, y fue su propio cuerpo el que decidió por ella: apoyó las manos a ambos lados de su cabeza, la cara tan inclinada sobre la suya que respiraban el mismo aire.
Algo se había soltado dentro de Sara, todas esas cuerdas que la mantenían amarrada a la tierra, y decidió dejarse llevar.
—¿Entonces puedo? —preguntó, sin quitarle la vista de encima.
La mujer ya no sonreía. La miraba con los ojos febriles y la boca entreabierta.
—Sí —musitó, con un hilo de voz que casi se le quebró.
Sara cerró los ojos un segundo. Solo uno. Dejó que la corriente le subiera por los brazos, que la anticipación y el deseo se concentraran en cada uno de sus músculos. No tenía prisa: le gustaba esto, el juego, la intensidad sin reloj.
Vamos a pasarlo bien. Voy a hacértelo pasar bien. Quiero que chilles. Que me pegues ese cuerpo caliente. Que te lleves un buen recuerdo de este pueblo perdido y de una mujer cuyo nombre ni sabes y que, aunque supieras, mañana ya no recordarías.
Calma.
Retuvo el aire entre las costillas y le cogió la cara entre las manos.
La acunó, y ella se dejó. Acercó los labios a los suyos y, aunque notó que la mujer tiraba hacia ellos, Sara se desvió y le colocó un beso extremadamente suave en el cuello, apenas un roce.
Sintió perfectamente cómo su cuerpo se revolvía debajo del suyo.
Luego subió, poco a poco. Recorrió con la punta de los labios la piel de la mejilla.
Le acarició la cara con las yemas de los dedos mientras notaba cómo a la mujer se le escapaba la respiración.
Luego, sin retirar todavía los labios de ahí, bajó otra vez hacia el cuello, respirándola encima. Movió la mano a la parte alta de la nuca y le hundió los dedos en el pelo, justo en el nacimiento. Apretó. Le masajeó despacio, pero con firmeza, sujetándole la cabeza como si le perteneciera.
Y lo notó todo: el estremecimiento que la recorrió, el gemido que se le escapó y que soltó contra su oreja, la forma repentina en que los brazos se le abalanzaron y le rodearon la cintura para pegarla más a ella.
Dios. Sara comenzó a arder. Y todavía no la había besado. Lo estaba conteniendo a propósito.
—¿Estás nerviosa? —preguntó.
—No —gimió, con la voz temblando.
—Qué mentirosa. —Sara se rio bajito contra su oreja.
Siguió repasándole el cuello con los labios, el otro lado de la cara, la frente, mientras la mujer la apretaba más fuerte.
Quiero bajar todas tus defensas. Quiero que llegues destrozada. Hacer que desees tanto este beso que cuando llegue te deshagas.
—Va a entrar alguien —susurró ella, fingiendo preocupación, la frente sudada, la cabeza apoyada en la pared, los ojos cerrados.
—No va a entrar nadie. He cerrado.
Un ramillete de besos en el cuello. Caricias en las clavículas con la punta de los dedos, las caderas apretando contra las suyas. Un respingo.
—Nos van a oír —protestó otra vez, mientras le cogía la cara con las manos y empezaba a buscarle los labios con desesperación.
—No nos está escuchando nadie —replicó Sara, los labios casi rozándose.
Las bocas, por fin, se detuvieron frente a frente unos segundos, rozándose apenas, y luego se engancharon.
Se mordieron con urgencia. Sara notó cómo la mujer se contenía, intentando ser suave, para no arrancarle el labio.
Luego le pasó la lengua y Sara se la devolvió; le atrapó el labio inferior, ella se escapó y le mordió el superior.
Después las lenguas se enredaron, se perdieron, ya solo existía la textura suave una vez, y otra, y otra, haciendo pasadas, perfectamente encajadas, como si hubieran hecho esto cientos de veces antes y supieran cómo bailar cada paso.
Un enjambre de abejas en el estómago, joder, se comían con un exceso de pasión absurdo, como si no fueran dos completas desconocidas que jamás se habían visto y nunca se volverían a ver.
Le llegó un olor a perfume, a un sudor rico, a su propia saliva o a la de ella.
Sara se separó un momento para mirarla, reteniéndole la cabeza entre las manos. La notó sudar; entrecerraba los ojos, respiraba fuerte, y parecía indignada por el frenazo. El cuerpo se le agitaba contra el suyo. Parecía gritar. La mujer le agarró de la camiseta y tiró de ella.