La casa del desierto Capítulo 3. Sara
11%

Capítulo 3. Sara

—¿Llevaste el coche? Hola otra vez.

Sara chocó el borde de su copa contra la que le acababa de poner en la mano a aquella mujer que la miró, parpadeando. Dios, qué ojos tan bonitos, incluso a oscuras.

—Hola —respondió, algo titubeante—. No lo llevé. Sigue haciendo el clic.

No había entendido el nombre que Lauren le había murmurado hacía un rato mientras la señalaba, pero daba igual: no pensaba volver a preguntárselo.

Lo más probable era que no se vieran nunca más.

Pero hoy pensaba divertirse un rato a su costa.

Un vestigio de la Sara antigua le cruzó la mente.

Total, seguramente no pasaría nada; hace siglos que dejó de soñar con encuentros furtivos en este pueblo, y menos en temporada baja.

La proyección de J. le volvió por un segundo a la mente, pero se encogió de hombros. Un poco de entrenamiento previo no le vendría nada mal. Suponiendo que con J. pasara realmente algo: ahora mismo solo era un poco de diversión en su cabeza.

La mujer tenía los hombros tensos, bebía rápido y no le sostenía la mirada más de dos segundos seguidos, cosa que a Sara le encantaba.

Ese gesto evasivo no solo le sacaba su mejor sonrisa: también le ponía un calor agradable en la base de la espalda.

Y puede que algo más, en otros sitios del cuerpo.

La invitó a sentarse con ella en la mesa alta de al lado, con una seguridad que probablemente no tenía, y convencida de que la mujer le diría que no de un momento a otro.

Vamos, Sara, se animó. Has estado con chicas como ella, en la ciudad, hace un maldito siglo. Venga. Sabes lo que quieren y cómo tratarlas.

—¿Visitando la zona? —Sara intentó hacerse oír por encima de la música horrible.

—Trabajo, no turismo —respondió, en un tono profesional y cortante con el que, por lo visto, pretendía mantener las distancias. Aunque le temblaba un poco la mano. Muy poco. Y eso, según la humilde opinión de Sara, la delataba.

—¿Primera vez por aquí? —siguió.

—Conozco la zona bastante bien, en realidad.

Vaya. Iba a tener que sacarle palabra a palabra. No importaba. Tenía tiempo. De momento.

—¿Y eso? ¿Has venido por aquí más veces?

—Soy de la zona.

Sara levantó las cejas. Definitivamente, esta chica no pegaba nada con el sitio.

—¿De dónde eres? Si puede saberse.

Le dio unas explicaciones un tanto vagas, suficientes como para no sacar ninguna conclusión, y luego le dijo que llevaba años viviendo en la capital.

—Yo también viví allí. Bastante tiempo.

La mujer no le preguntó nada de vuelta. No parecía tener el más mínimo interés en saber nada de ella, algo que Sara no podía evitar que le doliera un poco.

Y, sin embargo, a cada trago, la turista-soy-de-aquí se inclinaba un poco más hacia Sara.

La notaba nerviosa: los hombros levantados, los dedos empeñados en hacer cualquier cosa, cualquier gesto entre ellos, cuando no estaban sujetando la copa.

Bebía deprisa, como quien quiere acabar rápido para irse.

O para pedir la siguiente. Seguía con esa mirada esquiva, perdida en cualquier rincón del bar que no fuera Sara y, joder, cada vez que bebía le brillaban los labios de una forma muy…

Apetecible.

Cuando Sara dejó que el silencio se instalara entre las dos, solo por medir su reacción, por ver si había algo más que cortesía, la mujer levantó la vista y la miró por fin.

Tres segundos. No: cuatro. Y luego sacó a pasear una sonrisa tímida y preciosa que dio un golpe seco en el esternón de Sara.

La mujer dio otro trago, corto, y esta vez pareció que le costaba tragar.

A Sara se le dio la vuelta el estómago y ya ni disimuló que le miraba los ojos y los labios alternativamente. Dios. Me la comería aquí mismo.

No, no, no. Espera. Que no van así las cosas. Y, además, tú… Por cierto, acuérdate de que mañana…

Pero mañana era mañana y hoy era hoy. Llevaba años enterrada en un pueblo mediano tirando a pequeño, hacía siglos que no se cruzaba con nadie que le atrajera más allá de Diane —que solo era una amiga con derecho a roce—, y ahora mismo se moría por tener el cuerpo de esa chica de ciudad, o de pueblo, lo que ella dijera, pegado a la piel.

Lauren la miró de reojo desde la otra punta y le guiñó un ojo. Ya se lo había avisado: que se alojaba en el hotel una chica guapísima, «de las que te gustan», insistió. «Yo creo que es de las tuyas. Así que ven.» Como una sentencia. «Por una noche sé la de antes y déjate llevar, coño».

«Debe de ser la que paró esta mañana en la gasolinera», le había tecleado Sara al salir de la ducha. «Llevaba una bandera arcoíris en el coche.»

«Vente ya para el hotel. Creo que ha salido. Cuando vuelva la cazo, la invito a una copa y te la dejo aquí preparada con un lacito ;)»

Y allí estaba. Delante de aquella mujer que se empeñaba en mantener el aspecto profesional y los aires de grandeza mientras la postura se le deshacía de los nervios.

No podía ser más encantadora. Sara se la había estado comiendo con los ojos desde que entró, y se había dado cuenta perfectamente de cómo la mujer la esquivaba y volvía a ella, la esquivaba y volvía.

Una manera como otra cualquiera de darle permiso para acercarse.

Y eso que su cabeza no había parado de machacarla con que probablemente no fuera su tipo — ¿no viste cómo te ignoró en la gasolinera esta mañana?

Ni te miró. Transparente total. Cero interé s—.

No es que se considerara insegura con respecto a su físico, pero la edad y los años de desierto le pasaban factura a cualquiera.

—¿Tu coche mejor? —preguntó, de vuelta al presente, a pesar de que ya había tocado el tema del coche.

¿Esto estaba funcionando bien?

La miró directamente a los labios al preguntárselo.

La mujer se tensó más todavía, pero no se fue.

Al contrario: abrió mucho los ojos y le miró también los labios, muy rápido, casi de pasada.

Pero allí estaba la mirada. Sara disfrutaba de ponerla nerviosa, no podía evitarlo, como tampoco pudo evitar que se le escapara una sonrisa.

—No, no sé qué le pasa —murmuró—. Espero que aguante el viaje de vuelta.

Querría saber más cosas: quién era, a qué se dedicaba, qué hacía aquí realmente.

Pero seamos realistas, Sara: eso no va a pasar. Esta chica no ha venido hasta este agujero en el desierto a tener un flechazo contigo ni a contarte su vida.

Como mucho, aspiraba a pasar un rato con ella y a que la recordara como «la mujer de la gasolinera de pueblo a la que se folló».

Así que sé práctica. Juega con la mano que te ha tocado.

Por eso, en lugar de seguir preguntando, sin saber muy bien qué hacía y asumiendo el riesgo, Sara extendió la mano y, sin que pareciera del todo una caricia pero asegurándose de que los dedos le rozaran la piel, le colocó un mechón suelto detrás de la oreja.

Y solo ese contacto ya le provocó un escalofrío a ella, a Sara, que tampoco era inmune a los nervios y que hasta hacía un momento jiji, jaja, si no pasa nada, no pasa nada , pero ahora se la había jugado, y sabía que estaba a las puertas de algo.

De un sí, de un no. De irse a casa un poco mustia fingiendo que no pasaba nada, o de llevarse a esa chica preciosa que estaba pidiendo a gritos que alguien la abrazase.

La mujer la miró con ojos febriles, sin decir nada. No se había movido ni un milímetro. Seguía sentada. Seguía sin irse. Si a la mujer la había estremecido el contacto, Sara no lo notó. De repente, se acabó de un trago lo que le quedaba de copa, como poniendo punto final.

—¿Tienes prisa? ¿Quieres otra? —tanteó Sara.

La chica dudó. Se mordió el labio.

—Uhm, no sé… ¿La última y me voy?

Intentó sonar muy segura, pero esa cadencia de pregunta al final le hizo pensar a Sara que tenía más ganas de las que mostraba.

Sara sonrió ante tanta transparencia. ¿Ganas de qué?

Aunque solo fueran unos cuantos besos furtivos dados con prisa pero con intensidad en una esquina del bar, ya habría merecido la pena el rato.

De todas formas, no le importaría acompañarla a su habitación si se lo pidiera.

Aunque ella no se lo iba a pedir, de eso también estaba segura.

Estuvo a punto de preguntarle si pensaba irse sola, pero se guardó el comentario en el último segundo y le hizo un gesto al camarero para que le sirviera otra copa igual.

Hacía meses que no se acostaba con nadie que no fuera Diane, y Diane era…

Diane: cada tres o cuatro semanas, cuando a alguna le apetecía, y nada más.

Cero compromiso, ninguna expectativa, solo diversión y un poco de complicidad.

Esto era otra cosa. Una desconocida, de paso, que se iría mañana o pasado.

Sin consecuencias. Llevaba años sin hacerlo —sin sentarse en un bar a hablar con una mujer que le interesara, sin notar esta chispa que casi había dado por enterrada—, y le sorprendió descubrir que todavía sabía. Que todavía quería.

Fue a la barra, volvió con la copa y la dejó a su lado, en la mesa.

—¿Y la tuya? —preguntó la chica.

Sara entornó los ojos y la miró fijamente, imaginándosela un momento sobre las sábanas del hotel que ella misma había elegido para su prima y dejando que la imagen hiciera el trabajo entre sus piernas.

La voy a tirar sobre esa cama, le voy a arrancar la camisa y le voy a besar cada milímetro de piel.

—Yo hace rato que dejé de beber —replicó, con las manos empezando a sudarle de calor y la cara roja.

Al lado estallaron unas carcajadas. Gritos. Un cumpleaños feliz atronador. Cuando acabaron los vítores, la mujer la miró como distraída, con esos ojos que apenas se veían en la oscuridad y que aun así le aceleraban el pulso.

—¿Entonces eres de aquí?

Sara no creía que le interesara de verdad; solo preguntaba para rellenar el silencio y, de paso, recortar el espacio entre las dos.

Porque eso era exactamente lo que hacía: recolocarse en el taburete de tal forma que sus rodillas no solo se rozaban, sino que casi se entrelazaban.

Y Sara no supo muy bien lo que hacía cuando dejó caer una mano y se la posó, como por casualidad, en la rodilla.