La casa del desierto Capítulo 2. Anne #3
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Capítulo 2. Anne #3

Buscó a la recepcionista con la mirada, pero sus ojos chocaron con un rostro que la observaba desde un taburete alto y que le resultó vagamente familiar.

¿Vagamente familiar? Anne Morales no olvidaba jamás una cara.

Frunció el ceño, intentando ubicarla, mientras le daba otro trago a esa bebida del infierno.

¿Pero de qué la voy a conocer? Si apenas he pisado este pueblo. Me sonará de alguien de la ciudad. Aunque tampoco tiene una cara tan tan tan normal. Es como…

Ah. Ya.

La mujer de la gasolinera.

Le vino a la mente de golpe en cuanto repasó algunas imágenes de caras recientes como si su cerebro fuera un archivo.

Anne dio otro sorbo, solo por tener algo que hacer con la boca.

No se parecía en nada a como la recordaba.

O, más bien, a como no la recordaba, porque esa mañana apenas se fijó.

Y ahora no podía dejar de mirarla. De repente tenía algo en el estómago.

Pequeño. Concreto. Hambre, o un pinchazo leve.

Como cuando reconoces una canción que no sabías que conocías.

Estaba muy oscuro, pero no lo suficiente como para no darse cuenta de que tenía una cara preciosa.

Y un porte altivo y elegante, mucho más que con lo que llevaba puesto esa mañana, que la borraba entera.

Tampoco estaba tan oscuro como para que a Anne se le escapara que esa mujer había vuelto a posar los ojos en ella.

Y que no los apartaba. Con una firmeza que le aflojó un poco las rodillas.

Joder .

Se le secó la garganta en medio segundo y el corazón le golpeó el pecho como un pequeño animal encerrado que pide salir a campo abierto.

Se fue por su cuenta. Por suerte estaba lo bastante oscuro como para que nadie viera que se le había incendiado el cuello, las mejillas, los ojos con ese brillo especial de la vergüenza, y hasta las puntas de los dedos.

Maldito calor. Sentía bochorno de sí misma por dejarse afectar tanto y de forma tan involuntaria por la simple mirada de esa mujer. Por muy atractiva que le pareciera.

¿Dónde está la recepcionista? Anne dio vueltas en círculos hasta localizarla. Ah. Ahí. Con un tipo que sería su novio. ¿O no? ¿Quién sabe?

No habló con nadie. Puso toda su voluntad en beber más despacio y en no mirar a la mujer que seguía acodada en la barra, riéndose con una sonrisa que a esa distancia, con esa luz, dios, parecía magnífica.

Tenía una hilera de dientes fluorescentes por culpa de la luz violeta, que no hacía más que destacarla como una bengala en medio del sitio.

Al poco, el alcohol al que no estaba acostumbrada le dilató las venas con un cosquilleo agradable, y la presencia de esa mujer lo abarcó todo, le llenó los sentidos, la notaba por todas partes aunque no la mirara.

Si estaba así ya, imagínate si luego… mañana… cuando conociera a…

Sacó todos los pensamientos de golpe de su cabeza.

Ojalá fuera una de esas tías capaces de entrarle a una desconocida en un bar cualquiera, un día cualquiera, sin pensar en el qué ni en el cómo.

Algo de lo que arrepentirse mañana, no hoy.

Y, de paso, llevarse un buen recuerdo de la zona.

Un rato divertido, descontrolado, para templar estos nervios que se la comen, para destensar la musculatura —o tensarla más, vete a saber—.

Probablemente sea a esto a lo que se refería Marcos con lo de «disfruta un poco».

Pero ella no era ese tipo de persona. En absoluto.

Lo confirmó justo cuando su mirada volvió a cruzarse con la de la mujer de la gasolinera y se quedó mirando el hoyuelo que se le dibujaba en la barbilla, porque de repente estaban muy cerca. ¿Casi al lado?

¿Cómo he llegado hasta aquí?

La mujer era más alta que ella. A Anne se le subieron la vergüenza y la timidez de golpe, y bajó la vista.

Es que no se atrevería jamás a acercarse a una mujer así.

Tan imponente. Le entraría temblor de piernas, empezaría a tartamudear, sería horrible.

Y, además, estaba bastante segura de que saldría perdiendo: era el tipo de mujer que podría hacer con ella, literalmente, lo que le diera la gana.

Uf. El estómago se le encogió y expandió súbitamente solo de pensarlo. Porque claro, ¿cuánto ha pasado desde la última vez que…?

Le quedaban dos tragos a la copa.

¿Y si se te acerca ella, Anne?

Le quedaba un trago a la copa.

¿Si se me acerca ella? No sé. ¿Igual me dejo?

Ya no le quedaba ningún trago y tampoco ningún escondite cuando esa mujer se levantó del taburete y recorrió el escaso metro que las separaba.

Anne sintió que se le reblandecían las piernas y pensó que venga, por favor, y a la vez seguro que no viene hacia mí .

Y la mujer ya estaba ahí, quitándole la copa de la mano y sonriéndole de una forma que le erizaba la piel de la nuca.

Traía otro vaso lleno y… ¿se lo está poniendo en la mano?

Uf. Sí. Se lo estaba poniendo en la mano. Y solo el roce de sus dedos hizo que en el vientre de Anne estallara un tipo de calor de lo más agradable.

La sonrisa de esa mujer ocupaba toda la pantalla. Anne sostuvo la copa con la intención de dar un trago, aunque en ese momento no estaba segura de que ningún líquido pudiera atravesar el muro en el que se le había convertido la garganta.